NOVIEMBRE

por elcantodelcuco

Como tengo dicho, Noviembre es mi mes. En Noviembre nací a la luz de un candil, en Sarnago, en el cuarto de afuera, el del reloj, de la casa que da a la plaza. Esos son mis orígenes. Aquel día nevaba y los españoles estaban en guerra. Es natural que sienta apego hacia este lugar y hacia este mes, bisagra entre el otoño y el invierno, que arranca con “los Santos, nieve en los altos” y se cierra con San Andrés, “nieve en los pies”, al que precede el día 25 Santa Catalina, con “nieve en la cocina”. Siempre la nieve, como santo y seña de los que venimos de las Tierras Altas, lugar de largos inviernos y soledades, con las chimeneas humeantes, la lumbre encendida, las ovejas empezando a parir en la majada, situada en los bajos de la casa, y las primeras úrguras amenazando a los que sorprendan desprevenidos en el monte o en el raso en una noche oscura. Y en medio, San Martín, el de la capa, que es cuando se siembran los ajos, y el cerdo es arrastrado hasta el banco de la matanza. Aunque la alegría de San Martín son las castañas, las nueces y el vino, según dicen. No creo en los horóscopos, pero por nacimiento me ha tocado ser escorpión, un animal peligroso al que no le tengo aprecio alguno. Siempre me acuerdo de la fábula de la rana y el escorpión. Este, como se sabe, después de muchos ruegos y zalamerías convenció a la pobre rana de que le pasara el río encima, y, cuando estaban en medio del río, el escorpión no pudo contenerse y clavó instintivamente su aguijón venenoso en la rana. Murió la rana y perecieron los dos bajo las aguas. El cuento me trae a la memoria lo que pasó en España cuando nací y lo que está pasando ahora mismo en Cataluña, sin olvidar otras amenazas bien visibles. Se ve que no escarmentamos y seguimos jugando con escorpiones.

Pero hoy he venido a hablar de mi Noviembre y del paso del tiempo. Las yuntas están ya paradas y ociosas, retozando en la dula. A mediados de Noviembre, si no has sembrado no siembres. El campo se oscurece. No sobra el tapabocas ni de día ni de noche y mucho menos de madrugada. Ya se fueron los pastores a la Extremadura y la sierra se ha quedado triste y oscura. Los pueblos se recluyen sobre sí mismos. Se agarran las nubes a la Alcarama. Los trujaleros preparan el hato para bajar al trujal, y las mujeres, el cesto y el carburo del trasnocho. El tiempo se para o lo parece. Cuando uno mira para atrás y observa que el camino se acorta vertiginosamente, no puede evitarlo y contrasta dentro de sí la estampa de entonces, que ya no volverá, con la de hoy. Siente que entonces, cuando uno era niño en el pueblo y llegaba Noviembre, el paso del tiempo era lento, hasta dar la sensación de inmovilidad, y, en cambio ahora, el nuevo cumpleaños te hace ver meridianamente que los años pasan a una velocidad de vértigo, como el tren de alta velocidad por las pequeñas estaciones, sin dar tiempo siquiera a leer los letreros. (Perdonen, pero dicen en casa, y puede que no les falte razón, que en estas fechas siempre me pongo filosófico y sentimental). Coincido de lleno con este texto de Mickel Ende: “Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo. Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecer una eternidad y otra, en cambio, pasa en un instante”. ¿Queda claro lo que quería decir?

Han pasado las grullas, he recogido los membrillos y ha vuelto el petirrojo. El jardín está cubierto de hojas secas. Llueve. He encendido la chimenea. Los comercios han inaugurado ya, sin esperar al Adviento, las luces de Navidad. Están a punto de poner su tenderete caliente las castañeras, y las loteras, sus tiras de lotería en la Puerta del Sol. Vienen dos nietas más de camino. Llega mi enésimo cumpleaños y estamos en Noviembre. Y me encuentro con un hermoso poema del vasco Bernardo Atxaga, que dice así: “Así fue como acabó el undécimo mes, Noviembre/ con el canto de las ocas salvajes/ que marchaban hacia el Sur. Y tú miraste hacia aquel cielo, para decir:/ Si tuviera alas, también yo me lanzaría/ en busca de nuevas tierras…” Yo también volaría, lo confieso, pero hacia el Norte, hacia la vieja casa de Sarnago, que da a la plaza, donde nací un día de Noviembre, cuando los españoles estaban en guerra y nevaba.

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