LOS VIEJOS OFICIOS

por elcantodelcuco

La voz grave, aguardentosa e insistente del chatarrero, difundida en la urbanización por el poderoso altavoz de su camioneta -”señora, ha llegado el chatarrero; se recogen todo tipo de objetos y muebles viejos: camas, televisores, cocinas, lavadoras, bicicletas…”- resulta familiar y cargante. Suena siempre pasadas las diez de la mañana, más o menos a la misma hora en que, en los días cortos y frios de Noviembre, sonaba en el pueblo la cuerna del cabrero. Esto me lleva siempre a pensar en los viejos oficios, la mayor parte de ellos olvidados o en trance de desaparecer y que formaron parte esencial de una época lejana y de un mundo desaparecido. Muchos eran trabajos humildes y ambulantes de muy escaso rendimiento y poco reconocimiento social. Algo parecido a lo que ocurre hoy con el trabajo precario y mal pagado. El ser humano se agarra a lo que puede para sobrevivir. Reconozco aquí, en la ciudad, como herederos lejanos de aquellos oficios, el del afilador, que viene de vez en cuando haciendo sonar su chiflo característico por las calles, pero que ha abandonado la humilde bicicleta y viene en coche con altavoz; el del tapicero, que también va de puerta en puerta y que me recuerda al guarnicionero remendando tarrollos y albardas en la cocina de abajo de la casa, y, si acaso, el vendedor ambulante, que aparece sin hacer mucho ruido porque hay un letrero bien visible a la entrada de la urbanización que dice: “Prohibida la venta ambulante”, y los municipales pueden asomar en cualquier momento,

Haré un recuento, hasta donde alcance mi memoria, de aquellos oficios. Olvidaré las ocupaciones habituales, las que tienen que ver con el ganado y el campo: labrador, hortelano, ganadero, pastor, cabrero, dulero, leñador, etcétera, y las de los que formaban, de una u otra forma, el cuerpo del funcionariado estable: maestro, cura, médico, veterinario, boticario, guardia civil y secretario del Ayuntamiento, además de alcalde, juez de paz (que no cobraban un duro por su tarea) y alguacil, encargado de pregonar los bandos por las esquinas. Menciono de pasada otros oficios que formaban parte del paisaje rural estable: tabernero, tendero, herrero, molinero, panadero, albañil, esquilador, carnicero, barbero, peón caminero y verraquero, que era el encargado del verraco que fecundaba las cochinas de la comarca (nunca olvidaré el día que me encargaron bajar hasta San Pedro a llevar la cochina a macho)…, advirtiendo que tanto estos como los anteriores sólo se encontraban al completo en la villa central, que albergaba además el mercado semanal, al que concurrían las gentes de los pueblos y aldeas de alrededor. Esta circunstancia mercantil, que tenía su momento de máxima animación en la esperada y concurrida feria de final de primavera, estimulaba los oficios desarrollados en movimiento, que representaban una parte nada despreciable de la economía local: buhoneros, cochineros, aceiteros, hueveros, capadores, tratantes, cacharreros, fruteros, coleteros… Todos estos y otros más, uniformados algunos con negras blusas, poblaban los caminos todo el año a lomos de las caballerías hiciera sol o cayeran chuzos de punta.

Vienen luego los oficios que llamaré esporádicos: tejeros, campaneros, caleros, carboneros, pareteros, escoberos (magníficas y anchas escobas de morrenglos para barrer la era y el portal), bizmeros (oh, el tio Santiaguillo y la tia Romualda), gaiteros, mayordomos de la fiesta y cazadores furtivos. Pero los que, según recuerdo, animaban más el pueblo con su llegada y disparaban mi infantil imaginación, eran los titiriteros, los comediantes, los amolanchines, los quincalleros, los cesteros y los charlatanes, sobre todo los comediantes, que hacían comedias por la noche en la escuela a dos reales la entrada, y los titiriteros, de piel endrina, que recorrían las calles anunciando la función con un violín y un tambor.

Y llegado a este punto, sabiendo que he olvidado en este recuento otros muchos oficios, tan dignos como los demás, y confiando en que los lectores completarán la lista, he de rendir a todos ellos el homenaje que se merecen. Recurro para ello a la “Carta a Andrés Basterra” del vasco Gabriel Celaya, que nació el mismo año que mi madre y que, además de poeta, era ingeniero y tenía una carpintería. Andrés era un empleado suyo.

“…Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
Tales son las humildes tareas que precisan
la empresa prometeica.
Tales son los trabajos comunes y distintos;
tales son los orgullos, las rabias insistentes,
los silencios mortales, los pecados secretos,
los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias…”

Y acaba así: “Tu mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía”.

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