EQUINOCCIO DE PRIMAVERA

por elcantodelcuco

Con los primeros soles de marzo han vuelto los mirlos, que en la entrada del otoño habían desaparecido misteriosamente de la urbanización. Una pareja de ellos, visiblemente enamorados, se persiguen descaradamente ahora mismo por el jardín en un divertido juego amoroso, mientras las torcaces han vuelto a construir su nido, un habitáculo elemental con cuatro palos entrecruzados, en el viejo álamo gigante del fondo y se dedican a poblar el día, desde el amanecer hasta la noche, con un dulce y monótono rumor de arrullos. Este era su hábitat natural, del que las expulsó el cemento y el ladrillo, y han vuelto con todo derecho.Ya ha florecido también el albaricoquero y en la hierba han salido las primeras margaritas y un enjambre oloroso de violetas ocupa todos los rincones. Por San José, cuando en la meseta se siembran los garbanzos, veré las golondrinas, fieles a la cita. Y un día de estos, en torno al equinoccio, llegarán a este mundo competitivo, en una curiosa competición por ver cuál de ellas llega antes a la luz, mis dos nuevas nietas, Luna y Manuela. Quiero decir con todo esto que para mí, aunque soy consciente de los últimos ramalazos del invierno, no sólo meteorológicos, que no suelen fallar, ya ha llegado la primavera, aunque nadie, ni yo mismo, sepa cómo ha sido.

Como contraste, en las Tierras Altas la primavera llega más tarde, cuando florecen los bizcobos, los escaramujos, que nosotros llamamos calambrujos, y los espinos blancos. Y es más breve. Puede que allí marzo, que tiene fama de traidor, tan pronto frío como calor, se despida con algún nuevo algarazo de nieve y deje su firma blanca en las umbrías, en las barranqueras y en la sombra helada de los ribazos. El viento aún bramará en el monte y agitará las ramas desnudas de los árboles, haciendo verdad el refrán más repetido y esperanzador de que marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso. Para eso, para ese final feliz, aún falta un rato, pero el que no se consuela es porque no quiere. Si con este tiempo te aventuras a echarte a los caminos, te recomiendo que no dejes en casa el tabardo y el tapabocas, por si acaso. Observarás que los sembrados aparecen aplastados por el hielo y en las tierras yertas verás correr, como si fueran liebres, los matojos y los cardos secos. Difícilmente tropezarás con un arriero ni, en los tiempos que corren, con una yunta preparando la tierra para sembrar los tardíos, ni con una piara de ovejas, careadas en la ladera, que no hace tanto, hasta que pasó lo que pasó, hiciera frío o calor, animaban el paisaje y alegraban los oídos con el tintineo de los cencerros y el alegre ladrido de los perros guardianes.

Este año el equinoccio de primavera se estrena con un eclipse de sol. Un fenómeno así inquietaba a los antiguos. Y aun ahora cualquier supersticioso se tentará la ropa y más viendo la agitada primavera electoral que tenemos por delante y las amenazas que llegan de fuera con ruido de alfanjes, luz de media luna y olor a sangre caliente. Más de uno se habrá acordado de los Idus de marzo y de Julio César cuando ha oído las amenazas de los fanáticos y cuando, aquí dentro, ha visto brillar en alto los puñales de los mítines. Es verdad que los Idus son el 15 de marzo, y por tanto parece que el peligro ha pasado, como dice el Gobierno, alegre y confiado; pero hay quien piensa que no conviene hacerse demasiadas ilusiones. El adivino le había advertido a César, según Shakespeare: “¡Cuídate de los Idus de marzo!”. Cuando César iba aquel día camino del Senado se encontró de nuevo con el adivino en la calle, se acercó a él y le dijo riéndose: “Los Idus de marzo ya han llegado”. Y el adivino le replicó: “Sí, pero aún no ha acabado el día”. Poco después Julio César caía abatido por los puñales de los conjurados. Fue entonces cuando, herido de muerte, le dijo a Bruto: “¿Tú también, hijo mío?”. Eso ocurrió en Roma en los Idus de marzo que hasta entonces tenían fama de día de suerte. Era el año 44 antes de Cristo. Digo que no está claro si la primavera está llegando a España y el eclipse será pasajero o nos amenaza un fuerte cordonazo del invierno y una nueva oscuridad. Esa es la principal zozobra de los más temerosos.

Contra los malos augurios y contra viento y marea, hoy es día de abrirse a la vida. Ha llegado el momento de ignorar a los agoreros y a los profetas de calamidades. Digo, por si no ha quedado claro, que por aquí ya ha aparecido la primavera. No ha sido un estallido, como dicen los falsos poetas y sus imitadores, sino que ha llegado despacio, paso a paso, poco a poco, como pisando algodón, sin que nadie sepa cómo ha sido. Desengáñense. La primavera, lo mismo que la vida, el amor y la muerte, llega despacio y en silencio, como debe ser. Yo lo supe cuando una mañana al abrir la ventana vi que había empezado a florecer el albaricoquero y otro día alguien dijo: “¡Mira, una violeta”. Y luego observaba a los mirlos y a las palomas torcaces preparando el nido, y notaba, cuando sonaba el despertador, que el día empezaba a ganarle el pulso a la noche y veía que volvía a florecer el amor en los bancos del parque. Entonces me acordaba de que “en marzo, los almendros en flor y los mozos en amor”. Y, por si fuera poco, en mi caso supe que dos nuevas nietas llamaban a la puerta, confiadas en ser bien acogidas en este perro mundo. Perdónenme que sea tan personal, pero para mí la primavera se llama este año Manuela y Luna.

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