LA CASA DE BÉCQUER EN NOVIERCAS

por elcantodelcuco

Alguna vez he pasado, casi sin detenerme, por Noviercas, un pueblo soriano, al pie del Moncayo, entre Ágreda y los campos de Gómara. La próxima vez haré parada y fonda. Tengo la vaga imagen de un robusto torreón árabe en la plaza, vestigio de haber sido plaza fuerte del poder musulmán, compitiendo con la solidez de la iglesia parroquial, también de piedra rojiza bien labrada, sacada seguramente de la misma cantera varios siglos después, en la que destaca su fachada plateresca. El pueblo llegó a tener casi mil habitantes, pero ahora, durante el año, no pasa mucho de las cien almas. Abajo se abre el valle de Araviana, donde, traicionados por su tio Ruy Velázquez, incitado éste por doña Lambra, su joven esposa, perecieron los siete infantes de Lara y su fiel servidor Nuño Salido, después de una mortal emboscada. La ermita de los Remedios de Noviercas disputa a otros sitios el lugar del enterramiento de los cuerpos decapitados. Yo buscaba entonces información para mis “Leyendas de la Alcarama” y no me paré a más. Con el Moncayo de fondo, estos campos de Araviana, donde, según me dicen, llegaron a pastar veinte mil ovejas, hoy aparece rodeado y aprisionado por un gigantesco parque eólico, como una corona de espinas. Recorriendo fugazmente sus calles, nadie me habló aquel día de Bécquer, ni me señaló la casa donde había vivido, ni observé ninguna placa dedicada a su memoria. Sólo en el bar, junto a la carretera, donde unos hombres jugaban a las cartas, vi una efigie del gran poeta romántico bajo el televisor encendido.

Después, ignorante de mí, he sabido por la “Soria” de Dionisio Ridruejo, que en Noviercas “casó con poca fortuna el pobre Bécquer” y que “allí pasó veranos e hizo excursiones con su hermano el pintor, tomando notas de carácter con tipos y paisajes y anotando leyendas e impresiones”. Así es. Hace unas horas he estampado mi firma para que la casa donde pasó largas temporadas de su breve vida entre 1860 y 1868, que está semirruinosa, no sea demolida por fuera ni por dentro. O sea hay que mantener el edificio, debidamente reformado y habilitado, sin perder su estado original. La casa lleva más de cuarenta años deshabitada. Ha hecho bien el Ayuntamiento en comprarla , después de un largo regateo, por ocho mil euros. Ahora hay que acertar en la reconstrucción para convertirla en un centro de peregrinaje e interés cultural. La Asociación de Amigos de Noviercas -es altamente significativo que en cada pueblo soriano, antes de morir del todo, surja una activa asociación cultural- se muestra vigilante e impulsadora en este caso. La casa en el rincón de la calle, hecha de mampostería, tejas árabes, tres plantas, una vieja puerta claveteada, dos ventanas centrales, una más pequeña que da a los bajos y el ventanuco del somero, no destaca sobre las otras casas. El calicanto de la fachada aparece oculto por un enfoscado desvaído, en el que sobresale una cenefa de baldosas, como único adorno. La típica arquitectura rural de la zona, sin nada que llame la atención; pero de un gran valor simbólico y sentimental.

En esta casa pasó Gustavo Adolfo Bécquer algunas horas felices y muchas horas amargas. Era la casa de la familia de su mujer, Casta Esteban, hija del médico y que, por lo visto, no hizo mucho honor a su nombre. Aunque nacida en Torrubia, se afincó en Noviercas, el pueblo de su madre. Allí nacieron dos de sus tres hijos, Gustavo y Emilio. El del medio nació en Madrid. El poeta no cita en sus escritos a este pueblo, donde pasaba sobre todo los veranos, pero sí en las cartas que escribió a su mujer, alguna de las cuales se expone en el pequeño museo levantado en el pueblo a su memoria. Lo cierto es que, coincidiendo con esta etapa, Bécquer dió a la luz sus mejores leyendas de ambiente soriano, en las que aparece el Moncayo, Almenar, Soria, el Duero, etcétera, leyendas tan señaladas como “Rayo de luna” o “El monte de las Ánimas”. El matrimonio se rompió en 1868, dos años antes de la muerte del poeta en Madrid, tísico, pobre y abandonado. Según cuentan, la Casta se entendía con “El Rubio”, un jaquetón perdonavidas que se llamaba Hilarión. Las gentes decían que el último de sus hijos, Emilio, que murió en Ágreda a los cinco años, tenía su misma cara. A la muerte de Gustavo Adolfo, la viuda volvió a contraer matrimonio con un recaudador de contribución bastante mayor que ella. Cuentan que una noche de carnaval, cuando la pareja volvía a casa después del baile de máscaras, se cruzó con ellos un enmascarado vestido de harapos con una gran cornamenta en la cabeza y un cartel en el pecho que decía: “Gustavo Adolfo”. Poco después sonó un disparo y, a los pies de Casta Esteban, cayó herido de muerte su nuevo marido, envuelto en las sombras de la noche. Todo el mundo atribuyó el disparo a “El Rubio”, pero el crimen nunca se aclaró.

Aún suena en las calles de Noviercas la “Ronda de los Quintos”, a pesar de que hace años que se acabó la mili.

Aupa Noviercas,
los carnavales
van a empezar.
Y con la ronda
que está en la calle
has de bailar.

Y aún se adivina en las noches de luna la sombra de Gustavo Adolfo Bécquer en los muros del monasterio de Veruela, en el huerto de Tozalmuro, en la vieja casa de Noviercas, ahora en danza, y entre los quejigares de la sierra del Madero. Ya es hora de que Soria lo haga de una vez suyo.

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