EL TÍO CO

por elcantodelcuco

Era un hombre de estatura menuda, piel cetrina, ojillos marrones, cejas pobladas y cabeza más bien pequeña, haciendo juego con el resto de su cuerpo, con pelo corto y canoso cubierto siempre por una boina negra descolorida para los días de diario y otra del mismo color, más voluminosa y nueva para los domingos y grandes ocasiones. Solía llevar en los rebordes de la boina colillas de tabaco apagadas sin apurar y en el bolsillo de la chaqueta un chisquero de mecha para encender el cigarro fabricado de residuos o de la hebra de la gastada petaca. Siempre lo conocí sin dientes y, andando el tiempo, con una hernia inguinal, que se sujetaba con un vendo. Con un cigarro, una baraja y un vaso de vino el tío Co era el hombre más feliz del mundo. Su único lujo del que presumía era el reloj que el amo del trujal le había entregado en herencia antes de morirse. Lo traigo hoy aquí a cuento porque el 11 de marzo era su cumpleaños y me ha parecido que ya es hora de rendir homenaje de gratitud a una de las personas, aparentemente insignificante, que ha formado parte íntima de mi vida y, con él, honrar a todos los campesinos anónimos que han gastado su existencia en silencio, entre mil calamidades, sin quejarse y sin hacer daño a nadie, labrando las tierras, recogiendo la cosecha, cultivando las huertas, acarreando leña del monte y cuidando el ganado. Del tío Co, que yo sepa, nadie en el pueblo ha hablado mal nunca. Ni él dio pie a ello. No tuvo enemigos, que no es poco. No le sobraban habilidades materiales ni tenía gran capacidad de disposición, pero era lo que se dice, en el mejor sentido de la palabra, una buena persona. Y ya se sabe, como le advertí un día a Paco Umbral, al mundo lo salvan las buenas personas.

Con el tío Co, hermano de mi madre, que se quedó soltero y no consta que tuviera nunca novia, pasé mi niñez en Sarnago, y, hasta que él murió al final de una ancianidad bien cumplida, vivió con mi madre y con nosotros siempre. En cierta manera, a la muerte prematura de mi padre, él hizo de padre, junto con el abuelo Natalio y el tío Sotero. De muy pequeño incluso me tocó dormir en su cama, en el cuartito enfrente del balcón, junto a la cocina. Yo lo esperaba muchas noches despierto a que terminara de apiensar los caballos y me alegraba cuando veía el resplandor del candil por la escalera iluminando aquella oscuridad total, que tanto me abrumaba. Todos los años, el día de mi cumpleaños, presumía de la gran galopada que se dió, envuelto en una nevada, cuando mi madre se puso de parto, a buscar a don Higinio, el médico, en San Pedro Manrique, a una legua de camino. Aseguraba que estuvo a punto de reventar al “Tordillo”. Por lo visto, el parto no venía fácil y, si no hubiera llegado a tiempo el médico, tal vez no estaría yo contando ahora esto ni nada. Así que puede que le deba la vida.

Siempre me pareció que fue más pastor que labrador. Conocía mejor las ovejas que la barbechera. Quiero decir que se encontraba más a gusto en la majada, entre primalas y andoscas, que detrás del arado. Era asimismo más morralero que cazador, aunque se pasó la vida presumiendo de haber matado una vez dos perdices de un tiro en Bajorente y, sobre todo, de haber volteado una libre con la “tuerta” -escopeta de un caño- a ochenta metros cuando la rabona enfiló la vereda y saltó una paretilla en la bardera de la Virgen del Monte. A pesar de su aspecto inofensivo, que parecía incapaz de matar una mosca, se constituyó en matarife indiscutible de la familia tanto en el esperado rito de la matanza del cerdo como a la hora de sacrificar el gallo o un cabrito para la fiesta. Como tendero o estanquero no fue desde luego un lince, y como buhonero, vendiendo chupalandrainas y baratijas por las aldeas de alrededor cuando llegaban las fiestas, menos. Lo sé muy bien porque yo le acompañé de niño en varias ocasiones a montar el tenderete en la plaza, donde se ponía el baile, y no vendía ni cucuruchos de cacahuetes. Me parece que sólo se sentía importante de trujalero, cuando él tenía que seleccionar y contratar a la cuadrilla que le acompañaba cada año a trabajar en invierno en el trujal del Chivite en Cintruénigo, Navarra. El trujal, ejerciendo de capataz, era el único sitio, la única ocasión en que mandaba algo en la vida, y todos los años “el amo” le invitaba un día a comer con él en su misma mesa. Además “La Cachota”, criada del amo, le tenía por lo visto consideración y afecto, lo que dio pie a tórridas leyendas seguramente descabelladas.

Pero lo que verdaderamente marcó la vida del tío Co fue la guerra de África, donde pasó los tres años más floridos de su juventud y de donde volvió hecho una piltrafa humana. Allí participó el 8 de septiembre de 1925 en el desembarco de Alhucemas, ordenado por el general Primo de Rivera. Fue el primer desembarco aero-naval de la historia mundial, paró los pies a Abd el-Krim y puso fin a la guerra del Rif. El general Eisenhower lo tomó de modelo años después para el desembarco de Normandía. Entre los trece mil soldados españoles estaba el pobre tío Co, que no sabía nadar, que era incapaz de disparar a nadie y que atribuyó a un milagro de la Virgen del Pilar haberse salvado ese día de morir ahogado. Nos contaba que mataban los ratos de ocio con carreras de piojos, y que, por la noche, en los períodos de calma, intercambiaban tabaco con los moros, sus “enemigos”. Por si fueran pocos los peligros de la guerra, enfermó de tifus, y cuando la abuela Bibiana lo vio llegar por el camino de San Pedro y salió a su encuentro, no lo conocía. Después del desconcierto inicial, lo abrazó y sólo acertó a decirle: “Pero hijo, ¿qué te han hecho?”. El tío Co siempre nos contaba que las nubes venían del mar, donde cargaban la lluvia. Y si le contradecías, se ponía serio y te decía: “Yo las he visto en África cargando en el mar”. Vaya hoy este recuerdo a más allá de las nubes.

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