El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: febrero, 2015

A LA BUSCA DEL PUEBLO PERDIDO

Esta mañana me ha traído el correo un libro. He abierto el sobre y, en cuanto he visto la portada, unas ruinas majestuosas cubiertas de vegetación, ya no he podido dejarlo de lado. En la televisión daban a esa hora el debate sobre el estado de la nación. Ni siquiera la he apagado. Las palabras de los políticos sonaban como ruido de fondo, como el viento o la lluvia en los cristales. Si en un momento dado, alguno de ellos hubiera mencionado a los pueblos o hubiera propuesto algún remedio al dramático problema de la despoblación, yo habría levantado, como un resorte, los ojos del libro y habría prestado atención a la voz que, con el sonsonete acostumbrado, procedía del Parlamento, sede de la soberanía nacional. Pero no ha habido lugar. Así que he continuado mi particular viaje por los cincuenta lugares perdidos o rehabilitados de España, acompañando en el recorrido a Agustí Hernández Dolz, joven periodista valenciano, experto en estas lides. El libro está en catalán (o en valenciano, si hay que ser preciso), pero se entiende todo. Su título, “Pobles abandonats de la Península Ibérica”, responde fielmente al contenido de la obra. El autor se ha echado a los caminos y ha visitado estos lugares, en los que las ruinas no han perdido su magnificencia, con la cámara de fotos al hombro, dejando de cada uno de ellos testimonio gráfico y literario. Sarnago no está incluido en la lista de pueblos perdidos, pero en la página 15 aparece una foto de mi calle tomada desde los Peñascales con la siguiente leyenda: “Un pueblo que está siendo rehabilitado por los antiguos propietarios”. Así es. Ahora el esfuerzo consiste en levantar la iglesia, una proeza.

Me ha parecido que ir en busca del pueblo perdido no es muy distinto del empeño de Proust de buscar el tiempo perdido. De hecho, se confunden. En cada una de las páginas del libro nos topamos, como si saliera prodigiosamente a nuestro encuentro, el tiempo que se fue y que no volverá. Todo vuelve por un instante a recuperar vida: los muros de las casas, las calles, los caminos, los árboles, los campos y colinas del entorno. Entramos, con este libro en la mano, en lugares de distintas provincias, hermanados ahora por las ruinas, que un día estuvieron llenos de vida y que sólo conservan ya el nombre. Con el paso del tiempo, las diferencias entre unos y otros se han diluido. Muchos de ellos tienen nombres sonoros – Acrijos, Aldealcardo, Campo de Benacacira, Claramunt, La Estrella, La Santa, Las Dueñas, Las Ruedas de Enciso, Montesquiu, Moralejo de Arriba, Peñalcázar, Santa María de Cameros, Saranyana, Tordesalas, Umbralejo, Villanueva…- repetidos mil veces por cien generaciones, como parte esencial de las señas de identidad propias y que no tardarán mucho en borrarse también de la memoria de la gente. Así que lo menos que se puede hacer es dejar constancia de ellos.

Dice Agustí Hernández: “Pueblos en silencio a la vera de sendas, caminos empedrados o pistas. El agua de los ríos y barrancos que continúa corriendo, choperas o árboles frutales y el mistral compañeros del silencio entre iglesias, fuentes, casas y esperanzas de personas que se fueron”. El viaje, contado en este libro, es, como digo, el testimonio, en cincuenta capítulos -cada uno de los lugares visitados-, de su experiencia senderista recorriendo pueblos abandonados en días de sol, lluvia, viento o niebla, en ambientes muy diferentes y cubriendo el ciclo cambiante de las cuatro estaciones. “El libro -continúa Agustí- es un hilo para reivindicar el patrimonio material e inmaterial que son los pueblos abandonados, y a la vez mostrar las nuevas situaciones que se dan, con la rehabilitación y, en algunos casos, recuperación de estos lugares. El libro es también un homenaje a las personas que se fueron en busca de un futuro mejor y a los que fueron expulsados de su casa”. La verdad es que este libro es una invitación a echarse la mochila al hombro y recorrer caminos y lugares escondidos a reencontrarse con el silencio y con el tiempo perdido. ¡Qué contraste con el ruido parlamentario que sigue ofreciendo la televisión!

Tengo que confesar que, antes de llegar el correo a mi puerta con el libro de Agustí Hernández, me disponía a escribir hoy de las “ecoaldeas”, ese interesante experimento en busca del pueblo y del tiempo perdidos, en realidad, en busca de uno mismo, que empiezan a proliferar entre nosotros -ya hay diecinueve en toda España- y que demuestran que no todo está perdido. En ellas la vida vuelve a discurrir, y discurre muy despacio. Una “ecoaldea” es un poblado de nueva planta, como el de las treinta casas edificadas, mediante una cooperativa, en una colina de Valdepiélagos, a cincuenta kilómetros de Madrid, o un viejo pueblo rehabilitado y repoblado, en la que se asienta una comunidad que tiene por objetivo ser sostenible social, ecológica y económicamente. En ella todo el mundo se conoce y se comunica con los demás. Trabajo, estudios, ocio y necesidades diarias, todo está cubierto dentro de la “ecoaldea”, que a mí me recuerda a los “kibutzs” de Israel -un día visité y dormí en uno de ellos en el dedo de Galilea, junto al río Jordán niño, una experiencia inolvidable-. Y lo que es fundamental: integración con la naturaleza, con respeto y cuidado del entorno, practicando la agricultura tradicional, con huertos familiares, construcciones bioclimáticas, reciclaje de residuos y aprovechamiento de las energías renovables, etcétera. Algo así como la vuelta al paraíso. No sé si tendrán futuro, pero cada vez hay más gentes de toda edad y condición, perdidas en la gran ciudad, que sienten la llamada de la tierra.

Cuando he terminado de leer el libro, los políticos seguían hablando y he apagado la televisión.

Anuncios

SOBRE LA MUERTE DE SORIA

La última entrada de este blog sobre la muerte callada de Soria, la provincia más despoblada de España y de Europa, ha provocado una especie de “ciclogénesis” explosiva. Nunca, desde que el cuco se puso a cantar, su canto había sido tan escuchado y desde tan lejos. En vez de anunciar la primavera ha sonado a canto fúnebre y ha producido sobresaltos, sobre todo en las alturas. Nunca habían llegado tantos comentarios, unos aplaudiendo, otros torciendo el gesto y los más mostrando inquietud o rabia o desconsuelo. También han surgido los gritos desesperados del náufrago por si alguien le echa una mano un instante antes de sucumbir rendido. Más de uno ha puesto el dedo en la llaga. Ha habido denuncias y algunas sugerencias interesantes. Y no han faltado los silencios de la resignación, que se niegan a llorar y a seguir el consejo del poeta hispano-árabe Ibn Quzman: “ Hay que llorar, aunque la resignación sea más útil, pues quien ha muerto no ha partido para regresar”. Ante todo, se concluye, pocos de los supervivientes en el alto llano numantino o en la diáspora de los expatriados, que vivimos en nuestro particular exilio, estamos dispuestos en esta hora de la verdad a perder la dignidad ni, por supuesto, a renegar de nuestro arraigo. Si un día Soria se muere, que sea de pie, como hacen los robles del monte de mi pueblo o los olmos del Duero, hendidos por el rayo. Nunca el pardo desamparo invernal de la tierra soriana había tenido tal correspondencia en el tono contenido de las palabras y de los sentimientos, como los que nos han llegado estos días. No hace falta indicar que las autoridades se han callado como muertas, quietas, agazapadas en la mata hasta que pase el temporal.

La avalancha, como digo, ha sido incontenible. No tengo más remedio que hacer un recuento, aunque sea a ojo de buen cubero, y agradecerlo. Sin contar el día de hoy, martes 17, el comentario “Soria se muere” había recibido 3.025 visitas, superando todas las marcas del blog, la mayoría de ellas de España, pero también de medio mundo. He aquí la lista provisional con el número de visitas entre paréntesis: Gran Bretaña (39), Estados Unidos (34), Alemania (21), Argentina (13), Francia (7), Irlanda (6), Rumanía (6),México (4), Bélgica (4), India (3), Italia (3), Uruguay (3), Turquía (3), Bolivia (3), Ecuador (3), Holanda (2), China (1), Costa Rica (1), Puerto Rico (1), Chile (1), Perú (1), México (1), Guatemala (1), Kenya (1), Suecia (1), Suiza (1), Portugal (1), Panamá (1), Guatemala (1), Polonia (1), Dinamarca (1) y Brasil (1). Y, aparte de los comentarios publicados, me han llegado al correo mensajes tan significativos y contundentes como el de Julio Llamazares, el autor de “La lluvia amarilla”, inspirada en Sarnago y que habla de la despoblación, y de la novela recién aparecida “Distintas maneras de mirar el agua”, que arranca de la desaparición de su pueblo, Vegamián, en León, anegado por un pantano. “Te pueden obligar a todo menos a no recordar”, ha dicho a este propósito Llamazares, para el que “la memoria histórica de un país es su literatura”. Esto me ha escrito a mí: “Impresionante, ciertamente. Y la verdad es que, más que una campaña defendiendo la supervivencia de una provincia (la de Soria en este caso), habría que hacerla ya pero de toda la España interior, con excepción de Madrid y Valladolid. Cada vez está más claro que hay dos Españas, la de la periferia y la de la meseta, una creciente y otra menguante, y que encima la que más se queja y exige es la más boyante”. Lleva más razón que un santo. ¡Las dos Españas, otra vez! Hace falta un gran proyecto de Estado para llevar a cabo el equilibrio demográfico de la nación. Hace unos días, comentando esta entrada del blog, me confesaba un conocido exministro: “Llevas razón, el problema demográfico es ya de escándalo; sin duda, uno de los asuntos más importantes y más graves que tenemos”. Pero no estaría mal, digo yo, empezar este experimento de regeneración por Soria -la más abandonada, la más incomunicada…- antes de que le llegue casi en silencio la muerte anunciada.

He aquí algunos datos estremecedores: La provincia de Soria ha perdido más del 40 por ciento de la población en los últimos 50 años. Ocupa el 2,4 por ciento de la superficie nacional y está habitada por el 0,2 por ciento. La mitad de sus 183 municipios cuentan con menos de cien habitantes. Sólo superan los cinco mil habitantes tres poblaciones: Soria capital, Almazán y El Burgo de Osma, ¡y bajando!, según el último censo, lo mismo que el resto de las cabeceras de comarca. Toda la provincia alberga poco más de 80.000 almas, con una población envejecida. El caso es que se mueren más de los que nacen. Sólo crecen los vecinos instalados en el cementerio. Las declaraciones del alcalde de Gómara al “Heraldo de Soria”, que nos envía José Antonio Alonso, no pueden ser más reveladoras de la situación desesperada que atravesamos. Gómara, cabeza de una ancha y rica comarca cerealista -los legendarios Campos de Gómara, granero de la provincia- se muere. Dice el alcalde que en los últimos tres años y medio la villa ha perdido 110 empadronados, casi la mitad de los vecinos, la mayor parte de los cuales se han empadronado en el cementerio. Y teme que “en quince años la localidad esté despoblada”. Hasta la gasolinera del pueblo ha cerrado. Gómara no es una excepción. Esa es la tendencia general. En la comarca de las Tierras Altas, que un día fue el centro de la Mesta, quedan menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado. Laponia y el desierto del Sáhara tienen más. Para que se caiga el alma a los pies, basta un recorrido por el entorno de San Pedro Manrique, cabecera de la comarca, rodeado de pedanías despobladas que cuando yo era niño rebosaban vida. Esta es la lista de este “cementerio de pueblos”: Acrijos, Armejún, Buimanco, Fuentebella, Matasejún, Sarnago, Taniñe, Vea, Ventosa de San Pedro, Villarijo, Valdelavilla, El Vallejo, Las Fuentes. Palacio, Peñazcurna y Valdemoro. (Todos pertenecen ahora al Ayuntamiento de San Pedro. Sólo en dos o tres de los que figuran en esta negra lista sale este invierno humo de alguna chimenea).

Hay que sembrar esperanza, te recriminan. Pues tomen nota de lo que viene. El líder de una de las fuerzas políticas emergentes ha presentado hoy su programa, en el que propone liquidar las Diputaciones y reducir el número de Ayuntamientos a mil en toda España. No es el único. Esos son los planes. O sea, el hachazo definitivo. Sin Gobierno provincial y sin Ayuntamientos, ya me dirán qué queda de Soria. Las ruinas, el paisaje y la memoria. Sólo eso. Ni polvo en los caminos.

SORIA SE MUERE

La otra noche acudí a la Casa de Soria a presentar “El canto del cuco. Llanto por un pueblo”. Era una noche heladora, lo que no impedía que la Puerta del Sol estuviera muy concurrida. Esta animada presencia humana contrastaba con el silencio y la soledad que se apoderarían a la misma hora de los pueblos sorianos. Seguro que por sus calles, pensé, cubiertas de nieve, no circula ahora un alma. Esa sensación de frío, dejadez y desamparo no se despejó siquiera del todo cuando entré en el destartalado portal del número 5 de la Carrera de San Jerónimo, con una Administración de Lotería a la derecha, y, prescindiendo del ascensor, emprendí la subida por las oscuras escaleras hasta el piso primero donde está instalado el meritorio centro soriano. Poco a poco, el saloncito se fue llenando con gentes de la tierra -puede que en Madrid vivamos más sorianos que en toda la provincia de Soria, sin contar a los que vienen de paso- y la velada resultó entretenida. El principal animador resultó el embajador José Cuenca, que además de destacado diplomático -acaba de publicar un libro imprescindible: “De Suárez a Gorbachov”- es un brillante escritor, un cazador empedernido y un buen amigo. Un cosmopolita como él, que ha sido embajador en Moscú, en Grecia, en Bulgaria y en Canadá, presume de ser de pueblo y ejerce de ello con notable desparpajo. Ama a Soria y a los toros, tiene dos abonos en las Ventas y todos los años por San Isidro me invita a contemplar una corrida a su lado. Estaba previsto que en la improvisada mesa de la Casa de Soria nos acompañara el naturalista, escritor y también amigo Joaquín Araujo, que cultiva personalmente la tierra en su pueblo de Extremadura, pero una avería del coche lo dejó tirado.

Me esforcé en hacer ver que “El canto del cuco. Llanto por un pueblo” no es un libro triste. Pero no tuve éxito. Procuré resaltar que el protagonista del libro era el paisaje. Traté de demostrarlo leyendo algunos pasajes significativos del cambiante paisaje de las Tierras Altas en cada una de las estaciones. Todo fue inútil. Después de leer ante aquel público adicto el capítulo “Las máquinas”, origen de la despoblación del mundo rural, y, sobre todo, el de “Los últimos vecinos”, en el que relato la muerte de Valdenegrillos, con la marcha del Zacarías y la Romana, uno del público comentó en voz alta: “¡Y luego dices que no es un libro triste!”. Ahí habría quedado la cosa, si no hubiera sido por la intervención final del presidente de la Casa de Soria, que nos obligó a bajar de la nube y poner los pies en la tierra. Un maltrecho José María Aceña, al que la hernia y el ácido úrico no le impidieron acudir a la cita, hizo uno de los repasos más demoledores que he oído últimamente sobre el porvenir de la provincia de Soria. Su pesimismo estaba justificado. Era más que un pesimismo antropológico. Lo basó en datos contantes y sonantes. No sólo se quedan vacíos los pueblos pequeños, sino que también pierden vecinos, según los números del último año, las principales cabeceras de comarca y hasta Soria capital. “Al paso que vamos, existe el riesgo -concluyó Aceña- de que Soria quede despedazada, desmembrada y distribuida entre las provincias vecinas”. A mí se me encendió la sangre. ¿Cómo podíamos permanecer impasibles ante semejante desafuero, ante tal desbarajuste? Y, a partir de entonces, se acabó la lírica.

Soria se muere. Soria se muere entre la indiferencia general. Una de las provincias más hermosas de España, más cantada por los poetas, más recorrida por los escritores, más cargada de historia y de cultura, está muriéndose. Ha llegado el momento de poner el grito en el cielo o donde haga falta. Los desequilibrios demográficos en España son ya escandalosos, injustos y ruinosos. No hace falta ser un gran estadista para darse cuenta de que esta catástrofe demográfica, esta injusticia manifiesta, es uno de los grandes problemas a los que es preciso poner remedio, mucho más grave que la “cuestión catalana”. Hay que movilizar a la opinión pública. Las autoridades provinciales, regionales, nacionales y europeas deben tomar cartas en el asunto sin pérdida de tiempo. El reequilibrio demográfico exige un plan integral, empezando por las zonas más deprimidas -y basta echar un vistazo al “desierto del Duero”, a las parameras sorianas y no digamos a las Tierras Altas- con incentivos fiscales a las empresas, una buena red de comunicaciones, etcétera. Sin bravuconerías innecesarias, ha llegado el momento de recuperar el espíritu comunero. ¿Llanto por un pueblo? ¡Llanto por una provincia entera! ¡Llanto por la Mesta! ¡Llanto por el corazón apagado de la Celtiberia! Cuando me levanté de la mesa, más preocupado y triste que cuando me senté, me encontré con Jorge Sanz, que me enseñó su deslumbrante libro de fotografías, que reflejan con toda nitidez el desamparo y la decadencia de las Tierras Altas. Me quedé con la paradigmática foto de la Romana de Valdenegrillos, metiendo el burro en casa. (No la publicaré para que no digan que invado su intimidad, como si esta valerosa mujer no fuera ya el símbolo de ese desamparo). Al salir, me susurró José María Aceña: “Acaba de cerrar la Casa de Guadalajara en Madrid, así que ya veremos…” O sea, malos presagios. En esas andamos cuando más se necesita el amparo, la presencia y la resistencia. Si hace falta, habrá que ejercer la resistencia numantina. Al bajar a la calle, la Carrera de San Jerónimo hervía, a pesar del frio, de gente variopinta, los bares seguían animados y, al fondo, aparecía la silueta del palacio de las Cortes, que preside un soriano, con las luces apagadas.

LA GRAN NEVADA

Ya no son breves algarazos, que mi madre llamaba amarguras. O sea, esos ramalazos de nieve menuda o de aguanieve que te azota el cuerpo de forma intermitente, que te amorata las manos y la cara y te mete en casa. Ha llegado por fin la gran nevada, que es otra cosa. El cielo se encapota, se pone de panza de burra, el horizonte se cierra, la oscura nube diluye los cerros y las sierras lejanas, se abate sobre las casas y los campos y obliga al pueblo -hombres y animales- a recluirse sobre sí mismo. Y entonces nieva, nieva sin parar, nieva a mantas, primero con una cierta agitación punzante si el viento helador baja de la Alcarama, afilado como un dalle, y luego mansamente, con copos como vedijas del esquilo. Es entonces cuando uno puede sentir dentro el blanco y ligero peso de un silencio telúrico. El que no haya sentido este silencio de la nieve, no podrá imaginarse nunca la plácida conmoción interior de una experiencia parecida. Pues bien, si no se equivoca la Agencia Estatal de Meteorología, en las Tierras Altas nieva toda la semana. ¡Bendito sea Dios! ¿Año de bienes? No estoy seguro. Allí los bienes siempre han sido escasos. Sobre los pueblos muertos o despoblados la piadosa nieve, eso sí, es mucho más que un elemento decorativo; tiene función igualitaria, acaso de denuncia o desagravio, aunque resulte una demostración pasajera. Por lo demás, en aquellas tierras ásperas y torturadas, sea o no año de nieves, nunca verás la cigüeña por San Blas, porque la cigüeña, como los viejos poetas de Castilla que cantaron a Soria, no se atreve a cruzar el puerto de Oncala y así se queda sin descubrir la belleza elemental de estos campos, de estos pueblos semiderruidos y de sus graciosos campanarios rurales.

Cuando en mi infancia llegaba la gran nevada, como la de estos días, la cocina, con la lumbre permanentemente encendida, era el refugio obligado de la familia. Olía a matanza, que permanecía colgada en las varas del techo ennegrecido, y a humo de la támbara. Ronroneaban los gatos en la chapa y borbollaban los pucheros en el fuego. Sobre la mesa redonda cubierta de hule azul, junto a la alacena y bajo la espetera de los cazos de cobre, no podía faltar el alegre porrón y la sobada baraja, completamente imprescindible, que entretenía las tardes y las noches interminables. La otra distracción era el trasnocho, reunión de mujeres con el cesto de la costura y la lengua a punto para contar historias, en el abrigo de la majada, bajo la luz del carburo pagado a escote. En los días más crudos del invierno, cuando la nieve cubría los campos, los animales permanecían encerrados en los bajos de la casa: las caballerías en la cuadra y las ovejas y las cabras en la majada. La convivencia cercana con estos animales, viendo parir a las ovejas o amamantando los tiernos caloyos, es una de las experiencias imborrables de la niñez y que recuerdo con más placidez. Envuelto en el vaho cálido de la majada con olor a sirle y a heno, había que llenar los zarzos con gabejones de olorosa hierba seca o de esparceta y depositar en las canales o duernas el cesto de berzas bien picadas. Con la nieve envolviéndolo todo y los gruesos carámbanos colgando de los aleros, los bajos de la casa eran un hervidero de vida animal, que nos hacía, creo yo, más humanos.

No era extraño que, en medio del temporal, dejara de nevar en la madrugada. Brillaban entonces las estrellas como diamantes. Era la pausa que aprovechaban los animales del campo y del monte para salir de sus refugios o escondites a buscar alimento. En el pueblo era la señal para iniciar la cacería, siguiendo la huella infalible que las liebres, los huidizos conejos, el astuto zorro o el bando de perdices a peón dejaban en la nieve. Todavía recuerdo la forma de esas huellas, aún sabría distinguirlas. Con las primeras luces salían, como digo, los cazadores -incluidos los que no eran cazadores durante el año- con escopetas y con garrotes en busca de los indefensos animales. Para esta empresa sobraban los perros, que lo único que harían sería borrar los rastros. El cazador habitual jugaba con ventaja: iba con escopeta. Si en el matojo, el espino o el sabino donde concluía la huella, saltaba, al sentir su presencia, la liebre encamada, el freno de la nieve en la carrera la hacía víctima fácil del disparo. El cazador de ocasión lo tenía más difícil: se valía únicamente de la cachava o el garrote y de sus manos fuertes de campesino, dispuestas a escarbar afanosamente entre las piedras hasta dar con el pobre gazapo, si descubría que el escurridizo conejo tenía su cado o escondite en el pequeño cantarral, donde acababa el rastro. El garrote lo usaba cuando sorprendía a la confiada liebre en la cama. Esta caza furtiva con nieve era dura, extenuante, pero solía resultar generosa, y los cazadores regresaban pronto a casa con el cuerpo aterido y el zurrón lleno, que se agradecía en aquella sociedad de subsistencia. Pronto se cubriría de nuevo el cielo, volvería a nevar y la nieve borraría todas las huellas.

Algo parecido ocurre hoy. La gran nevada de estos días ocultará por unos días en los pueblos deshabitados las cicatrices de las ruinas y las huellas del pasado. Junto al fuego de una vieja cocina con olor a támbara y a matanza habrá un viejo superviviente que comentará, mientras resuena el alarido de las úrguras en el hueco de la chimenea: “¡Ya no nieva como antes!”.