LA TORMENTA

por elcantodelcuco

 

Asomaron nubes por la Sierra. Sonaron truenos lejanos por La Muela, como un tambor roto. Poco a poco resonaron más cerca, cada vez menos espaciados. Era la hora de la sobremesa, cuando los campesinos acostumbran a bajar a la calle con la fruta en la mano, o con la rebanada de pan untada de tocino fresco o, si se terciaba, pan con vino y azúcar, a compartir el rato. Las moscas picaban y se mostraban más pesadas y molestas que días anteriores. Las malvas de los peñascales estaban lacias, lo mismo que las plantas del huerto y las clavelinas del balcón. Abandonaban nerviosas las arañas sus telas tendidas en los rincones del portal. Todos eran indicios ciertos de lo que venía. No fallaba. Una calma sospechosa se fue apoderando del pueblo, rota sólo por el zigzagueo de los chillones ocetes en la calle, volando cada vez más a ras del suelo. Ni una brizna de aire. “Viene tormenta”, comentaban al unísono los viejos sentados en los poyos de las puertas. “A más de uno -advertía uno de ellos- le va a pillar los marallos de hierba tendidos en el prado, ¡una lástima!”. “Lo peor es la esparceta”, indicaba otro. “No falla -decía la mujer de al lado-, el cuerpo lo barrunta, estos sudores…, hoy no puedo con el cuerpo “. “Siempre pasa -corroboraba otra- también yo tengo mal cuerpo; el cuerpo barrunta la tormenta, como las moscas y los morgaños”. “¡Y los ocetes!”, apuntó el más joven de ellos. “Eso, y los ocetes”, añadió otro. Brilló un relámpago, seguido de un trueno más poderoso que los anteriores unos segundos después. “¡Está cerca! – advirtió el más viejo-, ha sonado por las Hoyuelas”. “Pues que llueva lo que quiera” -dijo el más joven, que parecía el más despreocupado-, a las huertas no les vendrá mal un riego”. “Agua por San Juan quita vino y no da pan”, le advirtió el más viejo de la reunión.

 

El cielo se oscureció. Movió el viento haciendo pequeños remolinos huracanados en el polvo del camino de San Pedro. Retumbó un trueno largo y más lejano, como de temporal. Mirando al sur, a lo lejos, se veía una cortina de lluvia, cada vez más espesa, que fue cubriendo la sierra de Oncala, la dehesa de Matasejún y los altos de Navabellida, avanzando hasta las laderas de La Ventosa, Montaves y Huérteles. En Sarnago cayeron unos goterones, que obligaron a refugiarse en el portal. “Nada, un matapolvo”, pronosticó el más joven riéndose. Lo oyó la abuela Bibiana, que en ese momento aparecia en la puerta de las escaleras, y le recriminó: “El que no teme a las tormentas no teme a Dios”. Todos callaron mientras restallaba, como un castigo divino, otro trueno cercano sobre los tejados. Olía a tierra mojada. El olor de la tierra se mezclaba con el vapor hediondo que salía de los montones de ciemo fermentando en los corrales. Alguien advirtió: “¡Escuchad! La tormenta trae ruido”. Y se hizo el silencio. Nada podía alterar más el corazón de un campesino que escuchar este maldito ruido sordo y monótono procedente del cielo, como una escuadrilla de bombarderos. La piedra, como huevos de perdiz, arrasaría los campos por donde pasara la negra nube como una maldición bíblica. Ahora, a estas alturas de junio, la mies ya estaba encañada y empezaban a blanquear las cebadas. De la recogida de la cosecha dependía el pan para el año y el alimento de los animales. Entonces no estaba asegurada, ni había ayudas del Estado para situaciones catastróficas. En junio el destrozo de la cosecha no era tan terrible como en julio en plena recolección, pero el pedrisco haría, de todas formas, en los campos un daño irreparable. “Hay que subir corriendo al campanar a poner las campanas boca arriba”, dijo, nerviosa, una mujer. En Sarnago cuando venía una mala nube se ponían las campanas boca arriba -la grande y la chica-, con un breve repique, para ahuyentar la tormenta.

 

En mi primera infancia en el pueblo había dos cosas que me aterraban: el volteo de las campanas y la llegada de la tormenta. Este último temor me duró hasta las puertas de la juventud. Seguramente influyó en ese angustioso sentimiento observar el rostro de los mayores, temerosos de esos posibles destrozos, que condenaban a la familia a la más estricta miseria. Pero me parece que la cosa era más seria. El que no haya experimentado una vez en la vida la tremenda deflagración de la tormenta en campo abierto sin un chozo a la vista o no haya sufrido, indefenso, los relámpagos cegadores y el seco estallido de los truenos, rebotando en los tejados y la mampostería de las casas del pueblo, sin pararrayos y sin luz -que se iba al primer trueno-, como una espada ardiente sobre las cabezas, no alcanzará a comprender el pánico en el alma de un niño, convencido de que su vida y la vida de su familia y de los animales del corral pendía de un hilo hasta que pasara la tormenta. Cada año, desde antes de tener uso de razón, te repetían los casos conocidos, o inventados, de las tremendas desgracias producidas por los rayos y cuando pasaba la tormenta y había ocasión te mostraban con sádica fruición los troncos de los árboles, junto al camino, hendidos por el rayo -la temible arma de Júpiter- de arriba a abajo, con las hojas y el suelo quemados y ennegrecidos. “¡Mira, aún huele a azufre!”, te decían.

 

Esta vez, dos hombres subieron presurosos a la torre y pusieron las campanas con la cabeza abajo y las sayas arriba. Cuando volvieron al portal, donde seguía la reunión -con los años he llegado al convencimiento de que se juntaban para ahuyentar el miedo, por mucho que lo disimularan-, resonó un trueno largo. Entre el brillo del relámpago y el ruido del trueno se había abierto un hueco apreciable. Todos respiraron. Parece que la tormenta se alejaba; pero no había que fiarse. “A veces la vuelve el viento”, advirtió el más cenizo. Sonaban otra vez los ocetes. Brillaban las piedras de la calle. Y las moscas picaban más que antes. El resfrior había suplantado al bochorno. El más viejo de los reunidos observó el astro desde la puerta y dictaminó: “Se va rio abajo, la tormenta se va rio abajo”. Y todos sintieron un profundo alivio, cambiaron el semblante y empezaron a reir.

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