EL VALLE

por elcantodelcuco

Vuelvo de Soria con el zurrón cargado de historias y paisajes dignos de consideración. No me resisto a ocuparme hoy de estas impresiones sorianas, que, como todo el mundo sabe, me tocan muy de cerca. Esta vez no he tenido ocasión de traspasar la peculiar comarca que riegan el Razón y el Razoncillo. De entrada dejo caer que el que no haya tenido ocasión de recorrer El Valle, que llaman la “Suiza soriana”, en un día luminoso cuando despierta la primavera, entre las verdes praderas bordeadas de fresnos desmochados, el robledal desnudo, el rumor del agua en los regatos del monte, este año abundantes por la generosa aportación del invierno tardío, el tableteo de las cigüeñas en los campanarios, las primeras violetas y la nieve arriba en la Cebollera, se habrá perdido uno de los paisajes más apacibles y hermosos de esta provincia del alto Duero, tan cantada por los poetas y tan olvidada por los poderes públicos. Un rincón singular, privilegiado, exhuberante, a treinta kilómetros de la capital, que contrasta con la parda austeridad de las parameras castellanas.

Un día no lejano estuvo la comarca poblada de vacas royas y con su cremosa leche se elaboraba la auténtica y famosa mantequilla soriana. Estos días de Semana Santa las calles del pueblo, por donde antes discurrían las vacas lentamente sonando los cencerros -tolón, tolón- hacia los pilones de las fuentes, una fuente de varios caños en cada plaza o plazuela, estaban pobladas de coches. Esa es la metamorfosis, ese es el cambio: vacas por coches. Vacas de dentro, por coches de fuera. Ruido de motores, por mugidos. De este modo los pilones se convierten en anacrónicos, como tantas otras cosas, si no hay animales que vayan a abrevar en ellos. A falta de vacas de verdad, junto a cada pilón ha puesto el Ayuntamiento la escultura de una vaca de tamaño natural y de un gran realismo, y en el antiguo lavadero, el viajero curioso puede ver una exposición que explica detalladamente cómo se fabricaba la mantequilla a mano. Es un esfuerzo meritorio por mantener la memoria y atraer al turismo. Los niños que llegan de la ciudad se suben a las vacas de mentira y sus padres les hacen fotos. A los que hemos conocido las vacadas y las piaras de ovejas esto nos produce melancolía. Hoy en la tienda del pueblo venden la leche en tetrabric. Ya no hay cantarillas en la puerta ni se ven apenas vacas ni ovejas en El Valle. Ni vecinos. Cada año quedan menos vecinos. Sólo forasteros de paso. Es como si, por arte del diablo, se despoblara el paraíso.

Fue ésta una tierra de indianos y de ricos ganaderos, cuya huella se nota en las amplias casonas de piedra. Eran otros tiempos. Muchas casas aparecen encaladas. Basta observar desde lo alto de la ermita de Las Espinillas, cerca del castro celta, los blancos caseríos de Valdeavellano de Tera, capital de El Valle, Sotillo del Rincón, La Aldehuela y Villar del Ala. (La pintoresca aldea de Molinos de Razón pilla a trasmano media legua más arriba). Me dicen que esta costumbre de encalar las casas y poblar la entrada y los balcones de geranios y clavelinas la trajeron los pastores trashumantes de sus correrías por Andalucía. No es extraño que junto a la casa haya también, como una prolongación de la misma, un amplio huerto con frutales, donde estos días cantan los mirlos y otros pájaros en celo. En el huerto del cura, como cada año, he descubierto sin mayor esfuerzo un nido de mirlo. Cuando me vine, tenía ya tres huevos. A este propósito le oí a mi hermano una graciosa historia, atribuída a José María Pemán. El poeta andaluz, brillante articulista, monárquico juanista y un tiempo famoso por “El divino impaciente”, se encontró en un mercadillo con un hombre que vendía pájaros. Y le oyó que pregonaba: “Las mirlas a tres reaaales y los mirlos, a cincooo”. Picado de la curiosidad, Pemán se le acercó y le preguntó: “Buen hombre, ¿cómo puedo distinguir yo a un mirlo de una mirla?”. “¡Muy sencillo! -le respondió el pajarero-. Son animales muy cariñosos. Páseles la mano por encima. Si se pone contento es mirlo y si se pone contenta es mirla”. ¡Elemental!

En El Valle proliferan las casas rurales y otro tipo de hospederías, a las que acuden gentes de paso. En medio de Valdeavellano, en la calle principal, han montado hasta un “spa”, tan discreto y misterioso que se hace difícil ver entrar y salir de allí a nadie, lo que da lugar a todo tipo de especulaciones. También alguien venido de fuera cultiva, bajando al rio, una granja de caracoles y una fábrica de miel. En la comarca proliferan las fábricas, casi caseras, de embutidos, que no defraudan a los buenos paladares. Llevan fama la de La Aldehuela y la de Tera. Personalmente me he abastecido de chorizo y cordero, antes de volver, en la carnicería del León de Sotillo, y no me arrepiento. Tampoco es ninguna tontería comerse un buen cordero, en buena compañía y buen vino, en “El Pajar del Tío Benito”, en Molinos de Razón, procurando reservar mesa antes, claro. Este año, el día de Sábado Santo, el dueño tuvo que acomodarnos en el salón de su casa porque todos los comedores estaban abarrotados. Y a todo viajero que cruzara El Valle le recomendaría que hiciera una parada en la panadería del Pablo, en Valdeavellano, a unos metros de la carretera, y se echara a las alforjas una hogaza de pan, una torta de aceite y una bolsa de magdalenas recién sacadas del horno. Es casi lo único, aparte del paisaje, que conserva el sabor de tiempos pasados. En fin, este año, por segundo consecutivo, no hubo mozos para hacer y colgar el Judas el domingo de Pascua, otra tradición que se pierde. Menos mal que en la noche de la Vigilia Pascual, con la iglesia abarrotada, como pocas veces, asistimos al bautizo de una niña, Beatriz, el primer bautismo en todo el año. Todo un acontecimiento. En la sacristía la gente lo celebró después con bombones, caramelos y vino de celebrar. No era para menos.

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