SORIA SE MUERE

por elcantodelcuco

La otra noche acudí a la Casa de Soria a presentar “El canto del cuco. Llanto por un pueblo”. Era una noche heladora, lo que no impedía que la Puerta del Sol estuviera muy concurrida. Esta animada presencia humana contrastaba con el silencio y la soledad que se apoderarían a la misma hora de los pueblos sorianos. Seguro que por sus calles, pensé, cubiertas de nieve, no circula ahora un alma. Esa sensación de frío, dejadez y desamparo no se despejó siquiera del todo cuando entré en el destartalado portal del número 5 de la Carrera de San Jerónimo, con una Administración de Lotería a la derecha, y, prescindiendo del ascensor, emprendí la subida por las oscuras escaleras hasta el piso primero donde está instalado el meritorio centro soriano. Poco a poco, el saloncito se fue llenando con gentes de la tierra -puede que en Madrid vivamos más sorianos que en toda la provincia de Soria, sin contar a los que vienen de paso- y la velada resultó entretenida. El principal animador resultó el embajador José Cuenca, que además de destacado diplomático -acaba de publicar un libro imprescindible: “De Suárez a Gorbachov”- es un brillante escritor, un cazador empedernido y un buen amigo. Un cosmopolita como él, que ha sido embajador en Moscú, en Grecia, en Bulgaria y en Canadá, presume de ser de pueblo y ejerce de ello con notable desparpajo. Ama a Soria y a los toros, tiene dos abonos en las Ventas y todos los años por San Isidro me invita a contemplar una corrida a su lado. Estaba previsto que en la improvisada mesa de la Casa de Soria nos acompañara el naturalista, escritor y también amigo Joaquín Araujo, que cultiva personalmente la tierra en su pueblo de Extremadura, pero una avería del coche lo dejó tirado.

Me esforcé en hacer ver que “El canto del cuco. Llanto por un pueblo” no es un libro triste. Pero no tuve éxito. Procuré resaltar que el protagonista del libro era el paisaje. Traté de demostrarlo leyendo algunos pasajes significativos del cambiante paisaje de las Tierras Altas en cada una de las estaciones. Todo fue inútil. Después de leer ante aquel público adicto el capítulo “Las máquinas”, origen de la despoblación del mundo rural, y, sobre todo, el de “Los últimos vecinos”, en el que relato la muerte de Valdenegrillos, con la marcha del Zacarías y la Romana, uno del público comentó en voz alta: “¡Y luego dices que no es un libro triste!”. Ahí habría quedado la cosa, si no hubiera sido por la intervención final del presidente de la Casa de Soria, que nos obligó a bajar de la nube y poner los pies en la tierra. Un maltrecho José María Aceña, al que la hernia y el ácido úrico no le impidieron acudir a la cita, hizo uno de los repasos más demoledores que he oído últimamente sobre el porvenir de la provincia de Soria. Su pesimismo estaba justificado. Era más que un pesimismo antropológico. Lo basó en datos contantes y sonantes. No sólo se quedan vacíos los pueblos pequeños, sino que también pierden vecinos, según los números del último año, las principales cabeceras de comarca y hasta Soria capital. “Al paso que vamos, existe el riesgo -concluyó Aceña- de que Soria quede despedazada, desmembrada y distribuida entre las provincias vecinas”. A mí se me encendió la sangre. ¿Cómo podíamos permanecer impasibles ante semejante desafuero, ante tal desbarajuste? Y, a partir de entonces, se acabó la lírica.

Soria se muere. Soria se muere entre la indiferencia general. Una de las provincias más hermosas de España, más cantada por los poetas, más recorrida por los escritores, más cargada de historia y de cultura, está muriéndose. Ha llegado el momento de poner el grito en el cielo o donde haga falta. Los desequilibrios demográficos en España son ya escandalosos, injustos y ruinosos. No hace falta ser un gran estadista para darse cuenta de que esta catástrofe demográfica, esta injusticia manifiesta, es uno de los grandes problemas a los que es preciso poner remedio, mucho más grave que la “cuestión catalana”. Hay que movilizar a la opinión pública. Las autoridades provinciales, regionales, nacionales y europeas deben tomar cartas en el asunto sin pérdida de tiempo. El reequilibrio demográfico exige un plan integral, empezando por las zonas más deprimidas -y basta echar un vistazo al “desierto del Duero”, a las parameras sorianas y no digamos a las Tierras Altas- con incentivos fiscales a las empresas, una buena red de comunicaciones, etcétera. Sin bravuconerías innecesarias, ha llegado el momento de recuperar el espíritu comunero. ¿Llanto por un pueblo? ¡Llanto por una provincia entera! ¡Llanto por la Mesta! ¡Llanto por el corazón apagado de la Celtiberia! Cuando me levanté de la mesa, más preocupado y triste que cuando me senté, me encontré con Jorge Sanz, que me enseñó su deslumbrante libro de fotografías, que reflejan con toda nitidez el desamparo y la decadencia de las Tierras Altas. Me quedé con la paradigmática foto de la Romana de Valdenegrillos, metiendo el burro en casa. (No la publicaré para que no digan que invado su intimidad, como si esta valerosa mujer no fuera ya el símbolo de ese desamparo). Al salir, me susurró José María Aceña: “Acaba de cerrar la Casa de Guadalajara en Madrid, así que ya veremos…” O sea, malos presagios. En esas andamos cuando más se necesita el amparo, la presencia y la resistencia. Si hace falta, habrá que ejercer la resistencia numantina. Al bajar a la calle, la Carrera de San Jerónimo hervía, a pesar del frio, de gente variopinta, los bares seguían animados y, al fondo, aparecía la silueta del palacio de las Cortes, que preside un soriano, con las luces apagadas.

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