EL CATASTRO

por elcantodelcuco

La idea de escribir hoy del catastro me la ha dado el poemilla, como él dice, del poeta soriano de las Tierras Altas Fermín Herrrero, con el que remató su discurso ante las altas autoridades y demás fuerzas vivas de Castilla y León el día de la Comunidad, en el acto en que recibió el Premio de las Letras. No me resisto a compartirlo con todos los seguidores de “El canto del cuco”, cosa que haré al final para dejarles buen sabor de boca. Uno de los grandes atractivos de Herrrero, como dijo en tan solemne ocasión, es que sostiene su poesía con palabras viejas de Castilla, con el sabor de lo auténtico, arrimándose a la articulación del pensamiento entrecortada, implícita, seca, como es el habla de las gentes de las Tierras Altas, de las que él y yo venimos. Una tierra áspera, solitaria y fria, que nos duele y, acaso por eso, amamos. En el mensaje que me envía acompañando el texto del discurso me lo adelanta sin énfasis ni aspavientos: “Hablo un poco de nuestra tierra”. ¿Por qué será que no podemos resistirnos? “Son palabras -dijo a la cara al Presidente de la Junta- que vienen de un lugar olvidado, sumido en la condena del abandono, desde el alto llano numantino y machadiano, desde una comarca con menos densidad de población que el Sáhara. Más allá del poema, (las palabras) son también una llamada de socorro. De no mediar un solidario y sostenido apoyo institucional, más temprano que tarde la provincia de Soria desaparecerá como tal”. Como se ve, sin ponernos antes de acuerdo, Fermín y yo tocamos el mismo tenterenublo.

¡Ah!, el catastro. Para mí es una palabra dura, fuerte, picuda, fea. O me lo parece. Lo de menos es que venga de Grecia y haya tenido largo recorrido. No se ha dulcificado por el camino. Habla de censo, de lista, de control. Es, como se sabe, el listado o censo de bienes rústicos y urbanos en manos de la Administración, sobre todo para cobrar tributos. Me recuerda al recaudador de la contribución, un mocetón moreno, con bigote, que venía en moto desde Castilruiz levantando polvo por el camino. Había heredado de su padre el oficio de cobrador de tributos y tenía que sacar el estambre a aquellos pobres campesinos de la posguerra que no recibían nada a cambio y que no tenían donde caerse muertos. Y me trae a la memoria, aunque no tenga nada que ver, a los temibles delegados, con el Macarrón a la cabeza, que amedrentaban al pueblo. La gente, cuando se enteraba de que venían, metía en escondrijos inverosímiles lo poco que tenía: un garrafoncillo de aceite, media talega de harina… Y al racionamiento, claro. Cuando volvíamos de vacaciones, los niños de la familia ayudábamos al tío Sotero, el secretario, a hacer el catastro de Sarnago, El Vallejo y Valdenegrillos. Allí, en la sala del Ayuntamiento, envueltos en el humo del cigarro, con los retratos de Franco y José Antonio vigilando desde la pared del fondo, nos pasábamos las horas muertas rellenando casillas y ajustando datos, que el tio Sotero, el secretario, pasaba a limpio con pluma y tintero y letra cuidada de pendolista en grandes pliegos rayados, hasta que todo cuadraba. Sobre los papeles caía constantemente la ceniza de su cigarro de cuarterón. El catastro era un trabajo minucioso, latoso, administrativo, que había que hacer siempre con apreturas de última hora, en un plazo determinado bajo la multa que hubiere lugar.

Y, dicho lo cual, aquí va el prometido poema de Fermín Herrero titulado CATASTRO, que, aunque sean versos, lo pongo, como hace él en el texto del discurso, todo seguido. Como se ve, va en segunda persona porque el poeta habla consigo mismo.

“Donde amapola, di ababol, y, si se puede, cardo. Y al vino, vino. Donde collado, altozano o alcor, otero, escribe llanamente cerro, alto o cuesta, loma. No digas lo que nunca se dijo, lo que no se dice en el pueblo. Más vale mayo frio, la paja poca y el trigo mucho. No impongas a la tarde la añoranza si es falsa o aprendida, anota simplemente el silbido del viento en los linares. No recuerdes la muerte aunque te tenga, piensa que de tanta mies se emboza el peine cada día, que eres este momento. Y al vino, vino, sólo la miga, el tuétano. Tampoco hables más de la infancia para embaucar el olvido, precisa simplemente la orfandad del muérdago en el hayedo. Más vale mayo frio. Si tempero, arraigas; si membrillo, aromas; si cierzo, tiritas. Di berro, ortiga, di bálago, acebal. No niegues la palabra amor, tampoco entrega, ni prodigio, ni tú. Ahora bien, antes de escribirlas, hazlas”.

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