AGOSTO OTRA VEZ

por elcantodelcuco

 

Para uno, que es de de tierra adentro, la tentación del mar es irresistible. Así que aquí me tienen, bajo la sombrilla, con los pies descalzos sobre la arena ardiente. Al final el verano y el Mediterráneo se me convierten en sinónimos. Aquí estoy sentado en una silla elemental, pero confortable, que compramos ayer en el bazar de los chinos. Corre una brisa húmeda que alivia la piel enrojecida, a pesar de las engorrosas cremas obligadas por eso del ozono. Hay bandera verde. El mar está en calma, como casi siempre. El agua, tibia. Y la misma rutina. Un baño confortante, breve, que uno es de secano, y el imprescindible paseo por la orilla entre cuerpos gloriosos y otros, no tanto. En conjunto, si fueran así, iba a ser terrible contemplar la resurrección de la carne el día del Juicio Universal. Un rato de lectura sin perder de vista el horizonte del mar, con barquitos que pasan de largo y se pierden en la lejanía azul , ni los cuerpos más esculturales que desfilan delante, cerca, y que distraen, la verdad. Entre mis manos, “Marinero en tierra” de Rafael Alberti. Leo a salto de mata:

 

Siempre que sueño las playas,

las sueño solas, mi vida.

…Acaso algún marinero…

quizá alguna velilla

de algún remoto velero.

 

Yo me hice amigo de Rafael Alberti, arcángel de los barcos y de las marismas, aquellos veranos inolvidables de El Escorial. Lo recuerdo con su melena blanca, sus grandes ojos, su camisa de flores y su gorra de capitán de barco. Pero yo nunca seré marinero, ni siquiera en tierra. Ni comunista como él. Lo confieso tumbado en la orilla, aquí, en la ancha playa de la Glea, de la Dehesa de Campoamor, con sus calles, entre las buganvillas, pobladas de nombres de poetas muertos, entre ellos, el suyo. No seré marinero porque, como tengo dicho, soy de tierra adentro, de las Tierras Altas de la Alcarama, en las que reside mi corazón y mi memoria. Así que soy campesino en el mar. Me conformo con el suave oleaje de los trigales y con el olor salvaje de las estrepas y del sabinar entre los robles del monte. Lo mejor es partir agosto en dos equitativamente: la mitad en el mar (A la sombra de una barca,/ fuera de la mar, dormido), y la otra mitad en los montes de Soria, recorriendo caminos solitarios y pueblos que se resisten a morir entre las sierras azules. Después de este sudor salino que baña ahora mi cuerpo, en agosto volveré a sentir el frio en el rostro. En las eras, sin granzas ni tamo, habrán nacido ya, cuando yo llegue, los gallos morados o espantapastores (tampoco hay ya pastores en la Mesta). En las paretillas medio derrumbadas de las eras vacías se verá aún alguna cuyalba resistente, único vestigio de lo de entonces, y los zarzales de los Prados del Cerro tendrán ya moras dulces y empezarán a poblarse de letujas, pichentes y culirroyos de paso. No faltará algún cazador de fuera recorriendo con su perro rastrojos y llecas en busca de la inocente y escasa codorniz.

 

Agosto, que, más que de almirante de los mares, lleva nombre, como se sabe, de emperador romano, es el mes de la maduración de la fruta, un mes frutal, virgiliano. ¡Oh aquellos cestos de higos de Cornago y Villarijo! ¡Aquellas dulcísimas y rezumantes ciruelas claudias! ¡Aquellas cajas de olorosos melocotones de Calanda! ¡Aquellas banastas de peras de Don Guindo de Aguilar! Mayo hace el trigo y agosto el vino. Y quien en agosto ara, despensa prepara. ¿Dónde están los arados? En Sarnago era el mes de la dula en la dehesa, de las tormentas, de las maguillas, de las magüetas… y el mes hortelano por excelencia. Había que administrar con cuentagotas el menguado caudal de agua de riego. Y era, sobre todo, el mes de la fiesta, del esperado día de San Bartolomé, que coronaba el verano con música y marcaba su límite. Por San Bartolomé empìeza la otoñada. Y, en fin, lluvias en agosto, miel y mosto, para alegría de los colmeneros. Eran los días en que el tio Quirino salía a cazar enjambres. Y que nadie se olvide de las cabañuelas. El tiempo que haga los primeros doce días de agosto señala el tiempo que va a hacer cada uno de los doce meses del año siguiente. Eso dice el Calendario Zaragozano. Y llegados a este punto hay que recordar que, coincidiendo con los días de la lluvia de estrellas, en la constelación de Perseo, este año podremos ver el 10 de agosto la luna llena más grande y más brillante del año. Esta vez sí, Rafael Alberti, seré por una noche marinero en tierra y la veré desde la orilla emergiendo del mar.

 

 

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