CARTA A LOS REYES

por elcantodelcuco

Queridos Reyes Magos:

En el último momento no he podido contenerme. Casi os había prometido que la que os escribí aquí mismo hace dos años iba a ser mi primera y última carta, pero, leyendo el periódico esta mañana, he sentido la necesidad de ponerme otra vez en contacto con vosotros. Es preciso que echéis una mano a España para que salga de una vez del atolladero. Me fastidia que os hayan preparado, según leo, fantásticas cabalgatas con descarados y brillantes reclamos comerciales y ruidosa música moderna mientras muchas familias a duras penas tendrán algo para cenar esta noche y no faltarán niños que, si no lo remediáis vosotros, no encontrarán un regalo en el cuarto de estar cuando se despierten. ¡Unos tanto y otros, tan poco! Con la crisis unos pocos -¡qué os voy a contar!- se han enriquecido según las estadísticas, mientras la mayoría de la gente las pasa canutas.Ya sabéis, hay familias que se han quedado incluso sin casa porque están todos en paro y no han podido pagar la hipoteca. Son los desahuciados, cobijados hoy en la vivienda de un familiar o donde puedan, seguramente sin calefacción. Deberíais tenerlo en cuenta a la hora del reparto. No sé si, con tanto ajetreo, habéis tenido tiempo de ver esta mañana la viñeta de “El Roto”. En ella vais los tres en fila por el desierto, montados en los camellos, siguiendo la estrella, y Baltasar, que va el último, comenta: “Estoy hasta el gorro de trabajos temporales”. Tiene gracia, ¿a que sí? Pero vosotros, aunque sea temporal -un día y una noche al año- disfrutáis de un trabajo fijo y gratificante, sin competencia, no podéis quejaros, pero decídselo a miles de jóvenes que no paran de enviar currículums y que andan de la ceca a la meca con el curro a cuestas. Están tan desilusionados y tan cabreados que han dejado de creer hasta en vosotros.

No os pido, entendedme bien, que os canséis de ser bondadosos, pero me atrevo a sugeriros que vengáis este año bien cargados de carbón. Deberíais dejar un saco de carbón en las sedes de todos los partidos, a ver si reaccionan y limpian de una vez sus cuentas. La fiscalía, dice el periódico en primera página, ve indicios de delito en las cuentas de todos ellos. Sería bueno que la clase política recuperara en este año electoral, como ha pasado con la Corona tras el relevo, la confianza de la gente, sin caer en extravíos o experimentos peligrosos. Vosotros, que venís de Oriente, habéis visto lo que pasa en Grecia. Cuando lleguéis a Barcelona no os olvidéis de reservar un saco de carbón para Artur Mas y otro para Oriol Junqueras, que están empeñados en crear divisiones y desvencijar España. El carbón es este año también un regalo obligado para Jordi Pujol y su numerosa familia, Iñaki Urdangarin, los de las tarjetas opacas de Caja Madrid, los de los ERE de Andalucía, los de las comisiones del cinco por ciento, los usureros, los que se aprovechan del sudor de los desesperados, los que multiplican sus retribuciones mientras bajan el sueldo a sus empleados y demás ladrones de guante blanco. La lista es ya interminable. Por primera vez se está haciendo limpia en este país. Estaréis de acuerdo conmigo en que esto no deja de ser esperanzador. ¡Eso sí, que devuelvan lo que se han llevado! Si aún os queda algo de influencia, confío en que les deis un toque. Es escandaloso que la mañana de Reyes, vuestra luminosa mañana, tan cargada de sueños imposibles, los hijos de los adinerados descubran casi con indolencia un montón de nuevos juguetes caros, que sobrepasan todos sus caprichos, mientras otros niños se mueren de hambre y de frio, como el de Belén.

Como veis, me he ido calentando por dentro mientras os escribo. Reconoced que tengo motivos para estar indignado, aunque parece -eso dice el Gobierno- que empezamos a recuperarnos de la crisis. ¡Que Dios les oiga! Os decía que lo único que os pido en esta carta, que bien puede ser la última, es que echéis una mano a España, para que recuperemos el buen sentido, no volvamos a tirar todo por la borda, como acostumbramos a hacer de vez en cuando movidos por un viento de locura, dejemos de convertir al adversario en enemigo, renunciemos de una vez al pesimismo enfermizo, que nos paraliza, y, yendo a lo que más preocupa en la calle, que la recuperación económica llegue a la gente y a las casas y que aumente el empleo y el buen humor. También os pido algo no menos importante, aunque menos tangible, y que vosotros entenderéis bien porque fuisteis testigos privilegiados cuando empezó todo. No andaré con rodeos: que se renueve de arriba a abajo la Iglesia española según el impulso del papa Francisco y recupere el espíritu de servicio y cercanía del cristianismo original. Os lo digo porque vivimos, como habréis observado, en medio de un mundo cada vez más descreído y sin rumbo claro, y convendría enderezarlo

En fin, no tengo más remedio que rogaros que observéis con compasión mi tierra cuando la crucéis esta noche heladora y por una vez sin nieve. Fijaos en la desolación de las Tierras Altas cuando bordeéis la Alcarama y descendáis a Sarnago por el camino de Valdenegrillos, os topéis con la iglesia derruida y no encontréis unos zapatos en ninguna ventana ni humo en ninguna chimenea. Recorreréis docenas de pueblos muertos parecidos en un desierto demográfico -con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado-, mayor que el que recorristeis siguiendo la estrella. ¿No creéis que va siendo hora de que las autoridades se hagan cargo de este dramático problema? Reservad, si no, unos sacos de carbón para ellas. No os olvidéis de esto, por favor. Me cuentan que Baltasar comentó el año pasado cuando terminasteis el recorrido por las Tierras Altas, después de traspasar el puerto de Oncala: “Para este viaje no necesitábamos alforjas”. No le faltaba razón a Baltasar. Bueno, aquí me despido de vosotros con la misma ilusión y el mismo afecto con los que os esperaba de niño, normalmente en medio de una gran nevada, en mi casa, ahora cerrada, de Sarnago. Como veis no os he pedido nada para mí. Si acaso, que pueda seguir cantando el cuco y que vengan con bien las dos nuevas nietas que espero para primavera. Desde aquel caballo de cartón con aparejo de carne de membrillo, siempre os estaré agradecido.

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