EL CUCO VUELVE SIEMPRE

por elcantodelcuco

Me cuentan que en El Valle ya han oído el canto del cuco. No tardarán en darme noticia de haberlo sentido en Sarnago por el Cubillo, la Dehesa o el Prado de los Rebollos. Confío en José Mari Carrascosa como corresponsal aventajado. Ahora anda ocupado el hombre en la nueva hacendera. No para. Me dice que lo que le preocupa de verdad es la proeza de levantar la iglesia, alzando el campanario sobre el frontón de mediodía, como estaba siempre, donde vuelvan a sonar las campanas, y convertir el templo por dentro en un espacio multiuso: religioso, cívico y cultural. Y es que sus ruinas claman al cielo, en el sentido literal de la expresión.Ya di aquí cuenta de ello en su día porque consideré que valía la pena pregonarlo. Y hoy vuelvo con la matraca como vuelve a cantar el cuco cada primavera, aunque nadie le escuche, y, si algunos lo oyen, les resulte cansino y monótono. No lo hago por capricho, ni siquiera sólo por amor al pueblo, aunque no oculto que ésta es una de las razones de peso. Recuerdo vívamente el día en que me informaron de que, con los temporales de invierno, se había derrumbado la iglesia. Fue un golpe duro, uno de esos días amargos en la vida. Era como si al pueblo y a mí mismo nos hubieran arrancado el alma. Sentí casi físicamente que el alma se me caía a los pies. Pensé: ¡Mierda, se acabó, ya no queda esperanza! Nada nos envejece tanto como la muerte de aquello y de aquellos que formaron parte de nuestra infancia. La iglesia formaba parte esencial del pueblo y de todas las infancias. En torno a la iglesia, situada en lo alto, se había cobijado el caserío desde su origen. Constituía la referencia, no sólo espiritual. Esto era más evidente cuando, de regreso a casa después de una larga ausencia, asomabas por el puerto de Oncala y veías al fondo el pueblo acurrucado en la ladera, con sus casas de piedra, algunas encaladas, sus tejados rojos, la orla vegetal del barranco y las herrañes y, en el centro, bien visible, el frontón coronado por las campanas.

La reconstrucción de la iglesia sería la mejor noticia para las Tierras Altas en mucho tiempo, una señal de que la resistencia a morir va en serio. Tendría un efecto contagioso y estimulante. Pero corre el tiempo y todo sigue igual. Se le pasa el tempero al barbecho y amenaza con convertirse en un erial. Hasta ahora la generosa y brillante idea viene tropezando con la lentitud o la indiferencia de la burocracia civil y eclesiástica, que ni hacen ni dejan hacer. O sea, dicho en plata, que se interponen los trámites, el ¡vuelva usted mañana! de Larra. Como escribió Pío Baroja cuando la pérdida de las colonias, lo asombroso es que con esta burocracia no hayamos perdido hasta los pantalones. ¡Estos ilusos de Sarnago!, dicen los funcionarios de turno. Se sonríen por lo bajo con cara de falsa conmiseración, te dan un golpecito en la espalda, te despiden en la puerta y siguen a lo suyo. ¿A quién puede importarle que un pueblo oficialmente desaparecido, en el que no habrá elecciones el 24 de Mayo, pretenda revivir y crear un espacio habitable, digno, humano, para disfrute de sus antiguos habitantes, ya envejecidos, que con mucho sacrificio han arreglado sus viejas casas, para sus hijos y para sus nietos? Pasa lo mismo con el arreglo del camino. Las máquinas de la Diputación siguen criando óxido, arrumbadas en vaya usted a saber dónde, y no acaban de aparecer por la Cruz de la Villa ni para asfaltar los cuatro kilómetros de camino ni para desescombrar la iglesia.

Le he sugerido al presidente de la Asociación ir en peregrinación, si hace falta descalzos o de rodillas antes de coger las horcas, a ver al obispo y al presidente de la Diputación y, si es preciso, acudir al lucero del alba, que suele brillar en la Corte. Hemos hablado de financiar, en parte, las obras de la iglesia mediante “crowdfunding”, además de relucir distintos picaportes. Acaso podríamos montar en Sarnago un campo de trabajo con alumnos de Arquitectura e Ingeniería, dándoles hospedaje en el albergue de Fuentes de Magaña. El Dioni, activo alcalde de este pueblo, siempre ha mostrado la mejor disposición. Personalmente estoy pensando en iniciar una recogida de firmas de escritores, artistas, pensadores y famosos, que sean sensibles a la desaparición de la cultura rural… ¡Qué sé yo! Desde este momento abro en este blog un buzón para ideas y sugerencias. Por pedir ayuda no llevan a nadie preso. Es un reto difícil y, por eso mismo, atractivo, como alcanzar la cima de la Alcarama por la empinada pista forestal, pisando cantalobos. Sé de sobra que para las cosas del corazón hay que sudar y sudar. Y, en resumidas cuentas, yo no me atrevería a decir que en los montes desiertos de las Tierras Altas el canto del cuco que no oye nadie supone un esfuerzo inútil. Por eso vuelve siempre a mediados de abril. Por algo será.

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