El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: abril, 2015

EL CATASTRO

La idea de escribir hoy del catastro me la ha dado el poemilla, como él dice, del poeta soriano de las Tierras Altas Fermín Herrrero, con el que remató su discurso ante las altas autoridades y demás fuerzas vivas de Castilla y León el día de la Comunidad, en el acto en que recibió el Premio de las Letras. No me resisto a compartirlo con todos los seguidores de “El canto del cuco”, cosa que haré al final para dejarles buen sabor de boca. Uno de los grandes atractivos de Herrrero, como dijo en tan solemne ocasión, es que sostiene su poesía con palabras viejas de Castilla, con el sabor de lo auténtico, arrimándose a la articulación del pensamiento entrecortada, implícita, seca, como es el habla de las gentes de las Tierras Altas, de las que él y yo venimos. Una tierra áspera, solitaria y fria, que nos duele y, acaso por eso, amamos. En el mensaje que me envía acompañando el texto del discurso me lo adelanta sin énfasis ni aspavientos: “Hablo un poco de nuestra tierra”. ¿Por qué será que no podemos resistirnos? “Son palabras -dijo a la cara al Presidente de la Junta- que vienen de un lugar olvidado, sumido en la condena del abandono, desde el alto llano numantino y machadiano, desde una comarca con menos densidad de población que el Sáhara. Más allá del poema, (las palabras) son también una llamada de socorro. De no mediar un solidario y sostenido apoyo institucional, más temprano que tarde la provincia de Soria desaparecerá como tal”. Como se ve, sin ponernos antes de acuerdo, Fermín y yo tocamos el mismo tenterenublo.

¡Ah!, el catastro. Para mí es una palabra dura, fuerte, picuda, fea. O me lo parece. Lo de menos es que venga de Grecia y haya tenido largo recorrido. No se ha dulcificado por el camino. Habla de censo, de lista, de control. Es, como se sabe, el listado o censo de bienes rústicos y urbanos en manos de la Administración, sobre todo para cobrar tributos. Me recuerda al recaudador de la contribución, un mocetón moreno, con bigote, que venía en moto desde Castilruiz levantando polvo por el camino. Había heredado de su padre el oficio de cobrador de tributos y tenía que sacar el estambre a aquellos pobres campesinos de la posguerra que no recibían nada a cambio y que no tenían donde caerse muertos. Y me trae a la memoria, aunque no tenga nada que ver, a los temibles delegados, con el Macarrón a la cabeza, que amedrentaban al pueblo. La gente, cuando se enteraba de que venían, metía en escondrijos inverosímiles lo poco que tenía: un garrafoncillo de aceite, media talega de harina… Y al racionamiento, claro. Cuando volvíamos de vacaciones, los niños de la familia ayudábamos al tío Sotero, el secretario, a hacer el catastro de Sarnago, El Vallejo y Valdenegrillos. Allí, en la sala del Ayuntamiento, envueltos en el humo del cigarro, con los retratos de Franco y José Antonio vigilando desde la pared del fondo, nos pasábamos las horas muertas rellenando casillas y ajustando datos, que el tio Sotero, el secretario, pasaba a limpio con pluma y tintero y letra cuidada de pendolista en grandes pliegos rayados, hasta que todo cuadraba. Sobre los papeles caía constantemente la ceniza de su cigarro de cuarterón. El catastro era un trabajo minucioso, latoso, administrativo, que había que hacer siempre con apreturas de última hora, en un plazo determinado bajo la multa que hubiere lugar.

Y, dicho lo cual, aquí va el prometido poema de Fermín Herrero titulado CATASTRO, que, aunque sean versos, lo pongo, como hace él en el texto del discurso, todo seguido. Como se ve, va en segunda persona porque el poeta habla consigo mismo.

“Donde amapola, di ababol, y, si se puede, cardo. Y al vino, vino. Donde collado, altozano o alcor, otero, escribe llanamente cerro, alto o cuesta, loma. No digas lo que nunca se dijo, lo que no se dice en el pueblo. Más vale mayo frio, la paja poca y el trigo mucho. No impongas a la tarde la añoranza si es falsa o aprendida, anota simplemente el silbido del viento en los linares. No recuerdes la muerte aunque te tenga, piensa que de tanta mies se emboza el peine cada día, que eres este momento. Y al vino, vino, sólo la miga, el tuétano. Tampoco hables más de la infancia para embaucar el olvido, precisa simplemente la orfandad del muérdago en el hayedo. Más vale mayo frio. Si tempero, arraigas; si membrillo, aromas; si cierzo, tiritas. Di berro, ortiga, di bálago, acebal. No niegues la palabra amor, tampoco entrega, ni prodigio, ni tú. Ahora bien, antes de escribirlas, hazlas”.

AURELIO, EL ÚLTIMO VECINO

El 23 de Abril de 1979 murió, en el hospital de Soria, el último vecino de Sarnago. Se cumplen, pues, treinta y seis años de la muerte oficial del pueblo. En realidad, como se sabe, el pueblo no ha muerto del todo. Incluso podría pensarse que revive, lo mismo que rebrota un chopo o un rosal desmochado. Acuérdense de Machado, junto al olmo hendido por el rayo, tomando nota de la rama verdecida. Siempre hay que esperar otro milagro de la primavera. Pero es un hecho que aquel día Sarnago murió en los catastros y boletines de la Administración. Desde entonces nadie ha vuelto a requerir allí el voto del señor Cayo. Y nadie acudirá en mayo a pegar un cartel. Esa es la vulgar realidad . El luctuoso suceso coincidió, por esas casualidades de la vida, con la fiesta oficial de Castilla y León, en recuerdo del día en que las poderosas huestes imperiales aplastaron la revuelta popular de las Comunidades y cortaron la cabeza en Villalar ( ahora de los Comuneros) a los cabecillas Padilla, Bravo y Maldonado en 1521. ¡Un día señalado! Siempre me ha parecido que esta coincidencia de fecha otorgaba a la muerte del pobre Aurelio Sáez una dimensión épica y un cierto carácter simbólico. Como tengo dicho, nadie acudió a recoger su cadáver, que acabó en la sala de disección de la facultad de Medicina.

Hoy, igual que se honra a los comuneros -desde lo de Villalar, Castilla no ha vuelto a levantar cabeza-, permítanme que honre la memoria del último vecino de Sarnago, único hijo varón del tio Luis Sáez, un hombre intrépido que un día se embarcó para América donde hizo en poco tiempo una pequeña fortuna con la que construyó a la vuelta una casa grande y encalada en el barrio de arriba. Las malas lenguas corrieron entonces la voz por las cocinas y por el lavadero de que había liquidado a su socio en Buenos Aires y se había vuelto con el botín, pero nadie pudo comprobar el crimen. La casa se la construyó “El Patato” de Magaña, el mejor paretero de la comarca. Ninguna casa de los pueblos requirió los oficios del arquitecto ni del aparejador. Son construcciones asombrosas hechas por cuadrillas de albañiles autóctonos, perfectamente jerárquizados, bajo la autoridad del maestro de obra, que sabían muy bien el oficio, transmitido en muchos casos de padres a hijos. Habría que hacer justicia al buen hacer de estos albañiles rurales, que han sido los verdaderos constructores de los pueblos.

Sea por razones de consanguinidad o por lo que fuere, el caso es que el hijo del tio Luis no fue precisamente una lumbrera, aunque tampoco salió falto. En la escuela, sin ser brillante, aprendió con esfuerzo a leer y a escribir y las cuatro reglas. No necesitaba más. Pronto cogió el garrote. Siempre se me representa como un hombre tosco, desaliñado, de voz profunda y oscura, con zahones y una manta de cuadros al hombre tocando la cuerna por las esquinas para sacar la cabrada y conducirla al monte. El Aurelio era un personaje esencialmente montuno. Cuando llegó lo de la repoblación forestal se ganaba el jornal yendo a trabajar cada mañana a los pinos. ¿De qué iba a vivir si no? Por eso resistió hasta el final. Un dia desapacible de invierno se presentó, envuelto en la manta, en la casa parroquial de San Pedro Manrique. “Soy el alcalde de Sarnago”, les dijo a los dos curas jóvenes que acababan de llegar, a los que la presencia de aquel tipo les produjo asombro y desconcierto. Y a renglón seguido les advirtió: “Quedamos pocos”. ¡Y tan pocos! Él y otros dos vecinos: el Lorenzo y la Clementa, dos hermanos solterones, que también vivían del jornal de los pinos, y Tomás, el cartero, que aguantó hasta que dejó de llegar correspondencia al pueblo. El Aurelio no tardó mucho en quedarse solo, alcalde de sí mismo. Resistió lo que pudo, hasta que la cirrosis le fue minando la salud hasta acabar destrozándolo por dentro. Los curas lo llevaron al hospital. Se repuso algo y volvió al pueblo. Debajo de la cama fue almacenando un rimero de botellas vacías. Recayó gravemente. Acudieron a verlo los dos sacerdotes. Encontraron la puerta abierta. “Hay alguien ahí?”, preguntaron desde el portal. “¡Suba el que sea!”, les respondió desde la cocina con su voz cavernosa. El Aurelio, que además de algo simple, era una buena persona, desplegó enseguida su hospitalidad y les invitó a vino en un porrón mugriento y a unas patatas cocidas en un caldero. Todo lo que tenía, el pobre. “¿Hace un trago?”, les dijo. Después les entregó la llave del cementerio. “Yo ¿para qué la quiero ya?”. La segunda estancia en el hospital duró poco. Aurelio Sáez, el último vecino de Sarnago, murió a los 47 años el día de la fiesta de los comuneros. Nadie puso su esquela en la puerta de la iglesia ni tocaron las campanas a muerto. Y nadie escribió en el periódico la necrológica del último vecino de Sarnago. Por eso he traído hoy aquí su recuerdo, para que permanezca su memoria.

EL CUCO VUELVE SIEMPRE

Me cuentan que en El Valle ya han oído el canto del cuco. No tardarán en darme noticia de haberlo sentido en Sarnago por el Cubillo, la Dehesa o el Prado de los Rebollos. Confío en José Mari Carrascosa como corresponsal aventajado. Ahora anda ocupado el hombre en la nueva hacendera. No para. Me dice que lo que le preocupa de verdad es la proeza de levantar la iglesia, alzando el campanario sobre el frontón de mediodía, como estaba siempre, donde vuelvan a sonar las campanas, y convertir el templo por dentro en un espacio multiuso: religioso, cívico y cultural. Y es que sus ruinas claman al cielo, en el sentido literal de la expresión.Ya di aquí cuenta de ello en su día porque consideré que valía la pena pregonarlo. Y hoy vuelvo con la matraca como vuelve a cantar el cuco cada primavera, aunque nadie le escuche, y, si algunos lo oyen, les resulte cansino y monótono. No lo hago por capricho, ni siquiera sólo por amor al pueblo, aunque no oculto que ésta es una de las razones de peso. Recuerdo vívamente el día en que me informaron de que, con los temporales de invierno, se había derrumbado la iglesia. Fue un golpe duro, uno de esos días amargos en la vida. Era como si al pueblo y a mí mismo nos hubieran arrancado el alma. Sentí casi físicamente que el alma se me caía a los pies. Pensé: ¡Mierda, se acabó, ya no queda esperanza! Nada nos envejece tanto como la muerte de aquello y de aquellos que formaron parte de nuestra infancia. La iglesia formaba parte esencial del pueblo y de todas las infancias. En torno a la iglesia, situada en lo alto, se había cobijado el caserío desde su origen. Constituía la referencia, no sólo espiritual. Esto era más evidente cuando, de regreso a casa después de una larga ausencia, asomabas por el puerto de Oncala y veías al fondo el pueblo acurrucado en la ladera, con sus casas de piedra, algunas encaladas, sus tejados rojos, la orla vegetal del barranco y las herrañes y, en el centro, bien visible, el frontón coronado por las campanas.

La reconstrucción de la iglesia sería la mejor noticia para las Tierras Altas en mucho tiempo, una señal de que la resistencia a morir va en serio. Tendría un efecto contagioso y estimulante. Pero corre el tiempo y todo sigue igual. Se le pasa el tempero al barbecho y amenaza con convertirse en un erial. Hasta ahora la generosa y brillante idea viene tropezando con la lentitud o la indiferencia de la burocracia civil y eclesiástica, que ni hacen ni dejan hacer. O sea, dicho en plata, que se interponen los trámites, el ¡vuelva usted mañana! de Larra. Como escribió Pío Baroja cuando la pérdida de las colonias, lo asombroso es que con esta burocracia no hayamos perdido hasta los pantalones. ¡Estos ilusos de Sarnago!, dicen los funcionarios de turno. Se sonríen por lo bajo con cara de falsa conmiseración, te dan un golpecito en la espalda, te despiden en la puerta y siguen a lo suyo. ¿A quién puede importarle que un pueblo oficialmente desaparecido, en el que no habrá elecciones el 24 de Mayo, pretenda revivir y crear un espacio habitable, digno, humano, para disfrute de sus antiguos habitantes, ya envejecidos, que con mucho sacrificio han arreglado sus viejas casas, para sus hijos y para sus nietos? Pasa lo mismo con el arreglo del camino. Las máquinas de la Diputación siguen criando óxido, arrumbadas en vaya usted a saber dónde, y no acaban de aparecer por la Cruz de la Villa ni para asfaltar los cuatro kilómetros de camino ni para desescombrar la iglesia.

Le he sugerido al presidente de la Asociación ir en peregrinación, si hace falta descalzos o de rodillas antes de coger las horcas, a ver al obispo y al presidente de la Diputación y, si es preciso, acudir al lucero del alba, que suele brillar en la Corte. Hemos hablado de financiar, en parte, las obras de la iglesia mediante “crowdfunding”, además de relucir distintos picaportes. Acaso podríamos montar en Sarnago un campo de trabajo con alumnos de Arquitectura e Ingeniería, dándoles hospedaje en el albergue de Fuentes de Magaña. El Dioni, activo alcalde de este pueblo, siempre ha mostrado la mejor disposición. Personalmente estoy pensando en iniciar una recogida de firmas de escritores, artistas, pensadores y famosos, que sean sensibles a la desaparición de la cultura rural… ¡Qué sé yo! Desde este momento abro en este blog un buzón para ideas y sugerencias. Por pedir ayuda no llevan a nadie preso. Es un reto difícil y, por eso mismo, atractivo, como alcanzar la cima de la Alcarama por la empinada pista forestal, pisando cantalobos. Sé de sobra que para las cosas del corazón hay que sudar y sudar. Y, en resumidas cuentas, yo no me atrevería a decir que en los montes desiertos de las Tierras Altas el canto del cuco que no oye nadie supone un esfuerzo inútil. Por eso vuelve siempre a mediados de abril. Por algo será.

EL VALLE

Vuelvo de Soria con el zurrón cargado de historias y paisajes dignos de consideración. No me resisto a ocuparme hoy de estas impresiones sorianas, que, como todo el mundo sabe, me tocan muy de cerca. Esta vez no he tenido ocasión de traspasar la peculiar comarca que riegan el Razón y el Razoncillo. De entrada dejo caer que el que no haya tenido ocasión de recorrer El Valle, que llaman la “Suiza soriana”, en un día luminoso cuando despierta la primavera, entre las verdes praderas bordeadas de fresnos desmochados, el robledal desnudo, el rumor del agua en los regatos del monte, este año abundantes por la generosa aportación del invierno tardío, el tableteo de las cigüeñas en los campanarios, las primeras violetas y la nieve arriba en la Cebollera, se habrá perdido uno de los paisajes más apacibles y hermosos de esta provincia del alto Duero, tan cantada por los poetas y tan olvidada por los poderes públicos. Un rincón singular, privilegiado, exhuberante, a treinta kilómetros de la capital, que contrasta con la parda austeridad de las parameras castellanas.

Un día no lejano estuvo la comarca poblada de vacas royas y con su cremosa leche se elaboraba la auténtica y famosa mantequilla soriana. Estos días de Semana Santa las calles del pueblo, por donde antes discurrían las vacas lentamente sonando los cencerros -tolón, tolón- hacia los pilones de las fuentes, una fuente de varios caños en cada plaza o plazuela, estaban pobladas de coches. Esa es la metamorfosis, ese es el cambio: vacas por coches. Vacas de dentro, por coches de fuera. Ruido de motores, por mugidos. De este modo los pilones se convierten en anacrónicos, como tantas otras cosas, si no hay animales que vayan a abrevar en ellos. A falta de vacas de verdad, junto a cada pilón ha puesto el Ayuntamiento la escultura de una vaca de tamaño natural y de un gran realismo, y en el antiguo lavadero, el viajero curioso puede ver una exposición que explica detalladamente cómo se fabricaba la mantequilla a mano. Es un esfuerzo meritorio por mantener la memoria y atraer al turismo. Los niños que llegan de la ciudad se suben a las vacas de mentira y sus padres les hacen fotos. A los que hemos conocido las vacadas y las piaras de ovejas esto nos produce melancolía. Hoy en la tienda del pueblo venden la leche en tetrabric. Ya no hay cantarillas en la puerta ni se ven apenas vacas ni ovejas en El Valle. Ni vecinos. Cada año quedan menos vecinos. Sólo forasteros de paso. Es como si, por arte del diablo, se despoblara el paraíso.

Fue ésta una tierra de indianos y de ricos ganaderos, cuya huella se nota en las amplias casonas de piedra. Eran otros tiempos. Muchas casas aparecen encaladas. Basta observar desde lo alto de la ermita de Las Espinillas, cerca del castro celta, los blancos caseríos de Valdeavellano de Tera, capital de El Valle, Sotillo del Rincón, La Aldehuela y Villar del Ala. (La pintoresca aldea de Molinos de Razón pilla a trasmano media legua más arriba). Me dicen que esta costumbre de encalar las casas y poblar la entrada y los balcones de geranios y clavelinas la trajeron los pastores trashumantes de sus correrías por Andalucía. No es extraño que junto a la casa haya también, como una prolongación de la misma, un amplio huerto con frutales, donde estos días cantan los mirlos y otros pájaros en celo. En el huerto del cura, como cada año, he descubierto sin mayor esfuerzo un nido de mirlo. Cuando me vine, tenía ya tres huevos. A este propósito le oí a mi hermano una graciosa historia, atribuída a José María Pemán. El poeta andaluz, brillante articulista, monárquico juanista y un tiempo famoso por “El divino impaciente”, se encontró en un mercadillo con un hombre que vendía pájaros. Y le oyó que pregonaba: “Las mirlas a tres reaaales y los mirlos, a cincooo”. Picado de la curiosidad, Pemán se le acercó y le preguntó: “Buen hombre, ¿cómo puedo distinguir yo a un mirlo de una mirla?”. “¡Muy sencillo! -le respondió el pajarero-. Son animales muy cariñosos. Páseles la mano por encima. Si se pone contento es mirlo y si se pone contenta es mirla”. ¡Elemental!

En El Valle proliferan las casas rurales y otro tipo de hospederías, a las que acuden gentes de paso. En medio de Valdeavellano, en la calle principal, han montado hasta un “spa”, tan discreto y misterioso que se hace difícil ver entrar y salir de allí a nadie, lo que da lugar a todo tipo de especulaciones. También alguien venido de fuera cultiva, bajando al rio, una granja de caracoles y una fábrica de miel. En la comarca proliferan las fábricas, casi caseras, de embutidos, que no defraudan a los buenos paladares. Llevan fama la de La Aldehuela y la de Tera. Personalmente me he abastecido de chorizo y cordero, antes de volver, en la carnicería del León de Sotillo, y no me arrepiento. Tampoco es ninguna tontería comerse un buen cordero, en buena compañía y buen vino, en “El Pajar del Tío Benito”, en Molinos de Razón, procurando reservar mesa antes, claro. Este año, el día de Sábado Santo, el dueño tuvo que acomodarnos en el salón de su casa porque todos los comedores estaban abarrotados. Y a todo viajero que cruzara El Valle le recomendaría que hiciera una parada en la panadería del Pablo, en Valdeavellano, a unos metros de la carretera, y se echara a las alforjas una hogaza de pan, una torta de aceite y una bolsa de magdalenas recién sacadas del horno. Es casi lo único, aparte del paisaje, que conserva el sabor de tiempos pasados. En fin, este año, por segundo consecutivo, no hubo mozos para hacer y colgar el Judas el domingo de Pascua, otra tradición que se pierde. Menos mal que en la noche de la Vigilia Pascual, con la iglesia abarrotada, como pocas veces, asistimos al bautizo de una niña, Beatriz, el primer bautismo en todo el año. Todo un acontecimiento. En la sacristía la gente lo celebró después con bombones, caramelos y vino de celebrar. No era para menos.