DE TORLENGUA A SARNAGO

por elcantodelcuco

Torlengua es un pueblo soriano de la comarca de Las Vicarías, en el sureste de la provincia, una comarca ambigua, como dice Dionisio Ridruejo, tan aragonesa como castellana, atravesada por el Jalón, que rinde sus aguas al Ebro, lo mismo que el Cidacos, el Linares y el Alhama, en las Tierras Altas. En un caso y otro el Duero, el rio de Castilla, queda lejos y a trasmano. Son tierras fronterizas y, por tanto, ricas en historia y en cultura, aunque sean pobres y hayan venido a menos. Las numerosas ruinas de castillos y fortalezas del camino recuerdan a cada paso el fragor de la larga Reconquista. No es extraño que el patrón de Torlengua sea Santiago “Matamoros”, que campea a caballo, con extraordinario realismo -provocador en los tiempos que corren- con la espada en la mano y un moro a los pies, en el centro del retablo del altar mayor de la iglesia. Esto adquiere confirmación un poco más abajo, en Monteagudo, capital de la comarca, situado en la frontera de Aragón sobre una muela, rodeado de murallas, entre las que destaca el relieve del castillo. Para llegar a Torlengua he pasado por Gómara, que no oculta hoy su decadencia, con su castillo árabe desmantelado, y he cruzado sus amplios campos amarillos, calcinados, que un día fueron granero provincial, hasta topar, ya en Las Vicarías, con Serón de Nágima, la patria de José Antonio Alonso. El rio Nágima (que otros escriben con jota) bordea Torlengua y propicia una amena vega, con sus anchos tablares más improductivos de la cuenta. Las colinas que rodean el pueblo están horadadas de infinidad de pequeñas bodegas, la mayoría arrumbadas, que dan fe de que esta era tierra de vino. Me han llevado a alguna reconstruida y he probado su vino artesanal, hecho con la misma técnica de hace cientos de años. Pero con el progreso y la democracia invitaron un día a los vecinos a arrancar las vides garnachas centenarias, lo mismo que pasó con las vacas en El Valle y con las ovejas en las Tierras Altas. ¡Un disparate más!

He pasado en Torlengua un día inolvidable, invitado por la activa Asociación Cultural del pueblo. Este tipo de asociaciones, que han ido naciendo espontáneamente y que forman ya una tupida red, con la incorporación activa de los mayores y de las gentes de fuera, constituyen la mayor fuerza de resistencia a la muerte de los pueblos y el mejor cauce para la recuperación de la memoria. De esto hablé, al hilo de mis libros, ante un público propicio que abarrotaba el local. El acto sirvió además para inaugurar las viejas escuelas reconstruidas con esmero. Los mayores aún recuerdan los tiempos, no tan lejanos, en que estaban pobladas de un centenar de niños. Una de las escuelas, después de recuperar los pupitres, mesas y mapas originales, acoge ahora una magnífica exposición de libros, cuadernos, tinteros, fotos y objetos de todo tipo desde que se inauguró en tiempos de la República. La otra ha quedado como acogedor salón de actos. Este regreso a la escuela fue significativamente el acto central de la jornada cultural, un día coronado, como Dios manda, con una comida popular, una apetitosa caldereta de caza, con un buen vaso de buen vino. Como despedida tuvieron el detalle de obsequiarme con un precioso objeto fabricado ex profeso, de extraordinario buen gusto, obra de Donvina Martínez, un libro único, guardado en una caja original de madera, titulado “Trozos de Memoria”. Es un regalo cargado de simbolismo y acorde con mi empeño en recoger los despojos de una civilización que se acaba. Me permito reproducir aquí la carta que lo acompaña:

“Hemos preparado para tí este detalle, pensando que eres una persona que dedica parte de su tiempo a recuperar la memoria del pasado. En la tapa hemos puesto trozos de cerámica celtíbera recogida en el Cerro de la Mesta de aquí de Torlengua. Allí debió de haber un alfar ya que se encuentran fácilmente restos de cerámica.Alguna muestra recogida aquí, está expuesta en el Museo Numantino de Soria. El libro titulado “Trozos de Memoria” está elaborado con elementos encontrados y recogidos por el campo, la playa o en las calles. Luego a esos elementos hemos querido devolverles su valor haciendo una composición artística. Deseamos que te guste por su simbología. Al fin y al cabo, todos somos parte de todo aquello que hemos encontrado en el camino”.

Firman: César, Carmen, Antonio, Sara, Carmen Pérez, Nacho y Donvina. ¡Gracias! Lo he colocado en el centro de la mesa de mi despacho, como perenne recordatorio de Torlengua y sus gentes.

De Torlengua viajé a Sarnago, de punta a punta de la provincia. (Sentí no haber podido ir esta vez a Fuentes de Magaña, Trébago y Aguilar del Rio Alhama). Al caer la tarde, en el lugar acostumbrado de la plaza, con mi casa cerrada enfrente, las ruinas de la del tio Patricio a la derecha y la escuela a la espalda, con las gentes sentadas en las sillas traídas de Valtajeros -en San Pedro Manrique, por lo visto, no hay sillas para estos actos culturales- presentamos “El canto del cuco. Llanto por un pueblo”. Además de Josemari Carrascosa, el activo presidente de la Asociación, estuve acompañado por Mercedes Álvarez, la de “El cielo gira”, todo un lujo, que presentó a continuación un corto de la película dentro en la escuela, porque al caer la noche el relente bajaba ya de la Alcarama. Impresiona el programa de actos culturales de esta semana grande de Sarnago. Conferencias, conciertos, exposiciones de fotografía, presentación de la revista “Sarnago Nº 7”, hasta el estreno de una “Suite de Sarnago”, de Manuel Castelló, y un concierto suyo titulado “Por Tierras Altas”, intepretado por una banda de Alicante. Todo culminado con la fiesta de San Bartolomé, en la que no podían faltar las móndidas y el mozo del ramo. ¿Alguien creía que los pueblos iban a resignarse a morir en silencio como los árboles?

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