EL NOGAL DEL TIO PATRICIO

por elcantodelcuco

El tio Patricio era nuestro vecino. Su casa, ahora hecha una ruina, bordeaba el corral de la plaza, casi enfrente de la nuestra. La había encalado y la tia Higinia, su mujer, tenía siempre geranios en el balcón. Tuvieron una parva de hijos. Para sobrevivir en aquellos años de la posguerra, los chicos se agarraron al garrote nada más dejar la escuela y las chicas se ganaron el pan desde muy pequeñas, de criadas o niñeras. Y la familia salió adelante. Con el tiempo uno de los hijos se hizo secretario de Ayuntamiento y otro abrió un comercio en Andalucía. Fue una casa honrada, de buena gente, con la que tuvimos un trato constante, casi familiar y barajero. Llegaron a poseer una buena piara de ovejas y dos caballejos castaños. Al tio Patricio nadie le negaba pericia como esquilador. Esquilando ovejas iba con la cuadrilla de casa en casa. Era hijo de la tia Romualda, que vivía en la aldea cercana de El Vallejo y ejercía de bizmera. Poseía la “gargantilla”, un tesoro mágico que todo el mundo solicitaba cuando la cochina recién parida “tenía pelo” y, con la mastitis de la madre, los tetones no podían mamar. Yo mismo bajé un día a El Vallejo a buscarla. La “gargantilla” de la tia Romualda tenía la virtud de que hacía manar de nuevo, según decían, la leche de la cerda y salvaba la lechigada.

El tio Patricio era un hombre trabajador y algo camándula o tracamanda. Poco hablador y un tanto primitivo, pero no era nada cascarrabias ni rascatripas. Solía tener buen humor. Un día le arrancó a su mujer, de mutuo acuerdo, un diente infectado, puede que un colmillo, no estoy seguro, tirando de él con un hilobala agarrado a su pié, haciendo la máxima fuerza posible. La intervención le costó sudores entre los gritos desesperados de la pobre tia Higinia. Cuando acabó la operación exclamó: “¡Me ha costado más que arrancar una estrepa!” Y soltó una carcajada. La tia Higinia se acordaba de ese día tanto como de la fatídica mañana que le picó una víbora en la mano cuando estaba escardando y agarró una ababolla en el trigal. El tio Patricio tenía un nogal en el costero del huerto del Barranco, junto a la pieza del Roble. Era un árbol grandioso entre helechos, con una copa enorme, frondosa y poblada de nueces. Puede que el nogal tuviera más de un siglo. En Sarnago, fuera por lo que fuere, no había prácticamente frutales. El nogal del tio Patricio era prácticamente la excepción. Los muchachos acostumbrábamos a merodear los cocones, como allí se conocen las nueces envueltas aún en el caparazón verde. Pero esa no fue la razón de la inesperada decisión del dueño del huerto. Un año, cuando volvimos de vacaciones, nos encontramos con la amarga sorpresa -más amarga que la cáscara de los cocones- de que el nogal del tio Patricio había desaparecido de la noche a la mañana , sin que su dueño diera ninguna explicación. Lo habían talado a ras y habían tarazado su valiosa madera, y uno de San Pedro se quedó con ella por cuatro cuartos. Eso dijeron.

Lo que me pareció más sorprendente es que en el pueblo consideraran que la tala del nogal era una cosa razonable. “Los nogales dan mala sombra”, te decía uno. “La sombra del nogal estropea los frutos del huerto”, te decía otro. “Nunca conviene echarse a dormir a la sombra de un nogal, por algo será”, te decían todos. Esta división en sombras saludables y sombras perniciosas estaba muy extendida -y supongo que sigue estando- en los pueblos de Castilla. La leyenda se ampliaba incluso a las personas. Si alguien te decía “ese tiene mala sombra”, había que estar prevenido. “Me cagüen la puta sombra”, era el mayor juramento del tio Sotero. Desde niño he venido oyendo que era malo tumbarse a la sombra del nogal. “La sombra de la nogala es muy traicionera”, recoge con razón Delibes en “El disputado voto del señor Cayo”. Siempre creí que esta convicción era fruto de la experiencia campesina, que explicaría también el odio al árbol, de los labradores, que ha convertido la tierra en inmensas parameras, convencidos de que la sombra de los árboles perjudicaba la sembradura. Esto ha sido en el campo artículo de fe. Es sin duda lo que convenció al tio Patricio de que debía acabar a matarrasa con el nogal del huerto del Barranco. Pero el maestro Tejerina ha venido a iluminar los orígenes de esta leyenda rural, tan arraigada y discutible. Nos ha puesto delante la “Obra de Agricultura” de Alonso de Herrera, encargada por el cardenal Cisneros y publicada en 1513. En este libro se dice, con un falso argumento etimológico, que los nogales “son árboles que con su sombra, por ser muy pesada, hace daño a los otros árboles y plantas que están so ellos y aun también a las personas, que si uno se duerme debajo de algún nogal, se levanta muy pesado y con dolores de espalda y cabeza”. ¿Lo sabría el tio Patricio por experiencia? ¿Habría dormido un día caluroso la siesta entre los helechos, a la sombra del nogal, y salió desriñonado y con mal cuerpo? Nunca lo sabremos.

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