El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: julio, 2014

AGOSTO OTRA VEZ

 

Para uno, que es de de tierra adentro, la tentación del mar es irresistible. Así que aquí me tienen, bajo la sombrilla, con los pies descalzos sobre la arena ardiente. Al final el verano y el Mediterráneo se me convierten en sinónimos. Aquí estoy sentado en una silla elemental, pero confortable, que compramos ayer en el bazar de los chinos. Corre una brisa húmeda que alivia la piel enrojecida, a pesar de las engorrosas cremas obligadas por eso del ozono. Hay bandera verde. El mar está en calma, como casi siempre. El agua, tibia. Y la misma rutina. Un baño confortante, breve, que uno es de secano, y el imprescindible paseo por la orilla entre cuerpos gloriosos y otros, no tanto. En conjunto, si fueran así, iba a ser terrible contemplar la resurrección de la carne el día del Juicio Universal. Un rato de lectura sin perder de vista el horizonte del mar, con barquitos que pasan de largo y se pierden en la lejanía azul , ni los cuerpos más esculturales que desfilan delante, cerca, y que distraen, la verdad. Entre mis manos, “Marinero en tierra” de Rafael Alberti. Leo a salto de mata:

 

Siempre que sueño las playas,

las sueño solas, mi vida.

…Acaso algún marinero…

quizá alguna velilla

de algún remoto velero.

 

Yo me hice amigo de Rafael Alberti, arcángel de los barcos y de las marismas, aquellos veranos inolvidables de El Escorial. Lo recuerdo con su melena blanca, sus grandes ojos, su camisa de flores y su gorra de capitán de barco. Pero yo nunca seré marinero, ni siquiera en tierra. Ni comunista como él. Lo confieso tumbado en la orilla, aquí, en la ancha playa de la Glea, de la Dehesa de Campoamor, con sus calles, entre las buganvillas, pobladas de nombres de poetas muertos, entre ellos, el suyo. No seré marinero porque, como tengo dicho, soy de tierra adentro, de las Tierras Altas de la Alcarama, en las que reside mi corazón y mi memoria. Así que soy campesino en el mar. Me conformo con el suave oleaje de los trigales y con el olor salvaje de las estrepas y del sabinar entre los robles del monte. Lo mejor es partir agosto en dos equitativamente: la mitad en el mar (A la sombra de una barca,/ fuera de la mar, dormido), y la otra mitad en los montes de Soria, recorriendo caminos solitarios y pueblos que se resisten a morir entre las sierras azules. Después de este sudor salino que baña ahora mi cuerpo, en agosto volveré a sentir el frio en el rostro. En las eras, sin granzas ni tamo, habrán nacido ya, cuando yo llegue, los gallos morados o espantapastores (tampoco hay ya pastores en la Mesta). En las paretillas medio derrumbadas de las eras vacías se verá aún alguna cuyalba resistente, único vestigio de lo de entonces, y los zarzales de los Prados del Cerro tendrán ya moras dulces y empezarán a poblarse de letujas, pichentes y culirroyos de paso. No faltará algún cazador de fuera recorriendo con su perro rastrojos y llecas en busca de la inocente y escasa codorniz.

 

Agosto, que, más que de almirante de los mares, lleva nombre, como se sabe, de emperador romano, es el mes de la maduración de la fruta, un mes frutal, virgiliano. ¡Oh aquellos cestos de higos de Cornago y Villarijo! ¡Aquellas dulcísimas y rezumantes ciruelas claudias! ¡Aquellas cajas de olorosos melocotones de Calanda! ¡Aquellas banastas de peras de Don Guindo de Aguilar! Mayo hace el trigo y agosto el vino. Y quien en agosto ara, despensa prepara. ¿Dónde están los arados? En Sarnago era el mes de la dula en la dehesa, de las tormentas, de las maguillas, de las magüetas… y el mes hortelano por excelencia. Había que administrar con cuentagotas el menguado caudal de agua de riego. Y era, sobre todo, el mes de la fiesta, del esperado día de San Bartolomé, que coronaba el verano con música y marcaba su límite. Por San Bartolomé empìeza la otoñada. Y, en fin, lluvias en agosto, miel y mosto, para alegría de los colmeneros. Eran los días en que el tio Quirino salía a cazar enjambres. Y que nadie se olvide de las cabañuelas. El tiempo que haga los primeros doce días de agosto señala el tiempo que va a hacer cada uno de los doce meses del año siguiente. Eso dice el Calendario Zaragozano. Y llegados a este punto hay que recordar que, coincidiendo con los días de la lluvia de estrellas, en la constelación de Perseo, este año podremos ver el 10 de agosto la luna llena más grande y más brillante del año. Esta vez sí, Rafael Alberti, seré por una noche marinero en tierra y la veré desde la orilla emergiendo del mar.

 

 

LA CABRADA

 

Al punto de la mañana sonaba en el pueblo la cuerna del cabrero. El bronco sonido característico del cuerno de toro recorría las calles. Era la señal inconfundible para soltar las cabras, que habitaban los bajos de las casas, entre canales y zarzos. Antes habían sido minuciosamente ordeñadas. En el pueblo no había vacas. Las cabras eran una mina, un tesoro, fueran cornudas o mochas, para todo hijo de vecino. Proporcionaban la leche del desayuno, el blanco y crujiente queso, fabricado en las pequeñas encellas con cuajo natural, y el delicioso requesón. El café con leche de cabra, acompañado de unas buenas tostadas de pan con aceite o de unas rebanadas de pan frito -¡de aquel pan de hogaza!- lo he considerado siempre un desayuno opíparo, difícilmente superable. Eso sí, era alto el riesgo de sufrir toda la familia las temidas fiebres de Malta, que estaban a la orden del día. Además las cabras traían al mundo los alegres cabritos. La venta de los cabritos machos en el mercado de los lunes de San Pedro Manrique significaba un alivio para la exigua economía familiar, y el cabritillo sobrante que se quedaba en casa no correría mejor suerte: acabaría inevitablemente en el plato de la mesa familiar en fecha señalada, aromado de tomillo, cuando tocaba tirar la casa por la ventana. Me vienen aquí a la cabeza, antes de que se me pasen, unas coplillas graciosas que corrían de boca en boca entre los cabreros de las Tierras Altas y que, aplicándolas, con evidente hipérbole, a alguna vecina recién parida, encerraban mucha risa y no poca malicia:

 

Tengo una cabra andirga andorga,

zapilituda, ciega y sorda.

Si ella no fuera andirga andorga,

zapilituda, ciega y sorda,

no pariría a los hijos andirgos andorgos,

zapilitudos, ciegos y sordos.

 

Para el destete de las cabras se untaban las tetas con perruna. Y la cabra más gorda, bien cebada, solía acabar acompañando al cerdo en la matanza para dar consistencia y sabor inconfundible a las vueltas de chorizo, colgadas en las varas de la cocina. Ese era el secreto de su excelencia, además del pimentón de La Vera.

 

De todos los portales, como digo, iban saliendo dócilmente los animales, hasta confluir los pequeños hatos de cada vecino en la cabrada. Detrás dejaban un rastro de cagarrutas, y los bucos, jefes de la cabrada, un fuerte olor a almizcle. Al frente de ella iba el cabrero con su chucho, un fiel perro sin raza, engendrado en la calle. Cuando no había cabrero fijo, este viejo oficio se ejercía a reo vecino, en un ejemplo de economía comunal. La cuerna pasaba entonces de casa en casa al caer la noche. Al llegar aquí, se me cruzan dos imágenes contrapuestas o puede que complementarias: la estampa del Aurelio, el último vecino de Sarnago, un mocetón tosco, de no excesivas luces, que se me figura siempre de cabrero con sus zahones, sus polainas y sus abarcas, la manta al hombro y un trosquil de pan y tocino en el zurrón, y la figura grácil de Miguel Hernández, el cabrerillo de Orihuela, con el zurrón cargado de poesía.

 

La cabrada encontraba su hábitat natural en el monte. De ahí seguramente el dicho, con su malicia dentro, de que la cabra tira al monte. Con las cabras pasa como con los burros: se han cargado de mala fama sin merecerlo. Estás como una cabra, es una niña caprichosa (capricho viene de cabra), ese tio es un cabrón, etcétera. El lenguaje popular está cargado de maledicencia contra estas humildes criaturas, familiares, duras, independientes y amables, ligeramente ácratas, lo que aumenta su encanto; animales domésticos, razonablemente casquivanos, de poco gasto y mucho beneficio y de alto valor ecológico. Puede que la Biblia haya contribuido a esta mala fama: a la derecha, los corderos, que son los buenos, y a la izquierda, los cabritos, que son los malos. ¡Es injusto y habrá que revisar esto y lo de la derecha y la izquierda; el Papa Francisco ha dicho ya que él nunca ha sido de derechas! El hecho es que desde que ha desaparecido la cabrada el monte está intransitable, los caminos se cierran, los espinos y zarzales invaden la pradera y aumenta considerablemente el peligro de incendio forestal. Y lo peor de todo: los que quedan en el pueblo o los que vuelven tienen que tomar leche de “tetrabric”. Claro que así no padecen fiebres de Malta, que todo hay que decirlo.

 

Viene todo esto a cuento de una noticia que acabo de leer en el periódico. Resulta que en algunas ciudades de Estados Unidos, las cabras están convirtiéndose en animales de compañía y en ecológicas recuperadoras de los espacios verdes, arrasando en poco tiempo los matojos y yerbajos. Lugares hay en que para eso se contratan rebaños enteros de cabras. Así no hacen falta insecticidas o pesticidas ni ruidosas máquinas segadoras o insufribles soplahojas. Las cabras se encargan de todo de forma natural y rápida. La pionera de este entusiasmo caprino se llama Jannie Grant, que no está como una chota. Vive en Seattle y tiene un blog muy leído, en el que no se cansa de ponderar la ventaja de tener cada mañana leche fresca en casa. Jannie tiene dos cabras criadas por ella. Asegura que son unos animales cariñosos e inteligentes. La tendencia empieza a abrirse paso en otras ciudades. Está poniéndose de moda. ¡Lástima que en las Tierras Altas, su hábitat natural, no queden cabradas en los montes! En su blog, “Goat Justice League” ofrece consejos para la crianza de cabras en espacios urbanos. Uno de ellos, ¡ay! es que hay que capar a los machocabríos para que no huelan. ¡Pobres! No todo iban a ser ventajas.

 

EL VERANO

Los veranos de todas las infancias son azules. Y siempre hay sol. En los dibujos escolares no puede faltar el sol, grande, redondo, amarillo, despidiendo rayos que son rayas concéntricas de lapicero, dominando arriba a la derecha la hoja del cuaderno. Debajo está la casa, fabricada con cuatro líneas, apenas un cuadrado y un triángulo encima, que sirve de tejado. En él no puede faltar la chimenea de la que sale humo subiendo en espiral aunque sea verano. En la fachada principal hay cuatro ventanas simétricas y en el centro una puerta, a la que se llega por un largo camino que se pierde a lo lejos, en el campo, y se va estrechando mientras se aleja, hasta desaparecer por el margen izquierdo de la hoja. Junto a la casa o bordeando el camino tiene que haber árboles con la copa redonda y verde-oscura como los olmos de las herrañes o larga y verde-clara como los altos chopos del barranco.

¡Oh, aquellos veranos azules! Tiempo de libertad y de plenitud. Es la cosecha. Sólo se recoge lo que se sembró, y gracias. Tiempo de moscas y de polvo. Uno es viejo cuando se le llena de moscas la bragueta. Los segadores trabajan en cuadrilla a tajo parejo. Llevan boina o sombrero de paja. Ninguno usa guantes. Brillan las hoces entre la mies pajiza con cabeza dorada. Apenas suena el roce áspero de las zoquetas como castañuelas rurales. Si, en un descuido, la hoz hiere la mano, se echa vino en la herida o, si no hay vino, si se ha acabado, se mea uno encima de la carne sangrante. Algún segador canta por su cuenta para espantar los males. Siegan encorvados y el sudor cubre su duro rostro de color endrino. Detrás va el atador, con el garrotillo en la cintura. Recoge las manadas tendidas en el rastrojo y va formando fajos con los vencejos de bálago humedecidos. Levanta luego con los fajos el fascal, construcción piramidal y sabia. Diez fajos de trigo es una carga. En año de buena granazón darán una fanega. A la sombra del fascal reposan la fiambrera, el garrafón de vino, la bota y el botijo. Las rastrojeras ardientes, recién segadas, sobre todo las de centeno, hieren las piernas morenas de los muchachos, que quedan como cuadros de las vanguardias abstractas. Llegan las mujeres a la pieza, caminando airosas con la cesta de la comida en la cabeza. Llevan todas la cara cubierta con un pañuelo para que su piel no pierda la tersa blancura. Y no les importará echar una mano en el tajo. En tiempo de la cosecha, todo el mundo arrima el hombro: hombres y mujeres, niños y viejos, cada cual lo que puede, cada uno a lo suyo.

Recuas de caballerías acarrean la mies de la pieza a la era por los caminos cubiertos de polvo. No es extraño que sean los niños, calzados con sus alpargatillas, los que tiren del ramal. Es su tarea. Esperemos que no se rompa la cincha y se vuelquen las artolas con la carga. El sol cae a plomo. Acompaña el perro, que jadea con el rabo entre las patas y busca la sombra. Sólo se oye el canto monótono de las chicharras y los leves tintineos de los cencerros de las ovejas amodorradas apiñándose para la siesta a la sombra cercana de un ribazo o de un bizcobo en la barbechera o en la entrada del monte. No faltará una víbora muerta entre el polvo del camino. De unos cardos de la orilla volarán seguramente unas cardelinas. Un aguilucho aleteará, estático, sobre su presunta presa: una escurridiza codorniz o quizá una inocente cogujada. El acarreo -allí en el pueblo nunca hubo carros- es propiamente un trajín animal de ida y vuelta. Con la mies en la era, si el año es bueno, se construye la hacina. Cuanto más alta sea la torre de haces, mayor será el orgullo de los labradores. La hacina es casi el único orgullo que se pueden permitir.

Luego llega la trilla, que es la fiesta familiar del verano. Vueltas y vueltas sin fin sobre sobre la parva, mañana y tarde, aprovechando la canícula, hasta que el interminable rodar del trillo, con su equipación rudimentaria de sierras y cortantes pidrecillas de sílice, y las periódicas vueltas a la parva removiendo la mies primero con horcas de madera y después con palas también de madera, consiguen que se desprenda al fin el grano de las espigas, y las cañas queden trituradas y convertidas en paja menuda. La yunta, primero al trote y luego pausadamente, arrastra el trillo, que va pendiente de la bríncula, atada a los tarrollos que rodean los sudorosos cuellos de los animales. Los más jaquetones llevan también cascabeles o campanillas. Con el rabo espantan sin parar las agobiantes moscas. El que de niño haya pasado horas de pie en el trillo, agarrado al ramal de la caballería que va por dentro, se mantendrá seguro y firme viajando de pie en el Metro o en los autobuses urbanos de la ciudad en las horas punta. Soportará cualquier ajetreo y no perderá fácilmente el equilibrio. El que lo ha experimentado lo sabe.

Con la tarde vencida, el trabajo está hecho. Falta sólo aventar, una vez recogida la parva, -”ablentar” decían en el pueblo- cuando mueva el viento; cerner -con qué aire ciernen las mujeres moviendo las caderas, cansadas de que nadie les saque a bailar en mucho tiempo-, y llevar las talegas de grano al granero, en el somero de la casa, y los mantones de paja al pajar. Es la feliz consumación de un largo sueño. ¡Ah!, si acaso viniera tormenta, que bien puede suceder, los vecinos se ayudan unos a otros afanosamente a recoger la parva con camaradería, algarabía y fraternidad. El tamo de las eras invade las calles y los corrales. La noche cubre pronto de silencio al pueblo. Los segadores descansan, rendidos. Lo mejor es que salgas entonces a las eras tú solo y te tumbes mirando al cielo. Te sentirás envuelto en un prodigioso manto azul de miríadas de estrellas brillantes, casi al alcance de la mano.