DEFENSA DE LOS PUEBLOS

por elcantodelcuco

Cada pueblo, asentado en la ladera o recostado en el abrigo del valle, es una obra de arte, un microcosmos del universo. Es mejor contemplar el caserío desde la distancia. Así se diluyen los estropicios de las naves, garajes y silos, con horribles tejados de uralita, levantados sin orden ni concierto, impunemente, en los últimos cincuenta años, que agreden el paisaje rural de Castilla y de otros territorios cercanos. Casi tanto como los gigantescos molinos metálicos , que se han apoderado descaradamente de lomas y de cerros, agrediendo y desdibujando el paisaje. Si viajas en tren de alta velocidad o circulas por autovía, tendrás que perder la esperanza de esa contemplación. No hay tiempo ni lugar. El viaje es un paso fugaz, vacío de contenido, en el que sólo se divisan las señales de tráfico por delante. El pueblo se reduce a un letrero en una señal de tráfico que te desvía de la carretera general por la derecha. Después de pasar cien veces por el mismo lugar, nunca sabrás si el pueblo que figura en la señal, a veces con nombre sugerente, sonoro o curioso, queda a la derecha o a la izquierda, si está en lo alto de un cabezo o en una hondonada, si se asienta en un alcor o cuenta con un riachuelo apacible con álamos en la orilla. Y te dará lo mismo. Lo de fuera no interesa. Sólo importa llegar. A esa velocidad el paisaje se hace uniforme, se pierde y se pulveriza.Y si te paras a repostar y a reponer fuerzas, te darás cuenta de que todas las gasolineras son iguales y todas las tascas de carretera, parecidas, con amplia barra, como un abrevadero, y servicios al fondo para gente de paso con apreturas.

Aquí me refiero al viajero sin prisa, con ganas de disfrutar del camino. A ese es al que recomiendo que observe desde una cierta distancia cualquier pueblo que descubra en lontananza. Notará que sus casas apretadadas unas con otras, sin orden geométrico preciso, los tejados rojos, la cal de las fachadas alternando con la parda mampostería, la torre de la iglesia, como aglutinante y vigía, el verdor que rodea el caserío, la lanzada de árboles, los caminos, que no parecen otra cosa que prolongación de las calles, todo ello compone un conjunto armonioso, una verdadera obra de arte. Todos los pueblos son distintos, pero todos tienen atractivo para el observador que mira desde la distancia, con una cierta perspectiva, percibiendo la gracia del conjunto. Esto es más interesante en un tiempo en que los pueblos se han convertido en objeto de deseo para muchos. Se ha pasado del desprecio de la aldea y de los aldeanos al aprecio de la vida rural. No es extraño que haya un movimiento creciente de vuelta al pueblo, impulsada por el hastío de la ciudad, la crisis, el desempleo juvenil y la necesidad de reencontrarse con la naturaleza. Asimismo ser de pueblo o tener raíces en él se ha trocado, de suscitar burla y desprecio, en objeto de orgullo y señal de identidad.

En esas estábamos cuando un partido nuevo, que se presenta con un cierto atractivo y que lleva significativamente el nombre de “Ciudadanos”, o sea, gente de ciudad, que, por lo visto, nunca han pisado un pueblo ni siquiera se han parado a contemplar la belleza del caserío desde un altillo del camino, ha presentado en su programa una propuesta inquietante. La ocurrencia consiste en acabar a matarrasa con 7.000 de los 8.000 ayuntamientos de España y, de paso, con las Diputaciones, que los cobijan. Hacía docenas de años que nadie había tenido una idea política tan discutible. Sólo sobrevivirían los ayuntamientos de los pueblos de más de 5.000 habitantes. Sin ir más lejos, en la provincia de Soria, con una extensión de más de 10.000 kilómetros cuadrados, sólo quedarían en pie tres ayuntamientos: la capital y, apuradamente, El Burgo de Osma y Almazán. Todo consiste en ahorrar gastos y “racionalizar” los servicios, eso dicen. ¡Válgame Dios! Lo peor es que hay una fuerte presión desde determinados periódicos y cátedras de Geografía, a favor de ese disparate, haciendo ociosas comparaciones con algunos países europeos del Norte, sin enterarse de que en España está muy arraigada la democracia municipal y comunera y la autonomía municipal es la base secular de la convivencia. Nos vienen ahora con esas en vez de tomar medidas serias para afrontar de una vez uno de los más graves problemas de España en este comienzo de siglo: el brutal desequilibrio demográfico entre la España despoblada del interior, con auténticos desiertos demográficos, como las Tierras Altas de Soria, de donde yo vengo, y la superpoblada de la periferia, con aglomeraciones infames e invivibles. Lo más preocupante es que nadie propone como punto primero de su programa electoral un plan integral para reordenar demográficamente el territorio. Pero lo de acabar por decreto con las casas consistoriales pasa de castaño oscuro. No saben que cerrar el ayuntamiento acelerará la muerte del pueblo. (Salvo que sea eso lo que pretendan “para racionalizar el gasto”). Como no han pisado un pueblo, tampoco saben que ningún pueblo quiere ser gobernado por el pueblo vecino, por muy cabecera de comarca que sea. Los comuneros se levantarían de sus tumbas, eso creo. La identidad de un pueblo es importante para todos los que habitan o han habitado en él. También para sus descendientes. Así como su historia, su cultura, sus costumbres, tradiciones, fiestas y leyendas, tanto como su ubicación en el paisaje, que habría que respetar al máximo. Hasta sus ruinas. Todos los elementos que hacen que un pueblo sea diferente de los demás, único e irrepetible. Y capaz de gobernarse a sí mismo.

Me apropio aquí de aquello del poeta vasco Joxe Azurmendi: “Como si para ser libres/ fuese preciso obtener el permiso de nadie. / Como si necesitásemos recomendaciones ajenas/ para ser un pueblo”. Pues eso.

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