PAPÁ NOEL (Y OTROS PERSONAJES MÁGICOS)

por elcantodelcuco

A Sarnago no vino nunca Papá Noel en Navidad. Ni en Navidad ni en ninguna otra época del año. Allí en las Tierras Altas no habíamos oído hablar de semejante personaje, ni habíamos visto siquiera una imagen suya con esa característica vestimenta roja de abrigo con bordes blancos, el gorro a juego a manera de gorro de dormir con borla, las botas altas como las de Falange y la blanquísima y venerable barba. Es más, creo que si hubiera aparecido por allí con esa pinta estrafalaria, la guardia civil habría sospechado de él y lo habría detenido por rojo, extranjero, masón o estraperlista. No digo que nosotros los niños no nos hubiéramos alegrado al verlo y más si bajaba por el ejido desde el Cogote La Hoya montado en un trineo tirado por un reno. Habría resultado emocionante y habríamos corrido inmediatamente la voz de que habían venido los titiriteros. La llegada de estos ocurría muy de tarde en tarde y siempre nos alegrábamos con su presencia. Pero, como ya he dicho, Papá Noel, ese extraño personaje, que ahora aparece colgado de una escalera de cuerda en algunas ventanas de las casas de alrededor, a manera de muñeco ridículo, con un saco a la espalda, nunca se dejó ver por allí con regalos para los niños, a pesar de que éramos pobres. Por eso siempre me ha parecido un instruso, que no concuerda con nuestras tradiciones y que lo único que quiere es hacer la competencia desleal a los Reyes Magos, que son mucho más nuestros, dónde va a parar.

Observando su extraordinaria metamorfosis y sus vueltas y revueltas por el mundo, aumentan las sospechas de fraude. Ha pasado de San Nicolás de Bari, un obispo con mitra nacido en Turquía en el siglo III, que curó milagrosamente a unos niños heridos, a Santa Claus y, andando el tiempo, a Papá Noel. Sólo les une la imprescindible barba blanca y rizada cayendo sobre el pecho. Su trayectoria es sorprendente: de Turquía, a Holanda y de Holanda a Nueva York, llevado, como su santo patrón, por los holandeses que fundaron la ciudad, para acabar en Finlandia, Laponia, cerca del Polo Norte, donde, con la ayuda de los duendes, fabrica durante el año juguetes y otros regalos, que distribuye el día de Navidad, recorriendo el mundo en su trineo mágido volador, tirado por un reno, alimentado con una pócima de líquenes mágicos. Confieso que cuando, hace unos años, estuve en Finlandia, recorrí un camino helado por un bosque cubierto de nieve en busca de la casa-factoría de Papá Noel, que me habían asegurado que estaba cerca; pero no di con ella. Me volví desconsolado y muerto de frio con un puñado de liquen precioso en la mano, que tampoco resultó mágico, como a la vista está. Si acaso, puede que me haya ayudado, no lo niego, a fabricar y distribuir palabras en Navidad.

En Sarnago, los únicos personajes mágicos que recuerdo, aparte, claro, de los Reyes Magos, son el Tio Mañas, la Cotilla y las Úrguras, además del Sacamantecas, que asustaba a los niños en todos los pueblos y ciudades de España y que a mí me dió un par de sustos espantosos, uno en el camino de San Pedro y otro, en la entrada de la dehesa. Lo recuerdo como si fuera hoy. No me vean perdiendo el culo, huyendo de aquellos hombres maltrazados, desdentados y de aspecto horroroso -eso me parecieron- que me perseguían. El Tio Mañas era un hombre invisible y amable, pequeño y forzudo, que echaba una mano en los dias crudos de invierno para ayudar a subir la carga a las caballerías, cuando fallaban las fuerzas, no se sentían los dedos, ateridos, y resultaba una tarea imposible o heróica. La Cotilla era un ser perverso que traía las tormentas y las grandes nevadas. Los niños recitábamos en la plaza para echar a suertes: “Viene La Cotilla/ con su sabanilla. / Pajaritos del monte/ venid a casa/ que va a llover/ y nevar…” Y las Úrguras son como las brujas blancas del invierno en las Tierras Altas. Son la personalización de la cellisca, la nieve agitada por el viento, que en las noches oscuras, en torno a la Navidad, ululan por las esquinas de las calles, recorren los tejados y se asoman amenazantes por el hueco de las chimeneas. Las Úrguras son tan perversas que acaban con la vida del caminante perdido, sin un chozo a la vista, en descampado o en el monte. Son más temibles, como es natural, si te sorprenden en medio de la tormenta de nieve y te rodean en noche cerrada.

En estos días de Navidad, si viajas a los verdes valles vascos y navarros, te encontrarás con el “Olentzero”, un carbonero bonachón que baja del monte con un saco cargado de regalos. Si se te ocurre dar una vuelta por los montes de Vizcaya, no será extraño que te encuentres con los “Iratxoak”, unos duendecillos amables con gorros verdes de armiño. Si te acercas a Cataluña, es seguro que verás por todas partes al “Tió de Nadal” o “Cagatió”, que defeca regalos. Si vas a los verdes prados de Cantabria, no sería extraño que te tropezaras estos días en un camino del monte con “Esteru”, el leñador. Y, en fin, si tienes la fortuna de estar en Galicia el dia de Navidad no será difícil que veas al “Apalpador”, que ese día palpa las barrigas de los niños. A los niños flacos deja castañas para que engorden y a los gordos, carbón para calentar la casa.

(Aquí queda este acercamiento a la historia mágica, que es una historia interminable, tan real como la vida misma y tan interesante al menos e indescifrable como las nuevas tecnologías. ¿Qué diferencia hay entre la magia y ellas? Espero que los inteligentes lectores del “canto del cuco” continúen esta historia y, si es posible, la completen).

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