A LA BUSCA DEL PUEBLO PERDIDO

por elcantodelcuco

Esta mañana me ha traído el correo un libro. He abierto el sobre y, en cuanto he visto la portada, unas ruinas majestuosas cubiertas de vegetación, ya no he podido dejarlo de lado. En la televisión daban a esa hora el debate sobre el estado de la nación. Ni siquiera la he apagado. Las palabras de los políticos sonaban como ruido de fondo, como el viento o la lluvia en los cristales. Si en un momento dado, alguno de ellos hubiera mencionado a los pueblos o hubiera propuesto algún remedio al dramático problema de la despoblación, yo habría levantado, como un resorte, los ojos del libro y habría prestado atención a la voz que, con el sonsonete acostumbrado, procedía del Parlamento, sede de la soberanía nacional. Pero no ha habido lugar. Así que he continuado mi particular viaje por los cincuenta lugares perdidos o rehabilitados de España, acompañando en el recorrido a Agustí Hernández Dolz, joven periodista valenciano, experto en estas lides. El libro está en catalán (o en valenciano, si hay que ser preciso), pero se entiende todo. Su título, “Pobles abandonats de la Península Ibérica”, responde fielmente al contenido de la obra. El autor se ha echado a los caminos y ha visitado estos lugares, en los que las ruinas no han perdido su magnificencia, con la cámara de fotos al hombro, dejando de cada uno de ellos testimonio gráfico y literario. Sarnago no está incluido en la lista de pueblos perdidos, pero en la página 15 aparece una foto de mi calle tomada desde los Peñascales con la siguiente leyenda: “Un pueblo que está siendo rehabilitado por los antiguos propietarios”. Así es. Ahora el esfuerzo consiste en levantar la iglesia, una proeza.

Me ha parecido que ir en busca del pueblo perdido no es muy distinto del empeño de Proust de buscar el tiempo perdido. De hecho, se confunden. En cada una de las páginas del libro nos topamos, como si saliera prodigiosamente a nuestro encuentro, el tiempo que se fue y que no volverá. Todo vuelve por un instante a recuperar vida: los muros de las casas, las calles, los caminos, los árboles, los campos y colinas del entorno. Entramos, con este libro en la mano, en lugares de distintas provincias, hermanados ahora por las ruinas, que un día estuvieron llenos de vida y que sólo conservan ya el nombre. Con el paso del tiempo, las diferencias entre unos y otros se han diluido. Muchos de ellos tienen nombres sonoros – Acrijos, Aldealcardo, Campo de Benacacira, Claramunt, La Estrella, La Santa, Las Dueñas, Las Ruedas de Enciso, Montesquiu, Moralejo de Arriba, Peñalcázar, Santa María de Cameros, Saranyana, Tordesalas, Umbralejo, Villanueva…- repetidos mil veces por cien generaciones, como parte esencial de las señas de identidad propias y que no tardarán mucho en borrarse también de la memoria de la gente. Así que lo menos que se puede hacer es dejar constancia de ellos.

Dice Agustí Hernández: “Pueblos en silencio a la vera de sendas, caminos empedrados o pistas. El agua de los ríos y barrancos que continúa corriendo, choperas o árboles frutales y el mistral compañeros del silencio entre iglesias, fuentes, casas y esperanzas de personas que se fueron”. El viaje, contado en este libro, es, como digo, el testimonio, en cincuenta capítulos -cada uno de los lugares visitados-, de su experiencia senderista recorriendo pueblos abandonados en días de sol, lluvia, viento o niebla, en ambientes muy diferentes y cubriendo el ciclo cambiante de las cuatro estaciones. “El libro -continúa Agustí- es un hilo para reivindicar el patrimonio material e inmaterial que son los pueblos abandonados, y a la vez mostrar las nuevas situaciones que se dan, con la rehabilitación y, en algunos casos, recuperación de estos lugares. El libro es también un homenaje a las personas que se fueron en busca de un futuro mejor y a los que fueron expulsados de su casa”. La verdad es que este libro es una invitación a echarse la mochila al hombro y recorrer caminos y lugares escondidos a reencontrarse con el silencio y con el tiempo perdido. ¡Qué contraste con el ruido parlamentario que sigue ofreciendo la televisión!

Tengo que confesar que, antes de llegar el correo a mi puerta con el libro de Agustí Hernández, me disponía a escribir hoy de las “ecoaldeas”, ese interesante experimento en busca del pueblo y del tiempo perdidos, en realidad, en busca de uno mismo, que empiezan a proliferar entre nosotros -ya hay diecinueve en toda España- y que demuestran que no todo está perdido. En ellas la vida vuelve a discurrir, y discurre muy despacio. Una “ecoaldea” es un poblado de nueva planta, como el de las treinta casas edificadas, mediante una cooperativa, en una colina de Valdepiélagos, a cincuenta kilómetros de Madrid, o un viejo pueblo rehabilitado y repoblado, en la que se asienta una comunidad que tiene por objetivo ser sostenible social, ecológica y económicamente. En ella todo el mundo se conoce y se comunica con los demás. Trabajo, estudios, ocio y necesidades diarias, todo está cubierto dentro de la “ecoaldea”, que a mí me recuerda a los “kibutzs” de Israel -un día visité y dormí en uno de ellos en el dedo de Galilea, junto al río Jordán niño, una experiencia inolvidable-. Y lo que es fundamental: integración con la naturaleza, con respeto y cuidado del entorno, practicando la agricultura tradicional, con huertos familiares, construcciones bioclimáticas, reciclaje de residuos y aprovechamiento de las energías renovables, etcétera. Algo así como la vuelta al paraíso. No sé si tendrán futuro, pero cada vez hay más gentes de toda edad y condición, perdidas en la gran ciudad, que sienten la llamada de la tierra.

Cuando he terminado de leer el libro, los políticos seguían hablando y he apagado la televisión.

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