OTOÑO

por elcantodelcuco

Vuelve el otoño y es una tentación sumergirse en la acuarela del campo al atardecer como los bueyes, sintiendo el olor de la tierra en la sementera. O tomar la vereda del monte, escuchando el rumor de las hojas que caen y, con un poco de suerte, sobresaltarse con el vuelo bravío de un bando de perdices en el sabinar. O, donde haya viñas, coronarse de pámpanos dorados como el cuadro de Arcimboldo llamado justamente “Otoño” o como las columnas barrocas en el altar mayor de la iglesia parroquial envueltas en apretados racimos de oro viejo, alumbrados por la tenue luz del Santísimo. Es el tiempo de vendimiar la uva, y recoger la cosecha de la huerta, las moras, las endrinas, las bellotas, las castañas, las maguillas, las setas, los girasoles… Y, en una demostración de eterno retorno, es la hora de la siembra, tras romper, binar y aciemar la tierra. Eso cuando aún quedaban yuntas arrastrando el arado o la vertedera y no habían llegado las máquinas. Ahora se han perdido los ritos del campo y ya no se ven caballerías por los caminos ni suena la música animal en los bajos de la casa. Ni juegan los niños en la plaza en el recreo. Ni ha venido un maestro nuevo. Ni hay escuela. Ni hay niños. Un otoño sin escuela y sin niños no es otoño. Lo mismo que un pueblo sin niños no es un pueblo.

El otoño, que arranca el 23 de septiembre, en el equinoccio, es la madurez, la dulzura de la fruta madura, y la decadencia plácida. Como la vida, el sol decae, coronando el cielo de crepúsculos gloriosos, pintando sobre el lienzo azul de la sierra, antes de despedirse, admirables cuadros de colores, una policromía original, cuya contemplación es gratuita. Con frecuencia ocurre lo mismo con los humanos: dejan lo mejor para el final. De ahí la emoción social de los funerales y los encendidos elogios de las necrológicas. No es del todo extraño. Las hojas caídas -vestidas de cobre, naranja, castaño y oro- suelen ser más hermosas en el suelo que cuando estaban verdes en el árbol. El otoño es la plenitud, la serenidad, la reflexiva contemplación, la placentera y melancólica posesión del tiempo que queda. “¡Día alante!”, suelen decir los campesinos, que se conforman resignadamente con “ir tirando”. ¡Oh, la eterna resignación del campo! Todo eso es el otoño. Y mucho más.

Alargan las sombras, y una luz difusa, amarillenta, horizontal, envuelve los tejados del pueblo. Vuelve a salir humo de las chimeneas en las casas aún habitadas. En septiembre, el que no tenga ropa, que tiemble, dice el refrán. Y a finales, con la otoñada enseñoreándose de campos y alamedas, aún más. Llegan las nubes. Es un mes imprevisible. O seca las fuentes o se lleva los puentes. Los más viejos temen, como una mortífera espada prendida del cielo, la caída de la hoja. ¡Estos cambios de tiempo tan bruscos! Recuerdan que a más de uno se le ha llevado el otoño por delante. Por algo los ingleses llaman al otoño “fall”, caída. (Tal día como hoy de 1819 escribió John Keats “Al otoño”, considerado uno de los poemas más hermosos en lengua inglesa). El silencio se apodera de nuevo de las calles. Los señoritos de la ciudad que animaron el verano se han marchado. Se acabó la fiesta. En los pueblos de las Tierras Altas el otoño, como se sabe, se identifica hoy con la soledad y la resignada espera de la muerte, que vendrá pronto envuelta en la fria mortaja de la nieve. De año en año, te dicen si te acercas y encuentras a algún alma caritativa por la calle, sólo aumentan los vecinos del camposanto. Esto también es el otoño.

En fin, el otoño es, por supuesto, como queda apuntado, mi estación querida y la patria preferida de los poetas. Como muestra, para remate, este precioso soneto de Juan Ramón Jiménez, que lleva por nombre “Otoño”, lo mismo que mi entrada.

“Esparce octubre, el blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento.

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se estremece,
echado en el verdor de una colina.

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina”.

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