El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: junio, 2015

HISTORIAS DEL DIA DE SAN JUAN

Por San Juan blanquean las cebadas en las Tierras Altas, tortolean las codornices en los trigales y las alondras cantan muy de mañana sobre las esparcetas de flor roja a punto para el dalle. Sale el cazador furtivo al rayar el alba con la perdiz de reclamo oculta bajo el ancho tapabocas y acomete, sigiloso, la cuesta del cerro camino del rudimentario chozo, fabricado con cuatro losas, desde donde esperará, agachado, la llegada del perdigacho en celo, que, ciego de amor, se encontrará fatalmente con la muerte. Recuerdo el día que acompañé, siendo estudiante, a don Fernando Rico, el joven cura del pueblo, en esta furtiva aventura. Había traído él la víspera en su vespa, en riguroso préstamo, el mejor reclamo, eso dijo, de las vegas del Alhama y sus alrededores. Era una hembra airosa, de capricho, con un pico de oro. Llegamos al chozo al amanecer. El relente de la madrugada se metía aún en los huesos. Rehicimos como pudimos sin perder tiempo el corralito, con la rudimentaria mirilla, en la cresta del cabezo junto a una lleca, colocamos la jaula de la perdiz sobre una piedra a diez o doce pasos de distancia, como mandan los cánones, y nos acomodamos dentro. Nada más quitar la capucha de la jaula, empezó a cantar el pájaro con las primeras luces. No tardó en responder al reclamo un “coreque” lejano. Al oírlo, la perdiz de la jaula se fue excitando visiblemente. La respuesta del perdigacho sonó cada vez más cerca, hasta que sentimos su canto apasionado en el costero a menos de cien metros. Yo agaché la cabeza, con el pulso acelerado. Vi a don Fernando, el cura, apuntar con la escopeta por la mirilla del chozo. Pasaron unos interminables segundos de espera conteniendo el aliento. Y sonó el disparo. Sin levantar la cabeza, le pregunté: “¿Ha caído?” “¡Mierda, la de la jaula!”, me respondió. Así era. Estaba desolado. La caza no era lo suyo. El macho había volado y la perdiz de reclamo yacía muerta en la jaula, como un despojo inútil, silencioso.

Peor fue lo del tio Juan que salió al amanecer con el reclamo una mañana de estas, entre San Juan y San Pedro, y, al ver que no volvía cuando el sol daba de lleno en la saya de la campana grande y a esa hora ya no entra ningún perdigacho, subieron a buscarlo y lo encontraron malherido en el chozo. Es una de las escenas más inolvidables de mi infancia, una de las que más me impresionó y que he novelado en alguno de mis libros. Fui testigo directo. Tengo la escena presente con una extraordinaria viveza. Vi desde los peñascales de la placetuela, con ojos asustados de niño, cómo bajaban a aquel hombrachón por la cuesta de los Cerrillos, enfrente del pueblo, entre cuatro hombres, sangrando como un Santo Cristo y profiriendo juramentos a voz en grito. Eran unos gritos tremendos, desesperados, desgarradores, que contrastaban con la placidez del paisaje y el canto de los pájaros en las herrañes. Murió unos días después sin llegarse a conocer nunca la causa del accidente, que dio pie a todo tipo de habladurías.

Dentro del relato mágico de la noche de San Juan -lavarse en el río antes de amanecer, recoger la flor del saúco cubierta de rocío, etcétera-, que recordaba cada año la abuela, además de recitarnos romances de San Juan Degollado, lo que me impresionó de niño es lo que nos contó mi madre, que nunca fue una mujer supersticiosa ni dada a fantasías. Tenía ella 27 años cuando le ocurrió. Alguien la animó a que dejara en el alféizar de la ventana esa noche un cacharro con una clara de huevo, que le descubriría el futuro. Lo hizo por curiosidad y sin ninguna convicción, como un juego, pero cuando abrió por la mañana la ventana y observó el experimento, sintió un escalofrío. En el fondo del cacharro se dibujaba claramente un ataúd. Comentó ese día el inquietante descubrimiento sin darle más importancia, pero unos meses después moría mi padre y a ella, pasados los años, esa experiencia del día de San Juan no se le fue de la cabeza. ¿Un presentimiento? ¿Una mala pasada de la imaginación ante la quebrantada salud de mi padre? Seguramente.

Pero una de las historias más emocionantes de mi infancia en Sarnago la noche de San Juan no tiene nada que ver con desgracias o malos presentimientos, aunque con la distancia de los años la veo rodeada de una magia especial. Mi abuelo, que ya había pasado de los 70, cogió en una mano la cachava y en la otra tomó mi mano y nos encaminamos los dos, pasito a paso, a San Pedro Manrique, una legua de camino, a ver la hoguera. Yo tendría siete años. Era noche cerrada y serena, sin una luz en toda la extensión de la mirada. Aún no había llegado a aquellos pueblos la luz eléctrica. Caminábamos iluminados sólo por la luz de las estrellas. En el cielo aparecía en todo su esplendor la vía láctea o camino de Santiago. De vez en cuando, en la lejanía, se vislumbraba una pequeña luz que se movía. “Es un coche -me explicaba el abuelo- que acude como nosotros al paso del fuego”. Un coche para un niño de Sarnago despertaba entonces casi tanto interés como ahora la aparición de un platillo volante. Por el camino el abuelo me fue contando historias del castillo y de San Pedro el Viejo, cuyas misteriosas ruinas sobre la loma se adivinaban borrosamente. Y nunca olvidaré el momento en que, al coronar el cerrillo alto, a mitad del recorrido, me dijo: “Mira allí lejos, al fondo, es el resplandor de la hoguera”.

DE PÁJAROS Y ÁRBOLES

Es ya hora de dar cuenta rigurosa del resultado del juego-concurso para elegir a nuestro pájaro y árbol preferidos o más representativos. Creo que esta iniciativa tan simple ha servido para sumergirnos en la naturaleza y disfrutar de su belleza. Hemos percibido la vida que hay a nuestro alrededor, de la que casi no nos dábamos cuenta. A partir de ahora escucharemos con más placer el canto del mirlo, de la alondra o del jilguero. Miraremos con renovado interés el vuelo majestuoso del águila o del buitre negro. Acogeremos afectuosamente al petirrojo o al humilde gorrión. Volverá a sorprendernos el vuelo chirriante de los vencejos y la belleza de la perdiz roja en el teso. Contemplaremos con otros ojos el encinar, cuando vayamos de camino, las verdes choperas o el ancho olivar. Observaremos los pobres olmos enfermos y nos sumergiremos cuando haya ocasión en el robledal o en la gradiosidad del hayedo en otoño. De eso se trataba. ¡Cuánto placer escondido, que está al alcance de la mano! ¡Cuánta riqueza! No se nos puede pedir rigor científico. En la selección han primado las preferencias personales sobre el carácter más autóctono o característico de las especies. En el juego han participado varios ornitólogos profesionales que lo han puesto de relieve, y que yo agradezco como es debido. Otra cosa es que los participantes lo hayan tenido en cuenta. Nadie estaba obligado a ello, y, casi todos carecíamos de esos conocimientos precisos. O sea que ha primado la espontaneidad, el gusto propio y los recuerdos.

Estos son los resultados sobre el ave nacional de España o, mejor, visto lo visto, sobre el ave preferida:

Los seguidores de “El canto del cuco” se han inclinado mayoritariamente por el JILGUERO, de canto de cristal, que en mi pueblo llaman cardelina o colorín, y por el MIRLO, el del pico natanja, seguramente porque todo el mundo lo conoce, porque está en todas partes, en el campo y en la ciudad, y por su agradable canto. El jilguero y el mirlo están empatados a seis puntos. Les sigue muy de cerca, con cinco, la alondra. A continuación, con cuatro, el ruiseñor, el vencejo, el gorrión, la cigüeña y la perdiz roja. Con tres, el águila imperial, el buitre negro, la collalba, la golondrina y el petirrojo. Con dos, el abejaruco, la avutarda, la abubilla, mi amigo el cuco, el estornino, la gaviota, la gallina, el martín pescador, el roquero rojo, la urraca, el verdecillo y el verderón. Y con uno, el alcaudón real, el autillo, el alcaraván, el arrendajo, el aguilucho cenizo, el búho, el carmorán, la corneja, el cuervo, la calandria, el carbonero, el camachuelo, el escribano, el elanio, el chorlito carambolo, el gallo, la grajilla, la garza real, el lúgano, el rabilargo, el papamoscas cerrojillo, el picamaderos negro, el pinzón, la paloma torcaz y el urogallo. Creo que no me dejo ninguno. No está mal la lista ¿eh? Como se ve, el canto ha triunfado sobre otras consideraciones.

Vamos con los árboles. Es la hora de tumbarnos a su sombra, de recoger con nuestra mano la fruta de los frutales del huerto o de perdernos en el silencio por las veredas del monte.

También aquí hay dos claramente destacados. Ha vencido el ROBLE, con ocho puntos, seguido de la ENCINA con seis. Les siguen con tres el álamo o chopo, el olmo, la haya y el pino. Obtienen dos puntos el avellano, la morera, el naranjo y el tejo. Y son citados una vez el abedul, la acacia, el almez, el árbol de los farolillos, el almendro, el acebo, el cerezo, el ciprés, el madroño, el manzano, el mostajo, el nogal, el olivo, el peral y el serbal.

En resumidas cuentas, esto indica que sentimos un especial aprecio por el roble y la encina, por el jilguero y el mirlo. Personalmente siento especial aprecio por todos los que han participado en este instructivo entretenimiento, poniendo acompañamiento al canto del cuco. Se lo agradezco de veras. E invito a todos a alegrarse. La vida sigue saliéndonos al encuentro. Quedan variedad de árboles y aún cantan los pájaros.

LA TORMENTA

La lluvia golpea con fuerza en los cristales. Entre sol y sol, la tarde se oscurece. Retumban los truenos cada vez más cerca. Después de unos días amagando en silencio, con un poco de viento y cuatro gotas como tarjeta de presentación, hoy se ha desatado por estos pagos madrileños la primera tormenta del año. Ha respetado la decadente feria taurina de San Isidro y ha llegado aún a tiempo, como acostumbra, de visitar las casetas de la Feria del Libro en El Retiro. Según los del tiempo, el ruidoso fenómeno es general en media España. La atmósfera, no sólo la atmósfera política, está cargada de electricidad. Buena falta hacía la lluvia aunque los habitantes de la ciudad, metidos en sus escarabajos metálicos, llamen a esto mal tiempo. ¡Qué sabrán ellos! El aire estaba ya espeso, la tierra, calcinada y los pastos, agostados después de tanta flama. La royada amenazaba la mies.Y en las alcudias no crecían los sembrados. Si hay que alegar algo en contra es que esta lluvia viene con retraso. Hace un mes habría sido agua bendita. Por San Juan quita vino y no da pan. Pero en las Tierras Altas aún servirá para animar los tardíos y revivir los huertos que queden.

Lo malo es que venga una mala nube y arrase la cosecha, cuando ya espigan los trigos y blanquean las cebadas. Yo vi de niño el pánico en los ojos de los labradores cuando la tormenta asomaba por la sierra y al negro nubarrón le iban naciendo nubecillas blancas como si fueran el aliento helado de un monstruo. Enseguida llegaba el característico resfrior en la sangre. La tormenta avanzaba con un ruido sordo como el crótalo de la serpiente de cascabel y entonces no había duda: ¡Trae piedra!, proclamaban los hombres. ¡Trae piedra!, repetíamos todos. Y un escalofrío recorría las calles. Era lo más parecido al anuncio de la llegada del ángel exterminador. El vecino que estaba más cerca o más desocupado, corría a recoger la llave de la iglesia y subía al campanar a poner las campanas con la cabeza abajo y la saya arriba, para ver si la nube pasaba de largo y se iba río abajo. ¡Ay Virgen Santísima!, exclamaban las mujeres cuando oían el leve volteo entrecortado de las campanas para ahuyentar la tormenta. Casi siempre su poder mágico -esta virtud de ahuyentar las tormentas figura en el rito de bendición de las campanas- y se supone que la ayuda de San Bartolomé, el patrono, daba resultado, y el pueblo se libraba, un año y otro, de la desolación y la ruina. Pero nunca olvidaré el año que volvía yo de mis primeras vacaciones en el el mar y al alcanzar “La Exlusiva” el puerto de Oncala, un hombrecillo maltrazado comentó a mi lado: “Pues donde se han quedado rasos ha sido en Sarnago”. Aquello fue un mazazo. Allí no había seguros. Cuando entré en el pueblo, no se hablaba de otra cosa, la gente estaba destrozada, lo mismo que los campos que había contemplado en el camino, subiendo a pié desde San Pedro. Y lo que más me impresionó fue ver por primera vez llorando a un vecino, que no había echado nunca una lágrima ni en los entierros y que yo tenía por un hombre duro como la raíz de las estrepas.

Confieso que de niño en el pueblo, hasta mi primera juventud, sentía pánico a las tormentas, aunque no trajeran piedra. Cuando los truenos, ligeramente precedidos, casi coincidentes, de los relámpagos cegadores, restallaban como trallazos en los tejados y rebotaban en la mampostería de las casas, haciendo temblar los cristales de las ventanas, la carne indefensa del niño se acurrucaba temblando, muerta de miedo. “El que no teme a las tormentas -repetía siempre la abuela, que se santiguaba a cada relámpago mientras mascullaba jaculatorias- no teme a Dios”. La gente se agrupaba en los portales para disimular el miedo o para espantarlo algo mientras duraba el peligro. Cuando se alejaba la tormenta y los truenos se iban distanciando de los relámpagos, alguien decía “¡Ya se va!” y todos respiraban aliviados y volvían las risas, como una liberación nerviosa. Yo, mientras sonaban los truenos cerca, estaba convencido de que en cualquier momento podía matarme un rayo. Lo sentía como una amenaza cierta e inevitable. No tenía defensa. No había donde esconderse. Estaba a merced de la furia desatada en el cielo. “En mis manos levanto una tormenta” – dice Miguel Hernández, que las sufrió de cabrero en Orihuela- de piedras, rayos y hachas estridentes”. En el pueblo no había pararrayos. Nunca los hubo. Se contaban historias terribles sobre muertos por los rayos, y estragos causados en el ganado. Y te daban en casa y en la escuela consejos prácticos para evitar el peligro. Por ejemplo, no debías cobijarte debajo de un árbol y había que cerrar puertas y ventanas para impedir que entraran las centellas en la casa o se colara el viento de la tormenta, que se consideraba como un aliento pernicioso.

Poco a poco dejé de tener miedo y, ya en lugar seguro, hasta he salido a su encuentro y he disfrutado muchas veces contemplando con admiración la grandiosa belleza de la naturaleza desatada en el fragor de la tormenta. La vida cambia. En realidad, la vida consiste en un cambio de miedos. Según avanza, uno va perdiendo el miedo a muchas cosas. Entre ellas, a las tormentas y a la muerte.

A LA SOMBRA DE UN ÁRBOL

En el principio fue el árbol. A su sombra descansaron los primeros humanos, vivieron alegres durante un tiempo y se alimentaron de los frutos que ofrecía la naturaleza generosamente. Hasta que comieron la fruta prohibida que aparecía tentadora en las ramas del árbol del bien y del mal y en ese momento se vieron desnudos y fueron expulsados del paraíso. Algunos dicen que era un manzano de manzanas doradas, pero vaya usted a saber. Más o menos así empezó todo. A partir de entonces en el mundo, aunque ya más a la intemperie, en las afueras del paraíso, crecieron y se multiplicaron los árboles más variados, lo mismo que crecieron y se multiplicaron los seres humanos y los coches y las chimeneas de humo megro. Lo bueno fue que los árboles nos siguieron a todas partes, aunque estuvieran clavados en el suelo, como si fueran seres sensibles, que es lo que algunos sospechan ahora, que se alegran con nuestra presencia y hasta con nuestra música. Los que defienden esta teoría revolucionaria aseguran que su sombra protege nuestro sueño y que si abrazamos su tronco nos llenan de energía por dentro. Además cada árbol tiene un nombre. Algunos llevan nombres preciosos, como el árbol de la lluvia, el árbol de la vida, el árbol del pan, el árbol de la música (que está o estaba en Soria) o el árbol del amor. Y otros, no menos hermosos, como olivo, álamo, olmo, ciruelo, cerezo, encina, haya o roble.

Pero, pasado el tiempo, nada volvió a ser como al principio. Hubo hombres bárbaros que destrozaron los bosques y talaron los árboles, empezando por los bosques centenarios. Y el aire se fue volviendo irrespirable en el planeta. Se calentó la atmósfera lo mismo que el agua de los mares, y el desierto empezó a avanzar, incontenible, sin un árbol en toda la extensión de la mirada. Y fue entonces cuando cundió la alarma, se anunció con trompetas apocalípticas el calentamiento global de la Tierra y los humanos volvieron a mirar con respeto y esperanza al bosque, que aún seguía allí, esperando. Poco a poco los ciudadanos fueron abandonando, cuando pudieron, la ciudad y se sumergieron en la floresta, recorrieron los caminos, volvieron a escuchar el rumor del agua del arroyo y el canto de los pájaros y regresaron convencidos de que por un rato habían retornado al paraíso perdido.

Dicho esto y animado por la buena acogida que ha tenido, bendito sea Dios, el juego-concurso para seleccionar el ave que mejor represente a España, que sigue abierto, propongo hoy que cada uno seleccione su árbol más querido o el que considere más representativo de nuestro país. Podemos descubrir, eso espero, sorprendentes historias. Recuerdo yo la emoción con que celebrábamos en la escuela de Sarnago el Día del Árbol. Con el maestro al frente salíamos a plantar árboles. La imagen acude con viveza a mi memoria.Un año, tendría yo siete u ocho años, plantamos los chopos de la alameda del ejido, que ha venido proporcionando el mayo de la fiesta, que pingaban los mozos por la Trinidad (que fue el domingo pasado) y en los últimos años por San Bartolomé, en la era empedrada, cerca de la fuente. Después de tantos años, he visto que aún quedan algunos viejos chopos de aquellos en pie. Bajo ellos retozaba la dula en verano, mientras las ovejas sesteaban, apiñadas, un poco más arriba bajo los primeros robles de la Mata, cerca del Castillo. Peor suerte corrieron los que plantamos otro año en la Cañada, entre los prados del Cerro y el prado de los Rebollos. Pero confieso que mi árbol familiar era el olmo. En la herrañe de los olmos pasé, con mi madre y los abuelos, algunos de los ratos más felices y entretenidos de mi infancia. Y estoy seguro de que en el pueblo el árbol más querido y respetado fue, durante muchas generaciones, el viejo olmo del pórtico de la iglesia. Entre dos niños no podíamos abrazar su tronco. Ya se secó y se derrumbó, lo mismo que la iglesia.

Comprendo que será difícil ponerse de acuerdo sobre el árbol de España. Si le preguntas a un vasco, se inclinará seguramente por el roble, representado en el totémico árbol de Guernica. Coincirá en esto con el gallego y su “carballo”; por el camino entre los “carballos” andarán las meigas o pasará la santa compaña. En Andalucía te dirán que el olivo; en Valencia se quedarán con el naranjo; en las áridas mesetas de las Castillas triunfará seguramente la humilde encina; en Madrid, ya se sabe, el madroño, un árbol prodigioso que está perdiendo presencia; y en las comarcas huertanas elegirán a ciegas un frutal, tal vez el cerezo, el peral o el melocotonero. Algunos se quedarán con el almendro, porque florece primero y porque proporciona la materia prima del turrón, tan hispánico. Y no faltarán los que, por encima de todo, elegirán el haya o el acebo, que son palabras mayores. A mí en Sarnago el árbol que me parecía más hermoso era el mostajo, un único ejemplar conocido en todo el término municipal, que estaba en Los Pradillos y a cuya sombra bebí muchas veces vino. Los árboles definen la pluralidad de España y su riqueza natural, lo que de paso dificulta el entendimiento.

Invito, llegados a este punto, a tornar a “La vida retirada” de fray Luis, que concluye así, como si la escribiera para la ambición política desatada hoy:

“Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando;

a la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado”.