EL SOPLAHOJAS Y EL SILENCIO

por elcantodelcuco

Esta mañana, Miguel, el jardinero de la urbanización, equipado con su uniforme verde-amarillo de trabajo, unas orejeras, un sombrero de paja, aunque el día ha amanecido gris, y un artilugio mecánico a la espalda, me ha sobresaltado. Llevaba en su mano derecha un tubo con el que iba soplando las hojas caídas. El soplahojas, ese maldito invento, símbolo del progreso, producía un ruido del demonio, un ruido monótono, molesto, espantoso, un ruido interminable, que erizaba los nervios y revolvía el estómago mientras preparabas la tostada del desayuno. Miguel, que no tiene la culpa de nada, que hace lo que le mandan y que seguramente se siente feliz con el juguete, que le ha librado del pesado trabajo del rastrillo, ese amable utensilio antiguo, veía cómo revoloteaban las hojas secas de los arces enfermos y de los prunos, cómo se revolvían en bandada movidas por las leves ráfagas de viento, como si se resistieran a abandonar la calle y el césped de la orilla. Parecía una protesta vegetal. No me extraña. Una protesta tan inútil como las ruidosas protestas humanas. El lugar natural de las hojas secas es el suelo. Pocos placeres otoñales tan agradables como pasear pisando la alfombra de las hojas caídas. ¿Por qué este empeño en ahuyentarlas, amontonarlas y apresarlas en un saco antes de depositarlas en el contenedor de la basura? ¡Qué culpa tienen las hojas! Hacen bien en resistirse. Y mañana seguirán cayendo. ¡Vaya otoño que nos espera! Si por mí fuera, declararía al soplahojas objeto “non grato”. Pero sólo tengo autoridad para maldecirlo desde aquí.

No han pasado muchos minutos desde que el bueno de Miguel ha concluido su ruidosa tarea de soplar hojas cuando un coche utilitario se ha detenido enfrente de casa, pegado a la caseta de la electricidad. Dentro se veía a un muchacho con larga melena y aspecto desaliñado, o quizá moderno, vaya usted a saber. Me he fijado porque del vehículo “tuneado” con las ventanillas abiertas, a pesar de que la mañana era fresquita, salía a todo volumen una música “haevy metal”, con un zum-zum-zum, que golpeaba el cerebro y las entrañas. El sobresalto en este caso ha durado poco, hasta que ha llegado el colega que esperaba y se han ido los dos con la música a otra parte. ¿Música? Para Milan Kundera, uno de los mayores desatinos del siglo XX es haber convertido la música en ruido. “La transformación de la música en ruido -dice Kundera en “La insoportable levedad del ser”- es un proceso planetario, mediante el cual la humanidad entra en la fase histórica de la fealdad total”. Puede que no le falte razón. En fin, cuando parecía que volvía el silencio a la urbanización, ha resonado la voz grave y aguardentosa del chatarrero, un visitante habitual. A través de su estruendoso altavoz recorre pausadamente las calles pregonando sus servicios: “Ha llegado el chatarrero a la puerta de su casa. ¡Señora! Se recogen todo tipo de objetos: lavadoras, televisores, camas viejas, bicicletas…El chatarreroooo”. Los fines de semana, a partir de las diez de la mañana, suelen coincidir, en dura competencia, más de uno de ellos, todos con su camioneta y su potente altavoz, y no es extraño que aparezca también, con los mismos instrumentos de convicción y haciendo el mismo recorrido, “el tapiceroooo”. Todos ellos se dirigen exclusivamente a las mujeres, a las amas de casa. Ni que decir tiene que vivo en una urbanización verde, alejada del ruido de la ciudad, y que podría considerarme un privilegiado. Pues ya ven.

Uno de los inconvenientes de la ciudad en relación con la vida en el campo, aunque se viva en la periferia, como yo, es el ruido. Ahí está la diferencia. A esa conclusión he llegado. La primera señal de que la cultura urbana, por llamarla de alguna manera, aunque bien podría denominarse la “incultura”, ha invadido los pueblos es que ha llevado hasta allí el ruido de la ciudad. Este destruye el silencio, uno de los índices indiscutibles para valorar la calidad de vida, y sofoca los sonidos tradicionales: el canto de los pájaros, el toque de las campanas, el balido y los cencerros de las ovejas, el cuerno del cabrero, la corneta del aguacil, el bullicio de los niños en el recreo, la música de siempre… Me acuerdo de aquellos bailes en la plaza de Sarnago. Ponía la música El Nino, con una guitarra que tenía, más de una vez, una cuerda rota, y que bastaba para bailar y estar todos alegres. Y, a este propósito, me vienen a la cabeza aquellos versos de Gerardo Diego, un poeta tan “soriano” como Machado y que no es valorado como se merece, y que vienen aquí como anillo al dedo:

“Habrá un silencio verde
todo hecho de guitarras destrenzadas”.

Pocos silencios verdes, o acaso grises o de cobre y rosa, como echarse al monte en una plácida tarde otoñal como ésta y pasear despacio escuchando esos silencios y pisando las hojas secas en la vereda, antes de que llegue hasta allí el malhadado soplahojas, que todo se andará.

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