El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: septiembre, 2014

POR SAN MIGUEL

Los membrillos del jardín están ya dorados, señal de que hemos entrado de lleno en el veranillo de San Miguel. Con las últimas lluvias, en los montes de Soria aparecerán los ricos “migueletes” y, pronto, asomarán los rojizos níscalos en el pinar bajo la hojarasca húmeda. La alfombra verde del gayubar presentará su alarde de frutos rojos, y con el buen tempero se iniciará la siembra en la barbechera. Por San Miguel empieza propiamente la otoñada y se inicia el año agrícola. Más que con la primavera, el cambio de ciclo en el campo ocurre con la llegada del otoño. Todo empieza de nuevo mientras cae la hoja. Es el eterno retorno de las estaciones. Cuando había niños en el pueblo, abría también la escuela con el nuevo maestro y, tras el silencio del verano, resonaba otra vez la algarabía del recreo en la plaza. Y cuando aún había animales en los bajos de la casa, poblando ruidosamente cuadras, pocilgas y majadas, todos los caminos conducían por estas fechas a la feria del ganado. ¡La feria de San Miguel! En medio de este trasiego y renacimiento de la vida rural, era el tiempo de renovar los aperos de labranza, de herrar las caballerías y de pasar las rejas por la fragua. Incluso, en estos tiempos nuevos, la rueda de la fortuna o de la desgracia vuelve a ponerse ahora en marcha. En la ciudad es la hora de multiplicar a la desesperada el envío de curriculums (que me perdone el maestro Tejerina, pero no me gusta lo de “curricula” o “referenda”, etcétera) en busca de un trabajo, aunque sea efímero. Estoy pensando que, seguramente por ese instinto campesino, que uno lleva en la sangre, “El canto del cuco”, pudiendo hacerlo en primavera, que parecería más propio, apareció precisamente en otoño, ahora va para tres años. A las cinco y media del martes día 30, cuando escribo, lleva, válgame Dios, 64.802 visitas, lo que me obliga moralmente a volver a empezar, un otoño más.

Por San Miguel se ajustaban los pastores y se contrataban las niñas-criada. No siempre habían cumplido, los unos y las otras, los catorce años, la edad establecida para dejar la escuela. Pero la necesidad apretaba. Un pequeño jornal y una boca menos en casa eran argumentos poderosos. La madre se encargaba de prepararles el menguado hatillo de ropa. Al pastor, al rabadán y al zagal, le correspondía cena caliente en casa del amo del rebaño y la merienda en el zurrón por la mañana: un mendrugo de pan y una tajada de queso o de tocino, rara vez un tallo de chorizo o un tasajo de jamón o de cecina. No podía faltar la colodra para beber agua en las fuentes del campo. El ajuste solía incluir también la manta de cuadros y un cordero para la fiesta. El garrote se lo fabricaba él mismo con una guía verde y derecha del monte, debidamente domada, manejando con pericia la hachuela y la imprescindible navaja. A las niñas de las aldeas, a veces menores de diez años, las contrataban de niñeras o de multiuso las familias pudientes de los pueblos de alrededor y hasta allí eran trasladadas, andando o a caballo, por el padre de la criatura. Ocurría por San Miguel. La madre se quedaba en casa llorando a solas, asomada a la ventana, viéndolos partir. ¡Ay la amarga posguerra del odio y el hambre, del estraperlo, el racionamiento, los delegados y el pan negro!

Por San Miguel, en fin, se multiplican las fiestas en los pueblos de España y del mundo. Y son innumerables las iglesias dedicadas al primero de los siete arcángeles, que manda las milicias celestes, al que veneran, como un caso singular, las tres religiones monoteístas: judíos, moros y cristianos. El arcángel Miguel, que aparece en el retablo de los templos con la espada refulgente en la mano, capitanea la batalla contra Lucifer y los ángeles rebeldes y los vence al grito de “¿Quién como Dios?”, que eso significa exactamente su nombre. Es el protector de Israel y patrono de la Sinagoga lo mismo que es el patrono y protector de la Iglesia universal. Es, en resumidas cuentas, en estos tiempos de supersticiones, amuletos y ridículas protecciones budistas en las casas, el verdadero encargado de defender a la humanidad, del demonio y del mal. De ahí la multitud de parroquias dedicadas a su nombre y la popularidad de su fiesta. Además, según la Biblia, el arcángel San Miguel será el encargado de tocar la trompeta el día de la resurrección de los muertos y el juicio universal. Se supone que el sonido de su trompeta será lo último que sonará en la Tierra el día o la noche del fin del mundo. Aquí en Las Rozas, donde vivo, San Miguel es la fiesta, y hasta aquí llegaba anoche, casi de madrugada, el ruido de la verbena y el estruendo de los fuegos artificiales. Pero, que yo sepa, aún no ha sonado la trompeta, menos mal.

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LA VENTA DEL PUEBLO

Cuentan que un pícaro castellano pretendió vender a algunos turistas despistados que caían por el lugar la catedral de Burgos. Llevaba encima unos papelotes antiguos que presentaba a los incautos como las legítimas escrituras, que acreditaban su propiedad, heredada de sus ancestros, sin género de duda. El precio era naturalmente razonable, asombrosamente ridículo. El foráneo abría la boca como el papamoscas y pasaba del asombro a interesarse por la idea. En España podía ocurrir cualquier cosa -según le habían dicho-, por eso España era diferente. El pícaro le acuciaba con la lista de otros posible compradores interesados. El incauto turista, con la cámara de fotos al hombro, contemplaba desde abajo el bosque de piedra de las fantásticas torres ascendiendo al cielo y se llenaba por dentro de entusiasmo: ¡Todo eso será mio!, pensaba. El pícaro burgalés le pedía entonces un adelanto antes de cerrar el trato y formalizar la transacción como Dios manda. Y después, como todo el mundo adivina, tomaba las de villadiego y si te he visto no me acuerdo. De ser cierta la historia, y bien pudiera serlo porque el ingenio de la picaresca española no tiene límites, como comprobamos todos los días lo mismo en las lujosas mansiones de gentes de ringorrango que en los arrabales del hampa, esto no sería más que una ilustración humorística de nuestra idiosincrasia. Y es que si algo nos sobra a los españoles es ingenio para engañar al prójimo y “a María Santísima”, como dicen en el pueblo, empezando por la Hacienda pública, en beneficio propio.

Pues bien, acabo de leer en la primera página de “El País” la fiebre que está despertando en el extranjero la compra de pueblos enteros en España. Últimamente se observa, por lo visto, una avalancha de compradores. Hay en oferta un centenar de aldeas vacías, muchas de ellas en lugares pintorescos, de entre los cerca de 3.000 pueblos abandonados que se registran en España. O sea que la mayoría no está en venta, menos mal. Televisiones de medio mundo -de Europa, América, Australia y los países árabes- ofrecen reportajes sobre nuestros pueblos fantasma, poblados de ruinas. Es un fenómeno curioso, que sólo ocurre aquí y llama la atención. De ahí que lluevan a cientos las peticiones diarias de información desde el extranjero. Se multiplican los reclamos y muchos buscan gangas. Por ejemplo, el “Daily Mail” informaba en mayo, en titulares, que es posible comprar un pueblo español por la mitad de precio que una plaza de garaje en Londres. Elvira Fafián, gerente de aldeasabandonadas.com, confiesa: “No damos abasto, esto ha sido un boom”. A mí, qué quieren que les diga, me da tristeza la venta de un pueblo. Tristeza e indignación. Por eso no he podido contenerme hoy y he vuelto a traer el tema a colación. En los pueblos comprados y reconstruidos, como dice Faustino Calderón, autor del blog “Pueblos deshabitados”, “se rompe la memoria, se pierde la identidad”. Basta recordar el caso de Villaescusa de Palositos en la Alcarria, ahora cercado para el disfrute de unos pocos, donde los antiguos habitantes luchan para que los nuevos propietarios les permitan acceder al cementerio a llevar flores a sus difuntos el dia de Todos los Santos. A mí me parece que vender un pueblo, acabar con la memoria de muchas generaciones, que encierran sus piedras, sus calles, sus caminos y su entorno, es tan grave y disparatado como vender la catedral de Burgos. Me viene este ejemplo a la cabeza porque un alto responsable de la UNESCO me dijo un día, cuando aún había remedio, que la ruina y desaparición de los pueblos de la comarca de las Tierras Altas, que él se había pateado y fografiado con detalle -puentes, iglesias, castillos, casonas, arcos, balcones…- , era más grave para la cultura universal y más irreparable que el derrumbamiento de la maravillosa catedral burgalesa. Nunca lo he olvidado.

El escritor Julio Llamazares, buen amigo mío, al que un día deslumbró Sarnago, recién deshabitado, y que ha demostrado siempre una gran sensibilidad literaria y humana hacia este fenómeno de los pueblos abandonados, como dejó constancia en su “Lluvia amarilla”, comenta en el mismo número del periódico madrileño: “Durante muchos años el fenómeno sólo les interesó a los vecinos de esos lugares y a cuatro o cinco románticos para los que el espectáculo de las aldeas abandonadas constituían toda una metáfora de este país. Porque, mientras sus ciudades y algunas zonas privilegiadas avanzaban en la historia viento en popa convertidas en los espejos de su presunta modernidad y riqueza, miles de pueblos y aldeas quedaban en el olvido, discriminados por su pobreza o su lejanía. Mejor todos reunidos en ciudades que diseminados por la geografía española, que es más caro para el erario público. Mientras tanto, en Europa el modelo que se seguía era el contrario, es decir, el de promover con la economía el equilibrio geográfico del país de manera que ninguna región quedara desfavorecida ni ningún pueblo tuviera que desaparecer. Por eso es difícil hallar en esos países lugares deshabitados del todo, por lo menos en la medida española, y por eso ocurre que a sus habitantes les resulte exótico ver un pueblo abandonado por completo, algo que para nosotros es tan común”.

Esta funesta política en relación con el mundo rural, que viene de lejos, nos ha conducido a esta situación pintoresca en que España empieza a ser fuera famosa por sus ruinas. Entre unas cosas y otras, el letrero de “España en venta” es algo más que un reclamo turístico y una metáfora afortunada no sólo por la compra de los pueblos. Clama al cielo el desequilibrio regional y el abandono del campo. El reequilibrio social y demográfico de España es la primera reforma necesaria, la gran empresa que tiene pendiente el Estado, mucho más acuciante que la necesaria reforma constitucional. Es preciso aprender en esto de nuestros vecinos europeos. La muerte de los pueblos es un crimen de Estado. Vender un pueblo es como vender el alma al diablo. Hay que empezar a ponerse serios. Cualquier día venden, si nos descuidamos, la catedral de Burgos.

OTOÑO

Vuelve el otoño y es una tentación sumergirse en la acuarela del campo al atardecer como los bueyes, sintiendo el olor de la tierra en la sementera. O tomar la vereda del monte, escuchando el rumor de las hojas que caen y, con un poco de suerte, sobresaltarse con el vuelo bravío de un bando de perdices en el sabinar. O, donde haya viñas, coronarse de pámpanos dorados como el cuadro de Arcimboldo llamado justamente “Otoño” o como las columnas barrocas en el altar mayor de la iglesia parroquial envueltas en apretados racimos de oro viejo, alumbrados por la tenue luz del Santísimo. Es el tiempo de vendimiar la uva, y recoger la cosecha de la huerta, las moras, las endrinas, las bellotas, las castañas, las maguillas, las setas, los girasoles… Y, en una demostración de eterno retorno, es la hora de la siembra, tras romper, binar y aciemar la tierra. Eso cuando aún quedaban yuntas arrastrando el arado o la vertedera y no habían llegado las máquinas. Ahora se han perdido los ritos del campo y ya no se ven caballerías por los caminos ni suena la música animal en los bajos de la casa. Ni juegan los niños en la plaza en el recreo. Ni ha venido un maestro nuevo. Ni hay escuela. Ni hay niños. Un otoño sin escuela y sin niños no es otoño. Lo mismo que un pueblo sin niños no es un pueblo.

El otoño, que arranca el 23 de septiembre, en el equinoccio, es la madurez, la dulzura de la fruta madura, y la decadencia plácida. Como la vida, el sol decae, coronando el cielo de crepúsculos gloriosos, pintando sobre el lienzo azul de la sierra, antes de despedirse, admirables cuadros de colores, una policromía original, cuya contemplación es gratuita. Con frecuencia ocurre lo mismo con los humanos: dejan lo mejor para el final. De ahí la emoción social de los funerales y los encendidos elogios de las necrológicas. No es del todo extraño. Las hojas caídas -vestidas de cobre, naranja, castaño y oro- suelen ser más hermosas en el suelo que cuando estaban verdes en el árbol. El otoño es la plenitud, la serenidad, la reflexiva contemplación, la placentera y melancólica posesión del tiempo que queda. “¡Día alante!”, suelen decir los campesinos, que se conforman resignadamente con “ir tirando”. ¡Oh, la eterna resignación del campo! Todo eso es el otoño. Y mucho más.

Alargan las sombras, y una luz difusa, amarillenta, horizontal, envuelve los tejados del pueblo. Vuelve a salir humo de las chimeneas en las casas aún habitadas. En septiembre, el que no tenga ropa, que tiemble, dice el refrán. Y a finales, con la otoñada enseñoreándose de campos y alamedas, aún más. Llegan las nubes. Es un mes imprevisible. O seca las fuentes o se lleva los puentes. Los más viejos temen, como una mortífera espada prendida del cielo, la caída de la hoja. ¡Estos cambios de tiempo tan bruscos! Recuerdan que a más de uno se le ha llevado el otoño por delante. Por algo los ingleses llaman al otoño “fall”, caída. (Tal día como hoy de 1819 escribió John Keats “Al otoño”, considerado uno de los poemas más hermosos en lengua inglesa). El silencio se apodera de nuevo de las calles. Los señoritos de la ciudad que animaron el verano se han marchado. Se acabó la fiesta. En los pueblos de las Tierras Altas el otoño, como se sabe, se identifica hoy con la soledad y la resignada espera de la muerte, que vendrá pronto envuelta en la fria mortaja de la nieve. De año en año, te dicen si te acercas y encuentras a algún alma caritativa por la calle, sólo aumentan los vecinos del camposanto. Esto también es el otoño.

En fin, el otoño es, por supuesto, como queda apuntado, mi estación querida y la patria preferida de los poetas. Como muestra, para remate, este precioso soneto de Juan Ramón Jiménez, que lleva por nombre “Otoño”, lo mismo que mi entrada.

“Esparce octubre, el blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento.

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se estremece,
echado en el verdor de una colina.

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina”.

NUMANCIA

Veo que se ha estrenado en Soria con éxito una sinfonía, que, en tiempos de aridez, desarmonía y estridencia general, no es pequeña aportación. Otros sacan estos días banderas de división a la calle. La sinfonía se llama nada menos que “Numancia”, como el lejano drama de Cervantes, y de entrada suena a vuelta a los orígenes, regreso a la Celtiberia, búsqueda de identidad. Está bien. Puede que no corran buenos tiempos para la lírica. Por eso, empezando por Cataluña, en España, y desde luego en Castilla, parece que regresamos a la épica original, desempolvando las hazañas bélicas y glorificando las derrotas históricas y los enfrentamientos tribales. Basta asomarse hoy a los balcones estelados de Barcelona, poblados este verano hasta ayer, en sus barrios populares, de borrachos y libertinos jóvenes ingleses, y a las tertulias, los foros y las series nocturnas de éxito en las televisiones. Es ésta la primera sinfonía de J. Vicent Egea y ha sido interpretada por la joven orquesta “Lira Numantina”, que conjuga en el título la épica y la lirica, una conjunción extraña, aparentemente contradictoria, y, sin embargo, armoniosa. La lira, como se sabe, es más bien romana, traída por la potencia invasora. Por una vez el sonido de Soria es numantino, más que machadiano, lo cual es un respiro. En el abarrotado Palacio de la Audiencia, donde el reloj da siempre la una, sonaron las trompas, el carrasclás y las flautas de los pelendones, mis ancestros.

Don Antonio Machado, para mí tan querido y tan cercano, pero que no traspasó el puerto de Oncala ni se asomó a las Tierras Altas, sólo al Duero, a las colinas de alrededor y al “alto llano numantino”, cometió el desafuero de llamarnos a los sorianos “humildes ganapanes sin danzas ni canciones”, y se ensañó, él, señorito andaluz, cuando nos calificó de “palurdos y gañanes” sin distinción alguna. Se pasó. Seguramente fue en un momento de cabreo, y le perdonamos. No se enteró del “árbol de la música” en la Dehesa, desde cuya copa frondosa daba conciertos los domingos la banda mucipal. Como hacían los pájaros en primavera, en diálogo amoroso al amanecer, y en otoño en bandada bulliciosa al anochecer. El “árbol de la música” es un símbolo de Soria tan valioso como la fachada románica de Santo Domingo. Y mucho menos podía imaginar el poeta y profesor de francés la excelencia reconocida del Conservatorio de Soria, que está aportando a la música universal concertistas jóvenes extraordinarios. No sé qué hubiera dicho viendo al soriano Carlos Garcés, de 28 años, dirigir, el otro día, de memoria y magistralmente a la orquesta en el estreno de los cuatro movimientos de la sinfonía “Numancia”. Ya es hora de decirlo: el amor por la cultura, incluída la música, es una de las características sorianas. Desde niño he observado en el pueblo, incluso antes de llegar la luz eléctrica, la veneración por los libros y el ansia de saber. Es la provincia que se ha preciado desde siempre de tener menos analfabetos por habitante. Los campesinos que yo he conocido y los que conozco, de palurdos, nada. Ahora mismo, no tengo más remedio que insistir en que lo más importante que está pasando en la provincia de Soria, entre la indiferencia de los poderes públicos y de los medios de comunicación, es la proliferación espontánea de asociaciones culturales en los pueblos, que se resisten a morir. Una serie de escritores y poetas -Avelino Hernández, Fermín Herrero, José Ángel González Sáinz, Mercedes Álvarez, yo mismo…- acompañamos en el empeño y en plena sintonía por nuestra cuenta. Asistimos, sin ayuda de nadie, a una verdadera resistencia numantina. Hasta en Sarnago, oficialmente borrado del mapa, se ha estrenado este verano una suite con el nombre del pueblo. Para que luego digan. Por fortuna, no sólo de Machado vive Soria.

Siempre que puedo acudo a Numancia, al cerro de nuestra gran epopeya, que siempre me parece un lugar mágico, solitario y silencioso, a pesar de los pequeños grupos de curiosos que recorren con un guía mal pagado sus ruinas, sus antiguas calles, sus aljibes, sus redondas piedras de moler y la casa celtibérica reconstruida con el tejado vegetal. ¡Qué diferencia con Massada, “la Numancia de Israel”, en el desierto de Judea, cerca del Mar Muerto, que visité un día! Allí hay siempre una multitud de turistas y peregrinos. Aquí sólo te encuentras muchos días con el sonido del viento afilado, que arrastra cardos y yerbajos. Numancia es un monumento callado al abandono por falta de presupuesto. Podría ser el centro espiritual y cultural de Soria. ¡Y turístico! Pero hasta ahí llega la desidia, mientras debajo, en el mismo término de Garray, al otro lado del Duero, se despilfarran y entierran en el soto millones de euros en la paralizada Ciudad del Medio Ambiente, cuya cúpula sin terminar, a un tiro de piedra de Numancia, es una metáfora inquietante de esta Soria de nuestros pecados. He leído cien veces el ensayo de Ortega y Gasset en el que, acompañado de Pepe Tudela, visita Numancia. Es uno de los mejores ensayos de “El Espectador”. “El cadáver milenario de Numancia -escribe- yace sobre un cabezo de empinadas laderas que impera a un magnífico valle castellano”. Desde ese cerro mítico Ortega remonta el vuelo y va recorriendo las diversas civilizaciones, hasta desembocar en una crítica despiadada a la sociedad urbana. “En su intimidad -opina- las almas urbanas viven hoy desmoralizadas”. Y concluye, con su lenguaje florido y barroco, mostrando su envidia por la decisión de su amigo, un intelectual prestigioso, que había abandonado la capital y se había vuelto al pueblo. “Este amigo mío, soriano, Pepe Tudela, vuelve a educar su persona en la eterna y fecunda ley del campo. Con vaga desazón de envidia le entreveo que trashuma en los prados serranos, bajo la comba faz de lo azul, detrás de sus merinas, que avanzan dando corcovos por las viejas cañadas de la Mesta, guiadas por los moruecos y los solemnes carneros adalides”. ¡Ay, don José, ya ni eso, ya ni eso! La Mesta se acabó. Habrá que volver los ojos a Numancia y escribir otra vez en los muros de la vieja y arrumbada estación de ferrocarril “¡Viva Soria libre!”.