El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: agosto, 2014

DE TORLENGUA A SARNAGO

Torlengua es un pueblo soriano de la comarca de Las Vicarías, en el sureste de la provincia, una comarca ambigua, como dice Dionisio Ridruejo, tan aragonesa como castellana, atravesada por el Jalón, que rinde sus aguas al Ebro, lo mismo que el Cidacos, el Linares y el Alhama, en las Tierras Altas. En un caso y otro el Duero, el rio de Castilla, queda lejos y a trasmano. Son tierras fronterizas y, por tanto, ricas en historia y en cultura, aunque sean pobres y hayan venido a menos. Las numerosas ruinas de castillos y fortalezas del camino recuerdan a cada paso el fragor de la larga Reconquista. No es extraño que el patrón de Torlengua sea Santiago “Matamoros”, que campea a caballo, con extraordinario realismo -provocador en los tiempos que corren- con la espada en la mano y un moro a los pies, en el centro del retablo del altar mayor de la iglesia. Esto adquiere confirmación un poco más abajo, en Monteagudo, capital de la comarca, situado en la frontera de Aragón sobre una muela, rodeado de murallas, entre las que destaca el relieve del castillo. Para llegar a Torlengua he pasado por Gómara, que no oculta hoy su decadencia, con su castillo árabe desmantelado, y he cruzado sus amplios campos amarillos, calcinados, que un día fueron granero provincial, hasta topar, ya en Las Vicarías, con Serón de Nágima, la patria de José Antonio Alonso. El rio Nágima (que otros escriben con jota) bordea Torlengua y propicia una amena vega, con sus anchos tablares más improductivos de la cuenta. Las colinas que rodean el pueblo están horadadas de infinidad de pequeñas bodegas, la mayoría arrumbadas, que dan fe de que esta era tierra de vino. Me han llevado a alguna reconstruida y he probado su vino artesanal, hecho con la misma técnica de hace cientos de años. Pero con el progreso y la democracia invitaron un día a los vecinos a arrancar las vides garnachas centenarias, lo mismo que pasó con las vacas en El Valle y con las ovejas en las Tierras Altas. ¡Un disparate más!

He pasado en Torlengua un día inolvidable, invitado por la activa Asociación Cultural del pueblo. Este tipo de asociaciones, que han ido naciendo espontáneamente y que forman ya una tupida red, con la incorporación activa de los mayores y de las gentes de fuera, constituyen la mayor fuerza de resistencia a la muerte de los pueblos y el mejor cauce para la recuperación de la memoria. De esto hablé, al hilo de mis libros, ante un público propicio que abarrotaba el local. El acto sirvió además para inaugurar las viejas escuelas reconstruidas con esmero. Los mayores aún recuerdan los tiempos, no tan lejanos, en que estaban pobladas de un centenar de niños. Una de las escuelas, después de recuperar los pupitres, mesas y mapas originales, acoge ahora una magnífica exposición de libros, cuadernos, tinteros, fotos y objetos de todo tipo desde que se inauguró en tiempos de la República. La otra ha quedado como acogedor salón de actos. Este regreso a la escuela fue significativamente el acto central de la jornada cultural, un día coronado, como Dios manda, con una comida popular, una apetitosa caldereta de caza, con un buen vaso de buen vino. Como despedida tuvieron el detalle de obsequiarme con un precioso objeto fabricado ex profeso, de extraordinario buen gusto, obra de Donvina Martínez, un libro único, guardado en una caja original de madera, titulado “Trozos de Memoria”. Es un regalo cargado de simbolismo y acorde con mi empeño en recoger los despojos de una civilización que se acaba. Me permito reproducir aquí la carta que lo acompaña:

“Hemos preparado para tí este detalle, pensando que eres una persona que dedica parte de su tiempo a recuperar la memoria del pasado. En la tapa hemos puesto trozos de cerámica celtíbera recogida en el Cerro de la Mesta de aquí de Torlengua. Allí debió de haber un alfar ya que se encuentran fácilmente restos de cerámica.Alguna muestra recogida aquí, está expuesta en el Museo Numantino de Soria. El libro titulado “Trozos de Memoria” está elaborado con elementos encontrados y recogidos por el campo, la playa o en las calles. Luego a esos elementos hemos querido devolverles su valor haciendo una composición artística. Deseamos que te guste por su simbología. Al fin y al cabo, todos somos parte de todo aquello que hemos encontrado en el camino”.

Firman: César, Carmen, Antonio, Sara, Carmen Pérez, Nacho y Donvina. ¡Gracias! Lo he colocado en el centro de la mesa de mi despacho, como perenne recordatorio de Torlengua y sus gentes.

De Torlengua viajé a Sarnago, de punta a punta de la provincia. (Sentí no haber podido ir esta vez a Fuentes de Magaña, Trébago y Aguilar del Rio Alhama). Al caer la tarde, en el lugar acostumbrado de la plaza, con mi casa cerrada enfrente, las ruinas de la del tio Patricio a la derecha y la escuela a la espalda, con las gentes sentadas en las sillas traídas de Valtajeros -en San Pedro Manrique, por lo visto, no hay sillas para estos actos culturales- presentamos “El canto del cuco. Llanto por un pueblo”. Además de Josemari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación, estuve acompañado por Mercedes Álvarez, la de “El cielo gira”, todo un lujo, que presentó a continuación un corto de la película dentro en la escuela, porque al caer la noche el relente bajaba ya de la Alcarama. Impresiona el programa de actos culturales de esta semana grande de Sarnago. Conferencias, conciertos, exposiciones de fotografía, presentación de la revista “Sarnago Nº 7”, hasta el estreno de una “Suite de Sarnago”, de Manuel Castelló, y un concierto suyo titulado “Por Tierras Altas”, intepretado por una banda de Alicante. Todo culminado con la fiesta de San Bartolomé, en la que no podían faltar las móndidas y el mozo del ramo. ¿Alguien creía que los pueblos iban a resignarse a morir en silencio como los árboles?

LA DEHESA DE CAMPOAMOR (DESPEDIDA DEL MAR)

Ha llegado el momento de volver. Ya tengo el billete del tren en el bolsillo. Desde mi terraza donde escribo contemplo el mar detrás de las palmeras y del bosquecillo de pinos. Cuesta despedirse de esto, que, a fuerza de años viniendo, se hace familiar. Ciertamente es un sitio grato y un poco especial, aunque la avalancha de la especulación, el ruido y la ordinariez es capaz, si nos descuidamos, de llevarselo todo por delante. Hasta los espacios protegidos de alto valor ecológico que aún quedan milagrosamente en lo escabroso de la costa cercana, con playas fósiles y plantas aromáticas únicas. Los desaprensivos arrojan allí latas, plásticos y desechos en las noches de vino y rosas. Dicen que aquí, en la Dehesa de Campoamor, recostada en la montaña, en la linde de Alicante y Murcia, reina un microclima que suaviza los veranos e impide que las noches sean tan tórridas como en los alrededores. Puede que sea así. En las alforzas de la ladera se pasan el invierno jugando al golf los bronceados jubilados europeos, ingleses mayormente. Por estos mismos parajes naturales de Orihuela, entonces más escabrosos que ahora, me imagino al joven Miguel Hernández cuidando su rebaño y llenando de versos el zurrón.

Apuro, como digo, mis días de sol y playa en esta urbanización, cuyas calles llevan nombres de escritores y poetas y donde se instalaron en su día familias de la alta alcurnia madrileña. Fueron las pioneras. Por aquí anduvo el almirante don Luis Carrero Blanco, que, según me cuentan, acostumbraba a ir al cine de verano con su mujer, doña Carmen Pichot, y después se sentaban a tomarse un helado en la heladería Navia, la institución más característica del lugar junto con la moderna iglesia de enfrente, dedicada a la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, abarrotada siempre de fieles en todas las misas del fin de semana. Y, sin ir más lejos, al rebuzo de los jerifaltes del franquismo, aquí empezó su carrera política Adolfo Suárez cuando no era más que un repeinado chusquero de Ávila, un joven seductor cargado de ambición política. Y también el marqués de Villaverde, el yerno de Franco, acostumbraba a atracar su yate en el pequeño y selecto puerto deportivo, donde, según dicen las malas lenguas, se corrió juergas sonadas. Hace tiempo que no se ven pescadores donde solían, y en la parte alta, que llaman “Guirilandia”, poblada de restaurantes de todas las cocinas, bazares chinos, tiendas turísticas y supermercados, ya casi sólo se habla inglés. El crecimiento de este nuevo, distinto y bullicioso Campoamor cosmopolita ha ocurrido en los últimos años de la burbuja inmobiliaria y el urbanismo salvaje e incontrolado. En el núcleo original, los chalés ajardinados, de distintas categorías, formando círculos entre verdes pasillos de arizónicas, conviven ahora con altas torres y suntuosas mansiones, en muchos casos fruto de suculentos negocios oscuros.

El viento se mueve mientras cae la tarde. Abajo los niños están jugando y gritan como condenados. Ladra un perro, el mismo que gime por la noche y nos rompe el ligero sueño iniciado entre el sudor de las sábanas, porque sus dueños, unos “guiris” desconsiderados, tienen la costumbre de salir de juerga hasta la madrugada y dejan solo al pobre animal. El cielo de la tarde va cubriéndose de nubes ligeras, vaporosas, que aumentan hoy la sensación de bochorno, sólo aliviado por esta brisa marina, que va en aumento y empieza a agitar los toldos de los apartamentos de enfrente. En unos minutos el mar se ha vuelto gris con reflejos de plata. Si estuviera en Sarnago, observando las nubes cárdenas por la Alcarama y los remolinos de polvo en el camino de la Cruz de la Villa, diría: “Revuelve el tiempo, ¿eh?”. “Sí, parece que está de cambio”, corroboraría el vecino. Pero aquí, en esta caldera azul del Mediterráneo, el tiempo en agosto es completamente inmóvil, como una estatua dorada, digan lo que digan los de las isobaras en el telediario, que por si acaso anuncian, para curarse en salud, tiempo variable, por lo que no conviene hacerse hoy ilusiones de que vendrá la lluvia. Con toda seguridad, mañana será día de playa. Como el día anterior y el otro y el otro. Acaso un poco más desapacible y ventoso. Los días y las noches se suceden monótonamente sin alteraciones meteorológicas dignas de reseñar. De vez en cuando, como ahora, el viento de Levante encrespa un poco el mar. Cuando esto ocurre por la mañana, vuelan las sombrillas por la arena y los socorristas de la playa izan en los mástiles bandera amarilla. Pero se trata siempre de episodios pasajeros. La vida no se altera y la gente va ligera de equipaje, como los hijos de la mar y como esa hermosa muchacha en bikini que aparece ahora en la terraza de enfrente o como el calvo de la esquina, el hombre de los toldos, de los estores y de las persianas -esta noche le espera música de viento, como la noche de los batanes a don Quijote y Sancho-, que sigue ahí, en traje de baño, como siempre y tan campante. Al calvo de la esquina nunca lo he visto, en años, desde mi observatorio indiscreto, vestido en casa con una camiseta sobre su piel tostada. Y dicho todo esto, para dar cuenta de mí mismo y mis ausencias, me despido del mar y de la arena, antes de subir al tren en el que echaré el día camino de Soria, contemplando los campos y viendo pasar las estaciones.