CUATRO KILOS DE MÁS

por elcantodelcuco

La gente anda inquieta estos días en la ciudad. No tanto por la boina de contaminación que, con el persistente anticiclón, convierte el aire en irrespirable en esta cuesta de enero poblada de sobresaltos. Ni siquiera por el paro o por las noticias que llegan de París. La culpa de la inquietud la tiene la báscula. El pequeño peso del cuarto de baño, aunque sea de los chinos, no engaña: ¡has engordado! Se te nota sobre todo en la cintura y en las posaderas. No lo puedes disimular. Los estudiosos se han apresurado a calcular las secuelas de las pasadas fiestas y han sacado la media de los abusos en la mesa: cuatro kilos de más y un diez por ciento más de colesterol en las arterias. Eso, a pesar de la crisis. Miles de ciudadanos y, sobre todo, ciudadanas horrorizadas han invadido inmediatamente los gimnasios, las salas de pilates y las piscinas climatizadas. Se impone desengrasar. El “running”, o arte de correr sin ir a ninguna parte, se ha convertido en el deporte de moda. La gente echa el bofe corriendo, con unas mallas ceñidas, unas buenas zapatillas de marca y una vistosa cinta en la cabeza. Desde el punto de la mañana, sobre todo en los fines de semana, el paisaje urbano se puebla de ensimismados y sudorosos corredores, que compiten consigo mismo, aunque sea perdidos en la niebla. Hasta circula de mano en mano un manual titulado “Cuaderno para runners de ciudad”, en el que se ensalzan los beneficios físicos y mentales de esta disciplina. Ni que decir tiene que las engrosadas páginas de salud de los periódicos invitan a recuperar las buenas costumbres alimentarias y aconsejan reconciliarse con las frutas y verduras y optar por una dieta desintoxicante y equilibrada para depurar el organismo poco a poco. Según los especialistas, la pérdida de peso ha de ser gradual, como medio kilo a la semana, para evitar el efecto rebote y que el remedio sea peor que la enfermedad.

Dice el filósofo español Xavier Rubert de Ventós: “Seguimos haciendo dietas, deporte o gimnasia para asegurarnos que dejaremos un cadáver perfectamente saludable”. Algo de razón lleva, pero tampoco es cuestión de ponernos filosóficos. Lo aconsejable es estar en forma, con lo que además retrasaremos probablemente el momento de convertirnos en cadáveres saludables. Los que venimos del pueblo y de la posguerra sabemos bien la importancia de la comida y hemos conocido de cerca la frugalidad alimenticia, y algunos, el oscuro perfil del hambre. “Son las doce, el que no tenga pan que retoce”, pregonábamos los niños por las calles, anunciando con carracas y matracas los oficios de Semana Santa. Y corría por entonces de boca en boca la siguiente coplilla:

P’ almorzar, pan y cebolla,
pa comer, cebolla y pan
y a la noche, si no hay olla,
vuelta al pan con la cebolla.

No digo yo que en fechas contadas -la matanza, el día de echar en conserva, la Nochebuena, el Jueves Lardero, las fiestas y cumpleaños- no se rompiera la regla general, se tirara la casa por la ventana y se zampara y bebiera “a trompatalega”; pero era la excepción ansiosamente esperada, en un tiempo en que no se comía para vivir, sino que se vivía para poder comer, objetivo que no siempre resultaba fácil. Lo habitual era la espartana austeridad, que no andaba lejos, porque a la fuerza ahorcan, de la propuesta de Fray Luis de León:

A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada,
me baste; y la vajilla,
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.

Reinaban en la dieta de Sarnago la sopa de ajo, el puchero de patatas viudas, de alubias, lentejas o garbanzos, las verduras del huerto en su tiempo y el humilde y sabroso torrezno, con la hogaza de pan, el porrón de vino de pellejo y el botijo de la fuente al lado. En Sarnago no había contenedores de basura, que en la ciudad se han convertido en hediondos depositarios e indicadores del consumo y del despilfarro, sobre todo en Navidades. Allí no hacían falta. En el pueblo se aprovechaba todo. No había residuos. Por no quedar en la mesa familiar de la cocina, cubierta de hule, no quedaba ni zarrapita en el plato. Sólo los huesos mondos y lirondos para los perros. Ni siquiera había bolsas de basura, ni se conocía el plástico, ese invento contaminante y hoy omnipresente en la tierra, en los ríos y en el mar. Tampoco había básculas de precisión para pesarse; sólo la humilde romana. Tengo para mí que la mayor parte de los habitantes del pueblo se murieron sin ver el mar y sin haberse pesado nunca. Sólo los hombres, si acaso, cuando los tallaban para la mili. Y en Sarnago, lo que visto hoy desde la ciudad parece más chocante, no había ninguna persona gorda, ya no digo obesa. Sólo recuerdo uno, ligeramente orondo, el tio Bonifacio, que vivía en la esquina de la plaza y a quien todo el mundo llamaba, sin mucho fundamento, el Tio Gordo. Recorro las calles, repaso casa por casa y observo a aquellos hombres y me encuentro con gente cetrina y magra, sin un gramo de grasa de más en el cuerpo. Recuerdo, por lo demás, que allí la gordura, que solía corresponder al señorito de la ciudad, era señal de prestigio y digna de alabanza. ¿Cuatro kilos de más, dices?, preguntaría el Tio Gordo. Y el interpelado dejaría la cachava de lado y se daría golpes de satisfacción en la barriga mientras se partía de risa.

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