POR SAN MIGUEL

por elcantodelcuco

Los membrillos del jardín están ya dorados, señal de que hemos entrado de lleno en el veranillo de San Miguel. Con las últimas lluvias, en los montes de Soria aparecerán los ricos “migueletes” y, pronto, asomarán los rojizos níscalos en el pinar bajo la hojarasca húmeda. La alfombra verde del gayubar presentará su alarde de frutos rojos, y con el buen tempero se iniciará la siembra en la barbechera. Por San Miguel empieza propiamente la otoñada y se inicia el año agrícola. Más que con la primavera, el cambio de ciclo en el campo ocurre con la llegada del otoño. Todo empieza de nuevo mientras cae la hoja. Es el eterno retorno de las estaciones. Cuando había niños en el pueblo, abría también la escuela con el nuevo maestro y, tras el silencio del verano, resonaba otra vez la algarabía del recreo en la plaza. Y cuando aún había animales en los bajos de la casa, poblando ruidosamente cuadras, pocilgas y majadas, todos los caminos conducían por estas fechas a la feria del ganado. ¡La feria de San Miguel! En medio de este trasiego y renacimiento de la vida rural, era el tiempo de renovar los aperos de labranza, de herrar las caballerías y de pasar las rejas por la fragua. Incluso, en estos tiempos nuevos, la rueda de la fortuna o de la desgracia vuelve a ponerse ahora en marcha. En la ciudad es la hora de multiplicar a la desesperada el envío de curriculums (que me perdone el maestro Tejerina, pero no me gusta lo de “curricula” o “referenda”, etcétera) en busca de un trabajo, aunque sea efímero. Estoy pensando que, seguramente por ese instinto campesino, que uno lleva en la sangre, “El canto del cuco”, pudiendo hacerlo en primavera, que parecería más propio, apareció precisamente en otoño, ahora va para tres años. A las cinco y media del martes día 30, cuando escribo, lleva, válgame Dios, 64.802 visitas, lo que me obliga moralmente a volver a empezar, un otoño más.

Por San Miguel se ajustaban los pastores y se contrataban las niñas-criada. No siempre habían cumplido, los unos y las otras, los catorce años, la edad establecida para dejar la escuela. Pero la necesidad apretaba. Un pequeño jornal y una boca menos en casa eran argumentos poderosos. La madre se encargaba de prepararles el menguado hatillo de ropa. Al pastor, al rabadán y al zagal, le correspondía cena caliente en casa del amo del rebaño y la merienda en el zurrón por la mañana: un mendrugo de pan y una tajada de queso o de tocino, rara vez un tallo de chorizo o un tasajo de jamón o de cecina. No podía faltar la colodra para beber agua en las fuentes del campo. El ajuste solía incluir también la manta de cuadros y un cordero para la fiesta. El garrote se lo fabricaba él mismo con una guía verde y derecha del monte, debidamente domada, manejando con pericia la hachuela y la imprescindible navaja. A las niñas de las aldeas, a veces menores de diez años, las contrataban de niñeras o de multiuso las familias pudientes de los pueblos de alrededor y hasta allí eran trasladadas, andando o a caballo, por el padre de la criatura. Ocurría por San Miguel. La madre se quedaba en casa llorando a solas, asomada a la ventana, viéndolos partir. ¡Ay la amarga posguerra del odio y el hambre, del estraperlo, el racionamiento, los delegados y el pan negro!

Por San Miguel, en fin, se multiplican las fiestas en los pueblos de España y del mundo. Y son innumerables las iglesias dedicadas al primero de los siete arcángeles, que manda las milicias celestes, al que veneran, como un caso singular, las tres religiones monoteístas: judíos, moros y cristianos. El arcángel Miguel, que aparece en el retablo de los templos con la espada refulgente en la mano, capitanea la batalla contra Lucifer y los ángeles rebeldes y los vence al grito de “¿Quién como Dios?”, que eso significa exactamente su nombre. Es el protector de Israel y patrono de la Sinagoga lo mismo que es el patrono y protector de la Iglesia universal. Es, en resumidas cuentas, en estos tiempos de supersticiones, amuletos y ridículas protecciones budistas en las casas, el verdadero encargado de defender a la humanidad, del demonio y del mal. De ahí la multitud de parroquias dedicadas a su nombre y la popularidad de su fiesta. Además, según la Biblia, el arcángel San Miguel será el encargado de tocar la trompeta el día de la resurrección de los muertos y el juicio universal. Se supone que el sonido de su trompeta será lo último que sonará en la Tierra el día o la noche del fin del mundo. Aquí en Las Rozas, donde vivo, San Miguel es la fiesta, y hasta aquí llegaba anoche, casi de madrugada, el ruido de la verbena y el estruendo de los fuegos artificiales. Pero, que yo sepa, aún no ha sonado la trompeta, menos mal.

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