LA SIEGA

por elcantodelcuco

Este largo silencio del cuco se debe a que estamos en verano, el calor aprieta, la absorción del mar es fuerte, el wifi falla y el cuerpo pesa lánguidamente bajo la sombrilla. Uno se deja llevar por las horas muertas y por el monótono vaivén de las olas. El ordenador lleva días arrumbado sobre la mesa del salón, y uno queda tan desconectado de la realidad virtual como de la otra, si es que hay otra realidad en estos tiempos de los teléfonos inteligentes y de la incomunicación. Uno justifica su dejadez, su vaguería, apelando al valor terapéutico del descanso. Siempre tenemos justificación para todo. Así que aquí me tienen, en bermudas, sentado en la terraza, mirando al mar, con el ordenador, por fin, desempolvado, mientras debajo se oye el alegre griterío de los muchachos jugando al fútbol en el jardín de la urbanización, entre las palmeras, lo mismo que todos los años. Los vecinos de enfrente han dejado, como de costumbre, quebrantando las normas de la comunidad, la ropa tendida en su terraza y una toalla azul de playa colgada en los barrotes saludando a la tarde. En el piso de abajo ladran dos perros, como siempre que se quedan solos los pobres animales, desterrados como yo. La vecina del bajo luce un pareo rosa sobre el bañador, seguramente el mismo que el año pasado. Corre una leve brisa que alivia el calor pegajoso. Las manos se humedecen y del mar suben unas nubes bajas, vaporosas y efímeras, que manchan el cielo. “Todo es prodigio por añadidura”, que dice Jorge Guillén en “Cántico”.

Llevo días, incluso cuando estoy tirado en la arena en estado de estúpido anonadamiento, sintiendo por dentro, como un aguijón, la necesidad de reanudar la comunicación con los seguidores del blog, si es que aún queda alguno. Pensándolo bien, también ellos tienen derecho a descansar, a desconectar y a dejarse de servidumbres. Es el tiempo de la dispersión. Espero que tomen esto como una amistosa carta de verano y una señal de respeto y consideración. Como dice Gracián, “no hay desierto como vivir sin amigos: la amistad multiplica los bienes y reparte los males; es único remedio contra la adversa fortuna y un desahogo del alma”. Pues eso. El cuco espaciará su canto en la canícula, pero no piensa por ahora rendirse a la tentación de dejarlo definitivamente. Sobre todo por los que siguen ahí -y cada día compruebo que hay más visitantes de medio mundo- y porque aún quedan muchos despojos que recoger entre las ruinas del mundo rural. Todo esfuerzo y toda aportación es poca, me parece, en defensa de los pueblos y de sus gentes, en esta hora decisiva, hasta que se imponga la conciencia de la tremenda injusticia histórica con el campo y se repare el daño causado.

Hoy era el cumpleaños de mi padre. Mientras anochece sobre el mar, mi pensamiento vuela a las Tierras Altas de la Alcarama, donde estarán en plena siega. Con estos calores clascará la mies. Vuelvo a aquellos veranos azules de la infancia y de la juventud cuando aún no habían llegado las máquinas y salían los segadores al amanecer con las hoces a la espalda o metidas en el serón de la caballería. Me veo en lo alto del orillo con un sombrero de paja, confiando en que en un hoyo del suelo recién segado aparecerá en cualquier momento un nido de codorniz con seis o siete huevos. Los segadores, con la zoqueta en la mano izquierda y la hoz en la derecha siegan a tajo parejo. Nadie de la cuadrilla puede retrasarse. Siegan encorvados, cubiertos con la boina, y el sudor baña su rostro tostado y ennegrecido. Van dejando las manadas en el rastrojo. Algunos va cantando. Les sigue el atador, que arma con ellas los fajos, ceñidos con vencejos humedecidos de bálago, bien apretados con el garrotillo. Después los fajos se amontonarán en fascales y a la sombra de un fascal, si es que no hay un bizcobo o un espino a mano en el ribazo, reposará la bota y el botijo. Si la peonada es grande, el botijo y la bota serán sustituidos por el cántaro de agua y el garrafón de vino junto a las alforjas con la fiambrera. Habrá que echar el día en la pieza. De sol a sol. En la siega se consume gran parte de las reservas de la despensa, dispuestas para todo el año. En la recogida de la cosecha colabora toda la familia, hombres y mujeres, niños y viejos, cada uno en el papel que le corresponde, según el orden establecido durante generaciones.

Desde que llegaron las máquinas y fueron muriéndose los pueblos, el rito de la cosecha ha desaparecido. De aquello sólo me queda dentro aquel monótono chirrido de las chicharras acompañando la vuelta a casa, que se mezcla esta noche con el rumor del mar.

Anuncios