TRÉBAGO, EN LA TIERRA ANCHA

por elcantodelcuco

 

Trébago, que unos ponen con be y otros con uve, es un pequeño pueblo soriano, a treinta y cuatro kilómetros de la capital, en la comarca del Moncayo, entre la Atalaya de Ágreda y los pliegues del Madero, en el borde de la llanada conocida como la Tierra Ancha. Más atrás asoma arriba la sierra del Almuerzo, con el recuerdo vivo de los Siete Infantes de Lara. El viajero que partiera de la industrial Ólvega se toparía antes con Matalebreras, un verdadero cruce de caminos (y de liebres), Fuentestrún y Castilruiz. A partir de Trébago la carretera zigzaguea por las curvas de Magaña y penetra de lleno en las Tierras Altas, mucho mas quebradas y solitarias, hasta llegar a San Pedro Manrique. Recorreremos pueblos venidos a menos, cargados de historia y de leyendas, en una comarca fronteriza entre Castilla, Navarra y Aragón. Las guías aventuran que la terminación “ago”, como Sarnago, que no anda lejos, apenas a tres leguas a ojo de buen cubero, es una desinencia celta. (A ver qué dice de esto el sabio Tejerina). En Trébago circulan desde siempre leyendas de brujerías, milagros, templarios y gigantes. Contaré alguna de ella y otras curiosidades. Pero antes doy razón de esta dedicación mia a un lugar al que hasta ahora sólo he ido de paso.

 

Funciona en Trébago una Asociación de Amigos, meritoria y muy activa, que preside Juan Palomero, con el que estoy medio comprometido a participar allí en un encuentro cultural. (La verdad es que no sé cómo voy a dar abasto este verano a recorrer tantos pueblos de Soria que me han invitado, desde las Tierras Altas a la comarca de las Vicarías en la otra punta). Hace tiempo que me envió Juan Palomero, para que fuera enterándome, un delicioso libro de Antonio de Benito, con su dedicatoria y con ilustraciones de María José Achiaga, titulado “Mi primer verano en Trébago”. Lo leí en su día de un tirón con interés y curiosidad, pero a uña de caballo por esta vorágine de los trabajos y la prisa, y hoy alguien misteriosamente lo ha puesto en la mesa de mi despacho. Me ha picado la curiosidad y he vuelto algo más sosegadamente sobre él. No he tardado en descubrir algunas cosas que me han obligado a dejar de lado lo que estaba escribiendo y ocuparme aquí de ellas, confiando en que los seguidores de “El canto del cuco” lo agradecerán. ¡Bien se merecen los de Trébago que les prestemos un poco de atención! Cuando se escriba la historia de estas comarcas sorianas, pobladas de pueblos muertos o moribundos, deberán ocupar lugar preferente estas asociaciones surgidas espontáneamente en los últimos años para recoger amorosamente los despojos de una civilización que se acaba, preservar la memoria de los pueblos y tratar de evitar su desaparición definitiva.

 

En Trébago han aparecido inscripciones celtíberas, piedras de moler el grano de la época romana y hasta moldes para fabricar flechas. Adosado a la iglesia de la Asunción en el centro del pueblo hay un torreón medieval, altivo y sólido, que hoy se ha convertido en icono de la localidad, y en las afueras, está la ermita de la Virgen del Manzano, envuelta en prodigios, en la que danzan los hombres solos, “de tres en tres, levantando los brazos y deslizando ligeramente los pies”, la víspera de la fiesta. Esta ermita tiene, como digo, unos orígenes legendarios, de los que di cuenta sucinta en mi libro “Leyendas de la Alcarama”. Resulta que en tiempos de la Reconquista había un alcalde moro que encerró a un jefe cristiano en las mazmorras de su castillo. La hija del alcalde, una hermosa muchacha, se enamoró del prisionero y se hizo cristiana. Cuando el padre se enteró, mató al cristiano y encerró a la hija en las mazmorras. No tardaron en reconquistar el pueblo las huestes cristianas y la hija del alcalde moro fue liberada y respetada. La muchacha se refugió en una cueva cercana y llevó vida de eremita. Sólo se alimentaba de manzanas. Un día hubo una gran tormenta que se llevó la cueva por delante y a la mujer que la habitaba. Pero la Virgen le salvó la vida y pidió a la mora conversa que edificara allí un templo en su honor. La imagen de la Virgen quedó grabada en la arena, supongo que bajo el manzano, y desde entonces se la conoce como Nuestra Señora del Manzano.

 

Otra historia que recoge este librejo, y que me ha parecido digna de ser aireada, es la del “Tío Sartén”. Este singular personaje era un gigantón, líder del pueblo. Algunos decían que era más fuerte que Hércules (el que, como se sabe, levantó el Moncayo con una mole de piedra que arrojó contra la cueva del ladrón Caco). Otros decían que no, que el “Tío Sartén” no era tan fuerte como Hércules. Esto hizo que la población se dividiera en dos bandos: unos que sí y otros que no. Entonces el “Tío Sartén” convocó a todos los vecinos en el paraje de “La Peña del Mirón” y ante el asombro del vecindario cogió la enorme peña y la levantó por encima de sus hombros, con tan mala fortuna que el pobre gigante se desplomó bajo el pedrusco y murió aplastado. Entonces los vecinos lo enterraron allí mismo al pie del dolmen que lleva su nombre. Esta peña será para siempre el monumento al “Tio Sartén” de Trébago.

 

En fin, hay una página dedicada al lenguaje del pueblo, que, con leves variaciones, coincide con el habla de las Tierras Altas. Recojo algunas de estas palabras curiosas: Altaguitón (en Sarnago, hartaguitón), baltabarros, güina, pispelda, trosquil, zangalomángalo y zarrapita. A ver quién sabe lo que significan. Prometo que si no, daré la solución en la próxima entrada. Todo menos dejar que se pierdan tales tesoros escondidos.

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