LA CABAÑA DE THOREAU

por elcantodelcuco

 

Resulta que son más felices, o sea están más satisfechos con la vida, los iberoamericanos, los indios y los chinos que los europeos; los mexicanos, que los norteamericanos, sus opulentos vecinos del norte; las gentes de los países en desarrollo, que las de los países desarrollados. Donde más negro ven el porvenir, tanto jóvenes como adultos, según un sondeo de la agencia inglesa Ipsos-MORI realizado en veinte países, es en Europa. Se lleva la palma del pesimismo Francia, donde sólo el 7 por ciento cree que vendrán tiempos mejores para sus hijos. Le siguen Bélgica con el 13 por ciento y España con el 16. Son, pues, muy pocos los que piensan que el porvenir de sus hijos será mejor que el suyo. ¡Pobre Europa! Unos datos deprimentes, que obligan a reflexionar. Otro estudio reciente sobre la felicidad -que llama “happiness”-, realizado por “Pew Research Center”, coincide en que la gente más feliz es la de Iberoamérica y los países menos desarrollados. Ante esto, la cuestión clave es: ¿Vamos por el camino equivocado? Los que pertenecemos a la generación-bisagra, o sea, los que venimos casi literalmente, en un salto, de la Edad Media al siglo XXI -del candil al ordenador, del cuerno del cabrero al teléfono inteligente, del arado romano a la cibernética, del burro al avión supersónico…- tenemos algo que decir. Cuando uno mira hacia atrás y revive los días azules de la infancia en la posguerra, saca la conclusión de que aquellos campesinos pobres, a pesar de todas las miserias, penurias y calamidades, eran más felices y más libres que sus hijos y sus nietos, con el smartphone en el bolsillo o entre las manos, perdidos hoy en la ciudad entre el humo y el estrépito de los automóviles.

 

¿A quién le puede extrañar que algunos soñemos con la vida retirada de Fray Luis, el huerto plantado en la ladera con nuestras propias manos, donde florecen los frutales, y el utópico regreso a la vida rural, huyendo del mundanal ruido? Me ha dado pie a estas consideraciones un oportuno y bien documentado artículo de Jordi Soler en “El País”, titulado “La Europa infeliz”, que se fija en estos datos y ofrece el ejemplo y la clarividencia del gran escritor norteamericano del siglo XIX Henry David Thoreau, autor de Walden, que huyó al bosque donde se construyó una cabaña con sus propias manos, junto a un lago para mantenerse al margen del progreso que ya entonces avanzaba de manera salvaje y que él vislumbró como una amenaza y para reflexionar con calma sobre el sentido de ese progreso. Se dio cuenta, ya entonces, de que “los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas”. ¿Qué diría ahora? Cuenta Soler que las tablas que utilizó para construir la cabaña las extendió primero sobre la hierba para que les diera el sol y adquirieran la tonalidad necesaria, y la vivienda estuviera plenamente integrada en el paisaje. Dejaba siempre una silla a la puerta de la cabaña por si algún caminante quería pararse a conversar con él allí en medio del bosque. Un día llegó un joven y le pidió un vaso de agua. El escritor entró dentro y salió con un cucharón de sopa y se lo entregó al asombrado visitante para que bebiera en el lago toda el agua que quisiera. Le parecía un escándalo lo que la gente pagaba por los muebles, por las ropas y por hacerse con una vivienda. “Porque el coste de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella”. También escribió: “El lujo que disfruta una clase se compensa con la indigencia que sufre la otra”. Y concluye Jordi Soler: “Lo que proponía en el fondo este ecologista radical era una vida sencilla, el acercamiento a ese estadio de la civilización donde el hombre vivía todavía integrado en la naturaleza, esa época en la que las personas aún no se habían convertido en la herramienta de sus herramientas”.

 

Me parece que no iba muy desencaminado. Ahora resulta que está comprobado que “la felicidad crece a la sombra de la vida sencilla”, donde no hay ansiedad -esa “tranquilidad desesperada”, esa prisa corrosiva, esa autodestrucción silenciosa-, donde la vida espiritual va a compás de la material. Sin embargo, vamos en dirección contraria. La vida es cada vez más compleja, más acelerada, y, por tanto, más vulnerable y menos vivible. El poder del progreso nos convierte a los humanos, sin enterarnos, en sus herramientas. Unos pocos, los más lúcidos y sensibles, se han dado cuenta y han tomado el camino de vuelta al pueblo reduciendo drásticamente las necesidades supérfluas. Son los pioneros de un mundo nuevo que viene y que columbró un día Henry D.Thoreau en su cabaña del bosque. Son los que saben que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y aquí me viene el recuerdo de la hermana Juliana, la monja cisterciense belga que vive sola en una cabaña al pie de la Cebollera, cerca de Molinos de Razón. A sus ochenta y pico años sólo dispone de una vieja bicicleta. No tiene calefacción. Duerme con la ventana abierta en verano y en invierno -en los duros inviernos sorianos-, se levanta a las cuatro de la mañana, reza, lee, oye música clásica y cultiva su pequeño huerto en un rincón del prado. ¡Y parece feliz! Lo extraño es que no haya ya una estampida hacia la vida retirada en busca de la felicidad perdida. ¿Qué especie de espíritu maligno nos ha empujado a abandonar el paraíso y nos retiene fuera?

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