HISTORIAS DEL DIA DE SAN JUAN

por elcantodelcuco

Por San Juan blanquean las cebadas en las Tierras Altas, tortolean las codornices en los trigales y las alondras cantan muy de mañana sobre las esparcetas de flor roja a punto para el dalle. Sale el cazador furtivo al rayar el alba con la perdiz de reclamo oculta bajo el ancho tapabocas y acomete, sigiloso, la cuesta del cerro camino del rudimentario chozo, fabricado con cuatro losas, desde donde esperará, agachado, la llegada del perdigacho en celo, que, ciego de amor, se encontrará fatalmente con la muerte. Recuerdo el día que acompañé, siendo estudiante, a don Fernando Rico, el joven cura del pueblo, en esta furtiva aventura. Había traído él la víspera en su vespa, en riguroso préstamo, el mejor reclamo, eso dijo, de las vegas del Alhama y sus alrededores. Era una hembra airosa, de capricho, con un pico de oro. Llegamos al chozo al amanecer. El relente de la madrugada se metía aún en los huesos. Rehicimos como pudimos sin perder tiempo el corralito, con la rudimentaria mirilla, en la cresta del cabezo junto a una lleca, colocamos la jaula de la perdiz sobre una piedra a diez o doce pasos de distancia, como mandan los cánones, y nos acomodamos dentro. Nada más quitar la capucha de la jaula, empezó a cantar el pájaro con las primeras luces. No tardó en responder al reclamo un “coreque” lejano. Al oírlo, la perdiz de la jaula se fue excitando visiblemente. La respuesta del perdigacho sonó cada vez más cerca, hasta que sentimos su canto apasionado en el costero a menos de cien metros. Yo agaché la cabeza, con el pulso acelerado. Vi a don Fernando, el cura, apuntar con la escopeta por la mirilla del chozo. Pasaron unos interminables segundos de espera conteniendo el aliento. Y sonó el disparo. Sin levantar la cabeza, le pregunté: “¿Ha caído?” “¡Mierda, la de la jaula!”, me respondió. Así era. Estaba desolado. La caza no era lo suyo. El macho había volado y la perdiz de reclamo yacía muerta en la jaula, como un despojo inútil, silencioso.

Peor fue lo del tio Juan que salió al amanecer con el reclamo una mañana de estas, entre San Juan y San Pedro, y, al ver que no volvía cuando el sol daba de lleno en la saya de la campana grande y a esa hora ya no entra ningún perdigacho, subieron a buscarlo y lo encontraron malherido en el chozo. Es una de las escenas más inolvidables de mi infancia, una de las que más me impresionó y que he novelado en alguno de mis libros. Fui testigo directo. Tengo la escena presente con una extraordinaria viveza. Vi desde los peñascales de la placetuela, con ojos asustados de niño, cómo bajaban a aquel hombrachón por la cuesta de los Cerrillos, enfrente del pueblo, entre cuatro hombres, sangrando como un Santo Cristo y profiriendo juramentos a voz en grito. Eran unos gritos tremendos, desesperados, desgarradores, que contrastaban con la placidez del paisaje y el canto de los pájaros en las herrañes. Murió unos días después sin llegarse a conocer nunca la causa del accidente, que dio pie a todo tipo de habladurías.

Dentro del relato mágico de la noche de San Juan -lavarse en el río antes de amanecer, recoger la flor del saúco cubierta de rocío, etcétera-, que recordaba cada año la abuela, además de recitarnos romances de San Juan Degollado, lo que me impresionó de niño es lo que nos contó mi madre, que nunca fue una mujer supersticiosa ni dada a fantasías. Tenía ella 27 años cuando le ocurrió. Alguien la animó a que dejara en el alféizar de la ventana esa noche un cacharro con una clara de huevo, que le descubriría el futuro. Lo hizo por curiosidad y sin ninguna convicción, como un juego, pero cuando abrió por la mañana la ventana y observó el experimento, sintió un escalofrío. En el fondo del cacharro se dibujaba claramente un ataúd. Comentó ese día el inquietante descubrimiento sin darle más importancia, pero unos meses después moría mi padre y a ella, pasados los años, esa experiencia del día de San Juan no se le fue de la cabeza. ¿Un presentimiento? ¿Una mala pasada de la imaginación ante la quebrantada salud de mi padre? Seguramente.

Pero una de las historias más emocionantes de mi infancia en Sarnago la noche de San Juan no tiene nada que ver con desgracias o malos presentimientos, aunque con la distancia de los años la veo rodeada de una magia especial. Mi abuelo, que ya había pasado de los 70, cogió en una mano la cachava y en la otra tomó mi mano y nos encaminamos los dos, pasito a paso, a San Pedro Manrique, una legua de camino, a ver la hoguera. Yo tendría siete años. Era noche cerrada y serena, sin una luz en toda la extensión de la mirada. Aún no había llegado a aquellos pueblos la luz eléctrica. Caminábamos iluminados sólo por la luz de las estrellas. En el cielo aparecía en todo su esplendor la vía láctea o camino de Santiago. De vez en cuando, en la lejanía, se vislumbraba una pequeña luz que se movía. “Es un coche -me explicaba el abuelo- que acude como nosotros al paso del fuego”. Un coche para un niño de Sarnago despertaba entonces casi tanto interés como ahora la aparición de un platillo volante. Por el camino el abuelo me fue contando historias del castillo y de San Pedro el Viejo, cuyas misteriosas ruinas sobre la loma se adivinaban borrosamente. Y nunca olvidaré el momento en que, al coronar el cerrillo alto, a mitad del recorrido, me dijo: “Mira allí lejos, al fondo, es el resplandor de la hoguera”.

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