LOS MIRLOS

por elcantodelcuco

Llevo un tiempo desazonado porque han desaparecido los mirlos. Recorro la urbanización cada día, paseo por los jardines, observo detenidamente los caminos y los setos, y vuelvo a casa preocupado. No aparece ninguno de estos amables pájaros negros, con el pico amarillo-naranja, de canto melodioso, que formaban parte del paisaje habitual en el que vivo. Es como si se los hubiera tragado la tierra este otoño hasta ahora placentero, lo que impide echar la culpa al mal tiempo. He dado muchas vueltas buscando la razón de esta huelga de mirlos. He descartado enseguida que hubieran tenido que emigrar, ellos tan sedentarios, a lugares más cálidos en busca de alimentos. Hay comida de sobra. Otros años a estas alturas y más adelante, en lo más duro del invierno, eran los primeros visitantes de mi jardín por la mañana. Yo les dejaba pan y ellos lo compartían, a veces agresivamente, con gorriones, estorninos, torcaces y hasta con urracas. De año en año, la población de mirlos aumentaba en la urbanización, que tiene como principal virtud estar bien equipada de amplios espacios verdes, lo que la convierte en paraíso de los mirlos. Y desde que despuntaba la primavera alegraban la vida con un concierto permanente desde el alba hasta la noche. Su canto aflautado, repetitivo, rico en variaciones melódicas, es uno de los más gratos del universo pajaril. Mil veces me he acordado, al despertar, de los versos de Fray Luis de León: “Despiértenme las aves /con su cantar suave, no aprendido…” Había docenas, centenares. Estaban por todas partes. No hay un metro cuadrado del seto de hiedra de mi jardín en el que no hayan hecho nido, lo mismo que en el laurel del fondo. Pues han desaparecido todos por arte de magia.

Me he enterado de que son monógamos, leales a la pareja hasta la muerte, cosa poco acorde con los tiempos que corren. Pero tampoco eso parece razón suficiente para desaparecer sin dejar rastro. Además la hembra y el macho comparten el trabajo. El mirlo aporta el material y la mirla, menos vistosa, de pechuga más clara, que carece del color amarillo-naranja en el pico y del adorno del anillo ocular de su pareja, construye el nido primorosamente con raíces, pequeñas ramas, hierbas y musgo, y reborde de barro, y pone en esa perfecta y sólida copa cuatro huevos de color azul verdoso ligeramente moteados. Si al cuco se le ocurre poner su huevo en el nido del mirlo, la mirla lo detecta y lo arroja fuera. Los mirlos no tienen muchos amigos. Son aves solitarias. Parece que su nombre procede del latín “merula” (“quasi mera”: casi solo). Nunca van en bando. Defienden su territorio con cierta fiereza. Comen de todo: bayas, frutos rojos, lombrices, insectos, cerezas, semillas, pan, orugas… Las anomalías en el plumaje dan lugar a la leyenda del mirlo blanco, que haberlos, haylos. Estos pájaros viven cuatro o cinco años, y se han dado casos de más de veinte, una longevidad poco común. Pertenecen, en la escala de Lineo, al “turdus merula” como el zorzal, con el que a veces se confunden. En Sarnago se llamaban simplemente tordas; los tordos eran los estorninos. Allí, en el monte, en la dehesa y en las huertas, entre los sabinos, las mimbreras y los espinos, eran unos pájaros huidizos y desconfiados, apetecibles para el cazador por su carne muy apreciada. Más de una torda cacé yo -¡Dios mío!- en los cepos con el cebo de hormigas aludas, a las que se precipitaban como a una tentación irresistible.

Rastreando en Wikipedia, he visto que en Grecia lo consideraban un animal sagrado, pero destructivo, que tenía que morir si había comido la fruta prohibida del granado. He conocido que en Suecia es el ave nacional y que muchos países han emitido sellos con la efigie del mirlo en la portada. Refiriéndose a él, hay una popular canción infantil alemana que reza “Un ave quería casarse”. Y en el País Vasco el cantautor Mikel Laboa ha popularizado la canción “Xoxo beltza” (mirlo negro), que trata de la muerte de un mirlo en la jaula. En fin, Paul McCartney, de los “Beatles”, escribió la hermosa balada “Blackbird”, que dice:

“Mirlo que cantas en plena noche
toma estas alas rotas y aprende a volar.
Durante toda tu vida
sólo esperabas este momento para alzar el vuelo”.

No he podido contenerme y he preguntado a los vecinos: “¿Habéis visto algún mirlo?”. Nadie se había percatado de su ausencia. “Pues llevas razón -me respondía uno tras otro-, ahora que lo dices; este año mo hay mirlos”. Y cada cual buscaba explicaciones. “Son los pesticidas, los herbicidas y demás venenos -aventuraba uno-, que lo contaminan todo, también los gusarapos de los que se alimentan estos pájaros”. “Puede que los ahuyenten esos loritos verdes o cotorras exóticas, con sus agresivos y chillones vuelos en bandada, que alguien trajo de fuera y poco a poco están apoderándose del territorio”, sugería otro. “¿No será -indicaba otro vecino- que se esconden, asustados, del insufrible ruido de los soplahojas, que suenan sin parar este otoño en toda la urbanización?” ¡Cualquiera sabe! Volvía yo hace un rato a mi casa dando vueltas a estos oscuros pensamientos cuando ha sucedido el milagro: he visto inesperadamente un mirlo. Ha sido fugazmente. Estaba comiendo bayas rojas en un seto y ha huido de mí como alma que lleva el diablo. Ha sido un comportamiento extraño, como si tuviera miedo. Aseguro que no era un mirlo blanco, pero me ha alegrado como si se me hubiera aparecido un ángel.

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