LA ARQUETA DE LOS RECUERDOS

por elcantodelcuco

Hacía mucho tiempo que no abría la arqueta de los recuerdos, que ocupa un lugar privilegiado en mi despacho a la derecha de la mesa donde escribo. Es una especie de relicario de la infancia, situado entre las fotos encuadradas de mis padres y de los abuelos, rodeadas de libros antiguos traídos de la casa de Sarnago y sobre la que reposa el caballito de cartón, regalo de mis hijos y de hondas evocaciones, como saben los que han leído mis libros. Estos primeros días de diciembre tienen para mí una fuerte impregnación familiar porque me traen a la memoria la alegre y bulliciosa celebración del cumpleaños del abuelo Natalio y la abuela Bibiana, que hacíamos coincidir en la misma fecha aunque se llevaran unos días de diferencia y que servía para reunir a la amplia familia. Esa asociación de ideas y la contemplación detenida de su fotografía en la herrañe de los olmos -el abuelo de pie con boina y la gruesa cadena del reloj sobre el chaleco, y la abuela sentada, acurrucada a sus pies, con saya, toquilla y pañuelo oscuro en la cabeza- explica seguramente lo que me ha impulsado a abrir de nuevo la arqueta y sumergirme de lleno en el pasado. El marco de aquellos días claros de la infancia pueden imaginarselo: para entonces la cocina y la despensa estaban bien abastecidas con la matanza reciente, en la majada, envueltas en el cálido vaho animal, empezaban a parir las ovejas y las cabras -¡oh, aquellos calostros!-, se acercaba la Navidad que era mi fiesta favorita y caían las primeras nevadas que convertían al pueblo en un belén y que nos obligaban a agruparnos  todos alrededor de la lumbre junto a la chimenea. Sobre la mesa redonda con tapete azul de hule, junto a la vieja alacena, reposaba el porrón y no podía faltar la baraja, bien sobada.

La arqueta de pino, de unos treinta centímetros de largo por quince de alto y otros tanto de altura, está aquerada y lleva en el costado un remiendo que parece de chopo sobre el que alguien, con letra cuidada del siglo XVIII, ha escrito la palabra “BARCOS” repetida, ensayada con la “B” solitaria y con “BAR” en distintas posiciones. ¿Viajaría esta arquita desde América en barco? Eran tiempos en que buscar fortuna en América estaba a la orden del día. El destino principal era Buenos Aires. Confieso que a la hora de abrirla he sentido parecida emoción a cuando la descubrí no hace muchos años en un rincón del somero de la casa de Sarnago. He vuelto a encontrarme con el cuaderno azul que contiene el diario que me mandó escribir el abuelo en el otoño de 1948 y otros dos cuadernos con dictados y problemas de la escuela. He comprobado que don Florencio, el maestro calvo y devoto, que tenía una sobrina rolliza con trenzas, nos dictaba el evangelio del domingo, y don Juan, fragmentos del Quijote. Ha pasado casi toda una vida y al leer ahora esos cuadernos, escritos a lápiz o a plumilla, me reconozco en ellos, hasta reconozco la letra, lo que demuestra que, aunque cambien con el tiempo todas las células del cuerpo, hay algo en nosotros misterioso, conocido como el yo o la conciencia, que otros llaman alma, que no cambia y nos convierte en nosotros mismos, en lo que somos, unos seres únicos e irrepetibles, más o menos infelices, en constante devenir.

He vuelto a encontrarme con la foto original de todos los niños en la plaza con don Juan, el maestro; el sobre de una carta de don Juan Pérez, el cura de Huércanos, a mi madre, “Por Oncala”, con un sello de Franco de 50 céntimos, y que seguramente decidió mi vida; “Cordialidades”, una antología lírica infantil de Antonio Fernández, libro dedicado de su puño y letra como premio por el maestro -¡mi primer premio!-, la necrológica de mi padre, en la que aparece por primera vez mi nombre, con dos años, en letra de imprenta; “Los niños”, de Saturnino Calleja, el de los cuentos; el “Catecismo histórico” de Fleury, primorosamente ilustrado; una escritura de 1699 a favor de Pedro Ridruejo, un antepasado sin duda, con un sello de sesenta y ocho maravedíes; las “Nociones de Gramática histórica española” (cuarta edición) de Samuel Gili Gaya, “Breve historia de la Lengua Española (1942) del jesuita Luis Albarrán; la Enciclopedia Álvarez, varias fotos, algunos escritos sueltos e íntimos, el estuche de papel de una hoja de afeitar “Palmera plata” y el primer “Libro de Familia” a nombre de mi padre, después de la boda, en los comienzos de la guerra civil, emitido por la Dirección General de los Registros y del Notariado del Ministerio de Justicia y que costó 20 pesetas. Parecerá una exageración si digo que el valor de estos objetos para mí es mayor que si hubiera encontrado en la arqueta los doblones de oro del tesoro familiar con el que soñamos varias generaciones y que nunca apareció.

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