El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: julio, 2015

LA REVISTA

He recibido “Sarnago”, la revista de la Asociación de Amigos del pueblo. La excelente publicación alcanza ya la octava edición, lo que tiene mérito en los tiempos que corren. Sale en digital y en papel. Con los años ha ido incrementando sus páginas y el número de los colaboradores, hasta componer un relato variopinto, cargado de retazos de vida y de historia. A través de sus más de setenta páginas, ilustradas con valiosas fotografías, algunas entrañables, discurre un río sereno y a veces tumultuoso de erudición, sentimientos y recuerdos. Es una buena forma de mantener viva la memoria del pueblo y, en general, de la desfalleciente cultura rural. Lleva razón el portugués Miguel Torga cuando dice en el prólogo de sus “Cuentos de la montaña” que universal es lo local sin paredes. Siempre lo he creído. Por eso, aun partiendo de lo local, no se le puede negar al conjunto del contenido de esta revista, que un día será fuente de investigación para antropólogos y de inspiración para poetas, una dimensión universal. Lo que ha pasado aquí, en Sarnago y en las Tierras Altas, ha ocurrido también en otros sitios con mínimas diferencias. Con fuertes trazos de colores se dibuja el cuadro, perfectamente reconocible, de la vida y la muerte de un mundo que llegó a florecer con pujanza en estas sierras, estos campos y estos montes. Ya conocen el lema: “Sarnago, tierra de nadie, tierra de todos”.

Ocupa la portada una fotografía estremecedora: ruinas cubiertas de nieve. Es una buena conjunción. Evoca los largos inviernos, estación característica de esta tierra, y la desolación del abandono. La nieve tiene aquí aparente carácter de mortaja; pero sobre la foto figura un lema que es un grito de esperanza: “La nieve conservó las ruinas, el sol traerá la luz”. O sea, el sol regalará la nieve. Siempre ocurre. En el prólogo el presidente de la Asociación, José Mari Carrascosa, hace balance y fija objetivos. Primero, una reseña de aniversarios: se cumplen diez años de la publicación de la revista, treinta y cinco del nacimiento de la Asociación, creo que la primera de las Tierras Altas, y medio siglo exacto, el 7 de diciembre de 1965, del fatídico decreto por el que se declaraba de utilidad pública la expropiación y urgente ocupación de estas tierras y estos montes “a efectos de la repoblación forestal”. Una decisión oficial desafortunada, a la que personalmente, infeliz de mí, me opuse abiertamente, que condujo a la gran despoblación de la comarca. Desde entonces todo ha ido de mal en peor, a pesar de los heróicos nucleos de resistencia como éste de Sarnago. Entre los objetivos de la Asociación para este año figura en primer lugar la restauración de la iglesia, “el edificio más emblemático del pueblo”. Esa va a ser, pues, la gran hacendera que viene. “Vamos a por la iglesia” es el cintillo que figura en la cabecera de las páginas.

Apuntala el compromiso la reproducción en la página 65 del concluyente texto de Carmelo Romero, profesor de Historia en la Universidad de Zaragoza, uno de los descollantes intelectuales sorianos, nacido en Pozalmuro, que tuvo a bien presentar en la Casa de Soria de la capital aragonesa uno de mis libros de la Alcarama. Allí lo conocí de cerca. El fragmento está sacado de su libro “Calladas rebeldías. Efemérides del tio Cigüeño” y no me resisto a reproducirlo aquí en parte, para ilustración y disfrute de todos:

.”¿Qué edificio era el primero en divisarse estuviese uno donde estuviese? La iglesia.
.¿Qué edificio era el más sólido, el más grande y con la piedra mejor tallada? La iglesia.
.¿Qué edificio albergaba todos y cada uno de los grandes acontecimientos de todas las existencias -el nacimiento, la boda, la muerte-? La iglesia.
.¿Dónde todos los varones se quitaban la boina y dónde todas las mujeres se cubrían con velo en señal de respeto y sumisión? En la iglesia.
.¿Dónde todos acudían a pedir amparo y protección cuando se prolongaba la dañina sequía o amenazaban las nubes con devastadora pedregada? A la iglesia.
.¿Quién convocaba a todos cuando los incendios, cuando los trabajos comunitarios, cuando se precisaba buscar a algún coterráneo extraviado en las ventiscas de la sierra, cuando…? Las campanas de la iglesia.

…Aquellas campanas que ora expandían algarabías festivas, ora quejidos de tiempos lentos, ora agonías de muerte. Quien borre la iglesia del pasado no entenderá su historia y quien quite de ella las campanas no entenderá la iglesia. En mis oídos, hace mucho tiempo sin Dios, siguen resonando las campanas como un compendio de todos los sonidos de mi infancia”.

Isabel Goig documenta la fundición de una de las campanas de la iglesia de Sarnago en 1617, un año después de la muerte de Cervantes. Pesó cuatro quintales y costó catorce ducados.

La revista “Sarnago” hace un repaso sosegado a las actividades culturales y hacenderas del último año trascurrido, con especial atención a las fiestas, con las móndidas y el mozo del ramo de protagonistas. Y por sus páginas van discurriendo crónicas de hoy y de la nostalgia, costumbres pasadas, historias y leyendas, desde las ruinas de San Pedro el Viejo a la importancia de las cañadas, de los oficios perdidos como cardar la lana al relato minucioso y realista que hace César Ridruejo -a mí me ha encantado- de las actividades pasadas y el lenguaje vivo de las Tierras Altas. Desde la Asociación de Amigos de Armejún traen a colación “La Epístola de San Pedro Manrique y Los oficios del pastor”. Tales oficios concluyen así:

“Y el octavo por la noche
buena cena nos tendrán:
cuatro sopas bailadoras
y un corrusquillo de pan;
los zurriagos a remojo
para empezar a arrear,
la cazuela boca abajo
y el puchero en el vasar”.

La revista es una mina interminable. Si uno se pone a espigar no acaba nunca. Habrá que volver sobre los pasos, no sin antes recoger ya, de la amplia muestra que se publica, unos versos del gran poeta de la sierra y de la tierra, Fermín Herrero:

“Siempre mirando al cielo, cuando falta
el agua y cuando sobra, con tempero
de siembra y en el tiempo de granazón,
cuando está la cosecha y el solano
por la mañana predice la tormenta
y la tarde se va nublando y para qué
los cirios si el pedrisco. Siempre mirando
al cielo…”

LA SIEGA

Este largo silencio del cuco se debe a que estamos en verano, el calor aprieta, la absorción del mar es fuerte, el wifi falla y el cuerpo pesa lánguidamente bajo la sombrilla. Uno se deja llevar por las horas muertas y por el monótono vaivén de las olas. El ordenador lleva días arrumbado sobre la mesa del salón, y uno queda tan desconectado de la realidad virtual como de la otra, si es que hay otra realidad en estos tiempos de los teléfonos inteligentes y de la incomunicación. Uno justifica su dejadez, su vaguería, apelando al valor terapéutico del descanso. Siempre tenemos justificación para todo. Así que aquí me tienen, en bermudas, sentado en la terraza, mirando al mar, con el ordenador, por fin, desempolvado, mientras debajo se oye el alegre griterío de los muchachos jugando al fútbol en el jardín de la urbanización, entre las palmeras, lo mismo que todos los años. Los vecinos de enfrente han dejado, como de costumbre, quebrantando las normas de la comunidad, la ropa tendida en su terraza y una toalla azul de playa colgada en los barrotes saludando a la tarde. En el piso de abajo ladran dos perros, como siempre que se quedan solos los pobres animales, desterrados como yo. La vecina del bajo luce un pareo rosa sobre el bañador, seguramente el mismo que el año pasado. Corre una leve brisa que alivia el calor pegajoso. Las manos se humedecen y del mar suben unas nubes bajas, vaporosas y efímeras, que manchan el cielo. “Todo es prodigio por añadidura”, que dice Jorge Guillén en “Cántico”.

Llevo días, incluso cuando estoy tirado en la arena en estado de estúpido anonadamiento, sintiendo por dentro, como un aguijón, la necesidad de reanudar la comunicación con los seguidores del blog, si es que aún queda alguno. Pensándolo bien, también ellos tienen derecho a descansar, a desconectar y a dejarse de servidumbres. Es el tiempo de la dispersión. Espero que tomen esto como una amistosa carta de verano y una señal de respeto y consideración. Como dice Gracián, “no hay desierto como vivir sin amigos: la amistad multiplica los bienes y reparte los males; es único remedio contra la adversa fortuna y un desahogo del alma”. Pues eso. El cuco espaciará su canto en la canícula, pero no piensa por ahora rendirse a la tentación de dejarlo definitivamente. Sobre todo por los que siguen ahí -y cada día compruebo que hay más visitantes de medio mundo- y porque aún quedan muchos despojos que recoger entre las ruinas del mundo rural. Todo esfuerzo y toda aportación es poca, me parece, en defensa de los pueblos y de sus gentes, en esta hora decisiva, hasta que se imponga la conciencia de la tremenda injusticia histórica con el campo y se repare el daño causado.

Hoy era el cumpleaños de mi padre. Mientras anochece sobre el mar, mi pensamiento vuela a las Tierras Altas de la Alcarama, donde estarán en plena siega. Con estos calores clascará la mies. Vuelvo a aquellos veranos azules de la infancia y de la juventud cuando aún no habían llegado las máquinas y salían los segadores al amanecer con las hoces a la espalda o metidas en el serón de la caballería. Me veo en lo alto del orillo con un sombrero de paja, confiando en que en un hoyo del suelo recién segado aparecerá en cualquier momento un nido de codorniz con seis o siete huevos. Los segadores, con la zoqueta en la mano izquierda y la hoz en la derecha siegan a tajo parejo. Nadie de la cuadrilla puede retrasarse. Siegan encorvados, cubiertos con la boina, y el sudor baña su rostro tostado y ennegrecido. Van dejando las manadas en el rastrojo. Algunos va cantando. Les sigue el atador, que arma con ellas los fajos, ceñidos con vencejos humedecidos de bálago, bien apretados con el garrotillo. Después los fajos se amontonarán en fascales y a la sombra de un fascal, si es que no hay un bizcobo o un espino a mano en el ribazo, reposará la bota y el botijo. Si la peonada es grande, el botijo y la bota serán sustituidos por el cántaro de agua y el garrafón de vino junto a las alforjas con la fiambrera. Habrá que echar el día en la pieza. De sol a sol. En la siega se consume gran parte de las reservas de la despensa, dispuestas para todo el año. En la recogida de la cosecha colabora toda la familia, hombres y mujeres, niños y viejos, cada uno en el papel que le corresponde, según el orden establecido durante generaciones.

Desde que llegaron las máquinas y fueron muriéndose los pueblos, el rito de la cosecha ha desaparecido. De aquello sólo me queda dentro aquel monótono chirrido de las chicharras acompañando la vuelta a casa, que se mezcla esta noche con el rumor del mar.