¡QUE HAYA SALUD!

por elcantodelcuco

Escribo hoy bajo la conmoción producida por la noticia de la amenaza cercana del ébola, una especie de peste negra de la era tecnológica, una vuelta a la Edad Media en el mundo de la globalización y de las comunicaciones. El caso de la enfermera contaminada aquí, en Madrid, después de atender al misionero muerto, genera inquietud e indignación. Algo ha fallado en un asunto tan grave. En realidad, parece que ha fallado toda la cadena y todos los pomposamente llamados protocolos de seguridad. No hay más remedio que exigir responsabilidades. También políticas. Se ve que no se habían tomado todas las medidas necesarias para evitar el contagio. Y se comprueba que tampoco después se ha actuado con la diligencia médica adecuada cuando esta mujer, que debía estar en cuarentena y que se fue alegremente de vacaciones, con el siniestro virus dentro, se sintió mal el martes 30 de septiembre con los síntomas iniciales de la terrible enfermedad y no la dejaron ingresada en el hospital hasta cinco días después. Es el primer caso de contagio en Europa, lo que coloca a España en entredicho o bajo sospecha, esperemos que momentáneamente. Desde luego, esto no nos orgullece. Hasta el turismo, nuestra principal industria, puede resentirse si no se pone remedio pronto y sigue creciendo la actual psicosis enfermiza como el fuego en el ulagar. Incluso se observa ya, como efecto colateral, un aumento de la prevención hacia los emigrantes africanos, que en algunos casos -basta asomarse a los foros de los internautas- roza la xenofobia. ¡Hay que ver cómo embrutece el miedo al ser humano!

La noticia cierta del ébola llamando al picaporte de nuestra puerta nos baja, por lo pronto, los humos y demuestra nuestra vulnerabilidad. Confiábamos ciegamente en la ciencia y en el progreso, nos sentíamos dioses, absolutamente autosuficientes, que es la mayor muestra de imbecilidad, y resulta que un diminuto virus invisible, que viene de África, que procede de los murciélagos, esos que han alegrado el aire de los atardeceres de nuestra infancia, acaba en un instante con todas nuestras seguridades. Basta, según dicen, el roce de una mano o el sudor de otra mano en la barra del metro o del autobús para que nuestra vida penda de un hilo. Con esto no quiero ser alarmista, simplemente hago recuento de la fragilidad humana para que dejemos de ensoberbecernos y apreciemos con humildad el don precioso de la vida. No puedo menos que recordar aquí una curiosa historia de la infancia, casi olvidada. El caso del ébola me ha llevado a aquellas tardes en el pórtico de la iglesia de Sarnago -ahora, ay, derrumbada- donde jugábamos con los murciélagos. Había muchos. Se ve que estaban en su hábitat. Criaban en las rendijas. A nosotros no se nos ocurría nada mejor que meter la mano en las reclices, atraparlos y hacerles mil fechorías. La más cruel y divertida consistía en ponerle al indefenso animal un cigarro de hollejos en la boca, encendérselo y obligarle a fumar. Nunca imaginé que este curioso y beneficioso animalillo de las cinco vocales, de alas membranosas como el diablo, que se orienta por un misterioso radar y que se ocupa de dejar el aire limpio de mosquitos, podía llevar dentro un virus mortal.

Entre las gentes del campo, la salud adquiría, según mi memoria, categoría de valor supremo, y el médico, que llegaba a caballo del pueblo central de la comarca, era la persona más respetada, como si fuera el hechicero de la tribu. “Con la salud no se juega” o “la salud sólo se aprecia cuando se pierde”, los recuerdo como los comentarios habituales entre las buenas gentes, y la expresión que estaba siempre en la boca de unos y de otros era: “¡Que haya salud!”. Valía para cualquier circunstancia, lo mismo para un roto que para un descosido. Fuera el destinatario de este buen deseo un familiar: el cuñado al que se le había torcido el modesto negocio, el hijo que hacía la mili en África o la desconsolada hija mayor a la que había dejado plantada el novio de la noche a la mañana; o fuera el vecino de enfrente, al que se le morían las ovejas de basquilla, se había tronzado una pata el burro o se le había apedreado la cosecha, todas las desgracias podían superarse si había salud. Y lo mismo si el interlocutor había tenido suerte. ¡Qué sé yo!, un pequeño golpe de fortuna, la compra de un potrillo, unas botas nuevas, un buen día de caza o el nacimiento de un nieto. Entonces se añadía: “¡Salud para disfrutarlo!”. A la madre y al padre del recién nacido había que felicitarles con la fórmula habitual: “Salud para criarlo”. Siempre era así. Existía el convencimiento de que con buena salud podían vencerse todas las dificultades de la vida, pero que si fallaba la salud, todo se derrumbaba. Las cartas solían empezar invariablemente: “Me alegraré que al recibo de ésta te encuentres bien, nosotros bien, gracias a Dios”. La salud, entre los campesinos, tal como lo recuerdo ahora, tenía más valor, dónde va a parar, que el amor o el dinero. Y no sólo entre los campesinos. Saludar viene, como es obvio, de salud. El saludo significa originariamente, si no estoy equivocado, desear al otro buena salud. “¡Salud!”, saludaban los del Frente Popular y, para evitar decir “adiós”, se despedían, con el puño cerrado, diciendo “¡Salud!”. Los romanos, con el brazo extendido, decían “Salve” o “Ave”, que para el caso es lo mismo. El escritor judeo-español del siglo XIII, Jafudà Bonsenyor, dice que es “consuelo de hombre pobre” creer que “vale más salud que dinero”. Pues no anda desencaminado el hombre pobre. Pero, con ébola o sin ébola, también se mueren los ricos.

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