HE VUELTO A VER LOS ÁLAMOS DEL DUERO

por elcantodelcuco

He tenido ocasión, siempre grata, de volver a Soria y de contemplar al fondo, mirando al norte, las sierras azules de la Cebollera y Oncala. La visita es ya un rito en estas fechas. Hemos celebrado en familia, como cada octubre, el cumpleaños de mi hermano en “El Goyo” de Garray, un restaurante popular junto al Duero con el solitario cerro de Numancia enfrente y a unos pasos del largo puente, ahora ampliado y modernizado, que tanto me impresionó de pequeño. Es el punto en que el Tera rinde sus aguas y confluye con el mesetario río de Castilla. Es éste, a mi parecer, uno de los rincones más amenos de Soria. Sobresalen, cerca del agua, los álamos dorados. Y aquí arranca el ancho campillo de Buitrago, sólo afeado por el estropicio inacabado de la Ciudad del Medio Ambiente y algunas urbanizaciones modernas de quiero y no puedo. Estos chalés urbanos plantados sin ton ni son, que desdicen de las construcciones tradicionales, son una demostración ostentosa de la contaminación urbana y de los pasados y turbios días de la abundancia. No se me quitará de la cabeza que la principal referencia, el centro espiritual y turístico, de este paisaje singular, tan cargado de historia y de belleza, debería ser Numancia, debidamente removida y promovida a lo grande, sin adherencias vulgares o innecesarias.

La mañana era limpia y soleada. Invitaba, antes de sentarnos a la mesa, a tomar el camino de Espejo de Tera y meternos en el pinar con la cesta en la mano en busca de los rojizos y apetitosos níscalos, sin descartar algún boletus suelto que viniera a mano. (Mi hermano encontró uno de estos “migueletes” que pesó tres cuartos de kilo). La orilla del monte parecía, de trecho en trecho, un aparcamiento de coches. No faltaban las furgonetas de los rumanos. El suelo húmedo por las pasadas lluvias propició, como digo, una espléndida cosecha en poco rato. No había que ser avariciosos. Llenar la cesta era suficiente. Además el aire del monte abría el apetito. Nos esperaba el alegre picadillo, los platos hondos de borraja con patatas y las imprescindibles chuletas de cordero, entre otros añadidos nada despreciables. Como de costumbre, el vino elegido fue “Silentium”, un excelente crianza de la tierra, con un nombre más que apropiado. Procede de Castillejo del Robledo, donde aún resuena los días de tormenta la voz desesperada del templario que mató a su superior y murió sin confesión fulminado por un rayo. Todavía puede encontrar el viajero en esta Soria callada algunos rincones de auténtico silencio, aparte del creciente y clamoroso silencio de los cementerios, que se siente sobre todo en los pueblos abandonados o semidespoblados, que son la mayoría. Es uno de los temas obligados de la sobremesa: “¿sabes quién se ha muerto?”, “¿te has enterado de que se ha muerto fulano?”. Y así. En estos páramos sorianos se impone, en los ecos de sociedad, la sección necrológica. ¿Qué se puede esperar de una sociedad rural cada vez más envejecida y menguante?, pienso para mis adentros.

En el café de la sobremesa era casi obligado repasar la suerte de algunos personajes singulares. “¿Qué se sabe de la Romana de Valdenegrillos?” “Estaba enferma y la han llevado al hospital”. ¡Vaya por Dios! Ella se había empeñado en vivir sola en el pueblo después de la muerte del Zacarías, su marido. Ha resistido hasta que ha podido o la han dejado. Era la última vecina, al pié de la Alcarama, en varias leguas a la redonda. Representaba un hilo de vida, una estampa de otro tiempo que no volverá. Su figura breve y enlutada es un señalado caso de interés humano. “¿Y Juliana, la monja belga?”. “Viajó a Gante, su tierra, requerida por la superiora de su convento cisterciense, pero ha vuelto y sigue en su cabaña”. La mujer, que ha superado ampliamente los ochenta años, con un ojo averiado y pocas fuerzas para seguir moviéndose por las carreteras en su vieja bicicleta, pasará el invierno sola, aislada en esa casucha, en la esquina de un prado, al pie de la Cebollera, rezando, leyendo, oyendo música clásica y cultivando su pequeño huerto. Se levanta a las cinco de la mañana para rezar maitines y, hasta en lo más crudo del invierno soriano, duerme siempre con la ventana abierta. Sor Juliana es tan tozuda como la Romana de Valdenegrillos y no hay quien la convenza para que vuelva con la comunidad al calor del convento y de los cuidados de las hermanas. Las dos han apostado por la soledad y por la libertad. El día que desaparezcan para siempre estas dos mujeres, hasta los álamos del Duero parecerán más tristes. A algunos, que las hemos conocido, nos pasará lo mismo y diremos como Heine: “No sé por qué estoy tan triste, / no puedo quitarme de la cabeza un cuento de los viejos tiempos”.

Después, con la tarde vencida, nos hemos acercado a Valdeavellano, donde, de un tiempo a esta parte, las campanas tocan solas, hemos dado un buen repaso al huerto del cura, despensa de productos naturales, y, sin más novedades, hemos emprendido el camino de vuelta a la capital.

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