LA GRAN NEVADA

por elcantodelcuco

Ya no son breves algarazos, que mi madre llamaba amarguras. O sea, esos ramalazos de nieve menuda o de aguanieve que te azota el cuerpo de forma intermitente, que te amorata las manos y la cara y te mete en casa. Ha llegado por fin la gran nevada, que es otra cosa. El cielo se encapota, se pone de panza de burra, el horizonte se cierra, la oscura nube diluye los cerros y las sierras lejanas, se abate sobre las casas y los campos y obliga al pueblo -hombres y animales- a recluirse sobre sí mismo. Y entonces nieva, nieva sin parar, nieva a mantas, primero con una cierta agitación punzante si el viento helador baja de la Alcarama, afilado como un dalle, y luego mansamente, con copos como vedijas del esquilo. Es entonces cuando uno puede sentir dentro el blanco y ligero peso de un silencio telúrico. El que no haya sentido este silencio de la nieve, no podrá imaginarse nunca la plácida conmoción interior de una experiencia parecida. Pues bien, si no se equivoca la Agencia Estatal de Meteorología, en las Tierras Altas nieva toda la semana. ¡Bendito sea Dios! ¿Año de bienes? No estoy seguro. Allí los bienes siempre han sido escasos. Sobre los pueblos muertos o despoblados la piadosa nieve, eso sí, es mucho más que un elemento decorativo; tiene función igualitaria, acaso de denuncia o desagravio, aunque resulte una demostración pasajera. Por lo demás, en aquellas tierras ásperas y torturadas, sea o no año de nieves, nunca verás la cigüeña por San Blas, porque la cigüeña, como los viejos poetas de Castilla que cantaron a Soria, no se atreve a cruzar el puerto de Oncala y así se queda sin descubrir la belleza elemental de estos campos, de estos pueblos semiderruidos y de sus graciosos campanarios rurales.

Cuando en mi infancia llegaba la gran nevada, como la de estos días, la cocina, con la lumbre permanentemente encendida, era el refugio obligado de la familia. Olía a matanza, que permanecía colgada en las varas del techo ennegrecido, y a humo de la támbara. Ronroneaban los gatos en la chapa y borbollaban los pucheros en el fuego. Sobre la mesa redonda cubierta de hule azul, junto a la alacena y bajo la espetera de los cazos de cobre, no podía faltar el alegre porrón y la sobada baraja, completamente imprescindible, que entretenía las tardes y las noches interminables. La otra distracción era el trasnocho, reunión de mujeres con el cesto de la costura y la lengua a punto para contar historias, en el abrigo de la majada, bajo la luz del carburo pagado a escote. En los días más crudos del invierno, cuando la nieve cubría los campos, los animales permanecían encerrados en los bajos de la casa: las caballerías en la cuadra y las ovejas y las cabras en la majada. La convivencia cercana con estos animales, viendo parir a las ovejas o amamantando los tiernos caloyos, es una de las experiencias imborrables de la niñez y que recuerdo con más placidez. Envuelto en el vaho cálido de la majada con olor a sirle y a heno, había que llenar los zarzos con gabejones de olorosa hierba seca o de esparceta y depositar en las canales o duernas el cesto de berzas bien picadas. Con la nieve envolviéndolo todo y los gruesos carámbanos colgando de los aleros, los bajos de la casa eran un hervidero de vida animal, que nos hacía, creo yo, más humanos.

No era extraño que, en medio del temporal, dejara de nevar en la madrugada. Brillaban entonces las estrellas como diamantes. Era la pausa que aprovechaban los animales del campo y del monte para salir de sus refugios o escondites a buscar alimento. En el pueblo era la señal para iniciar la cacería, siguiendo la huella infalible que las liebres, los huidizos conejos, el astuto zorro o el bando de perdices a peón dejaban en la nieve. Todavía recuerdo la forma de esas huellas, aún sabría distinguirlas. Con las primeras luces salían, como digo, los cazadores -incluidos los que no eran cazadores durante el año- con escopetas y con garrotes en busca de los indefensos animales. Para esta empresa sobraban los perros, que lo único que harían sería borrar los rastros. El cazador habitual jugaba con ventaja: iba con escopeta. Si en el matojo, el espino o el sabino donde concluía la huella, saltaba, al sentir su presencia, la liebre encamada, el freno de la nieve en la carrera la hacía víctima fácil del disparo. El cazador de ocasión lo tenía más difícil: se valía únicamente de la cachava o el garrote y de sus manos fuertes de campesino, dispuestas a escarbar afanosamente entre las piedras hasta dar con el pobre gazapo, si descubría que el escurridizo conejo tenía su cado o escondite en el pequeño cantarral, donde acababa el rastro. El garrote lo usaba cuando sorprendía a la confiada liebre en la cama. Esta caza furtiva con nieve era dura, extenuante, pero solía resultar generosa, y los cazadores regresaban pronto a casa con el cuerpo aterido y el zurrón lleno, que se agradecía en aquella sociedad de subsistencia. Pronto se cubriría de nuevo el cielo, volvería a nevar y la nieve borraría todas las huellas.

Algo parecido ocurre hoy. La gran nevada de estos días ocultará por unos días en los pueblos deshabitados las cicatrices de las ruinas y las huellas del pasado. Junto al fuego de una vieja cocina con olor a támbara y a matanza habrá un viejo superviviente que comentará, mientras resuena el alarido de las úrguras en el hueco de la chimenea: “¡Ya no nieva como antes!”.

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