LA VENTA DEL PUEBLO

por elcantodelcuco

Cuentan que un pícaro castellano pretendió vender a algunos turistas despistados que caían por el lugar la catedral de Burgos. Llevaba encima unos papelotes antiguos que presentaba a los incautos como las legítimas escrituras, que acreditaban su propiedad, heredada de sus ancestros, sin género de duda. El precio era naturalmente razonable, asombrosamente ridículo. El foráneo abría la boca como el papamoscas y pasaba del asombro a interesarse por la idea. En España podía ocurrir cualquier cosa -según le habían dicho-, por eso España era diferente. El pícaro le acuciaba con la lista de otros posible compradores interesados. El incauto turista, con la cámara de fotos al hombro, contemplaba desde abajo el bosque de piedra de las fantásticas torres ascendiendo al cielo y se llenaba por dentro de entusiasmo: ¡Todo eso será mio!, pensaba. El pícaro burgalés le pedía entonces un adelanto antes de cerrar el trato y formalizar la transacción como Dios manda. Y después, como todo el mundo adivina, tomaba las de villadiego y si te he visto no me acuerdo. De ser cierta la historia, y bien pudiera serlo porque el ingenio de la picaresca española no tiene límites, como comprobamos todos los días lo mismo en las lujosas mansiones de gentes de ringorrango que en los arrabales del hampa, esto no sería más que una ilustración humorística de nuestra idiosincrasia. Y es que si algo nos sobra a los españoles es ingenio para engañar al prójimo y “a María Santísima”, como dicen en el pueblo, empezando por la Hacienda pública, en beneficio propio.

Pues bien, acabo de leer en la primera página de “El País” la fiebre que está despertando en el extranjero la compra de pueblos enteros en España. Últimamente se observa, por lo visto, una avalancha de compradores. Hay en oferta un centenar de aldeas vacías, muchas de ellas en lugares pintorescos, de entre los cerca de 3.000 pueblos abandonados que se registran en España. O sea que la mayoría no está en venta, menos mal. Televisiones de medio mundo -de Europa, América, Australia y los países árabes- ofrecen reportajes sobre nuestros pueblos fantasma, poblados de ruinas. Es un fenómeno curioso, que sólo ocurre aquí y llama la atención. De ahí que lluevan a cientos las peticiones diarias de información desde el extranjero. Se multiplican los reclamos y muchos buscan gangas. Por ejemplo, el “Daily Mail” informaba en mayo, en titulares, que es posible comprar un pueblo español por la mitad de precio que una plaza de garaje en Londres. Elvira Fafián, gerente de aldeasabandonadas.com, confiesa: “No damos abasto, esto ha sido un boom”. A mí, qué quieren que les diga, me da tristeza la venta de un pueblo. Tristeza e indignación. Por eso no he podido contenerme hoy y he vuelto a traer el tema a colación. En los pueblos comprados y reconstruidos, como dice Faustino Calderón, autor del blog “Pueblos deshabitados”, “se rompe la memoria, se pierde la identidad”. Basta recordar el caso de Villaescusa de Palositos en la Alcarria, ahora cercado para el disfrute de unos pocos, donde los antiguos habitantes luchan para que los nuevos propietarios les permitan acceder al cementerio a llevar flores a sus difuntos el dia de Todos los Santos. A mí me parece que vender un pueblo, acabar con la memoria de muchas generaciones, que encierran sus piedras, sus calles, sus caminos y su entorno, es tan grave y disparatado como vender la catedral de Burgos. Me viene este ejemplo a la cabeza porque un alto responsable de la UNESCO me dijo un día, cuando aún había remedio, que la ruina y desaparición de los pueblos de la comarca de las Tierras Altas, que él se había pateado y fografiado con detalle -puentes, iglesias, castillos, casonas, arcos, balcones…- , era más grave para la cultura universal y más irreparable que el derrumbamiento de la maravillosa catedral burgalesa. Nunca lo he olvidado.

El escritor Julio Llamazares, buen amigo mío, al que un día deslumbró Sarnago, recién deshabitado, y que ha demostrado siempre una gran sensibilidad literaria y humana hacia este fenómeno de los pueblos abandonados, como dejó constancia en su “Lluvia amarilla”, comenta en el mismo número del periódico madrileño: “Durante muchos años el fenómeno sólo les interesó a los vecinos de esos lugares y a cuatro o cinco románticos para los que el espectáculo de las aldeas abandonadas constituían toda una metáfora de este país. Porque, mientras sus ciudades y algunas zonas privilegiadas avanzaban en la historia viento en popa convertidas en los espejos de su presunta modernidad y riqueza, miles de pueblos y aldeas quedaban en el olvido, discriminados por su pobreza o su lejanía. Mejor todos reunidos en ciudades que diseminados por la geografía española, que es más caro para el erario público. Mientras tanto, en Europa el modelo que se seguía era el contrario, es decir, el de promover con la economía el equilibrio geográfico del país de manera que ninguna región quedara desfavorecida ni ningún pueblo tuviera que desaparecer. Por eso es difícil hallar en esos países lugares deshabitados del todo, por lo menos en la medida española, y por eso ocurre que a sus habitantes les resulte exótico ver un pueblo abandonado por completo, algo que para nosotros es tan común”.

Esta funesta política en relación con el mundo rural, que viene de lejos, nos ha conducido a esta situación pintoresca en que España empieza a ser fuera famosa por sus ruinas. Entre unas cosas y otras, el letrero de “España en venta” es algo más que un reclamo turístico y una metáfora afortunada no sólo por la compra de los pueblos. Clama al cielo el desequilibrio regional y el abandono del campo. El reequilibrio social y demográfico de España es la primera reforma necesaria, la gran empresa que tiene pendiente el Estado, mucho más acuciante que la necesaria reforma constitucional. Es preciso aprender en esto de nuestros vecinos europeos. La muerte de los pueblos es un crimen de Estado. Vender un pueblo es como vender el alma al diablo. Hay que empezar a ponerse serios. Cualquier día venden, si nos descuidamos, la catedral de Burgos.

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