POR LA VIRGEN DE AGOSTO

por elcantodelcuco

“Qué, tio Marcos, buen año ¿eh?”. “No nos podemos quejar no, ha habido otros peores, y además ¿de qué sirve quejarse?”. “¡Este año tiene ya el granero lleno; granero lleno, andorga llena!” “Bah, pan para hoy y hambre para mañana”. Y el tio Marcos sigue su camino renqueante e impasible por la plaza hacia la era con una horca de madera en la mano, que le sirve hoy de cachava, canturreando su canción acostumbrada: “La pintaron, la pintaron / la mañana de San Juan /. La pintaron, la pintaron, / pero la pintaron mal”. El hombre representa bien la resignación o la conformidad del campesino, su leal trato con el destino. Nunca le verán llorar por las esquinas ni echar las campanas al vuelo cuando vienen bien dadas. Los rezos silenciosos se mezclarán con los juramentos. Una especie de estoicismo envuelve su vida, como el tamo de las eras blanquea al final del verano su gastada boina y cubre las calles y callejas, las piedras de los corrales y las matas de malvas solitarias donde bordonean los abejorros.

Por la Virgen de Agosto, en la pieza sólo permanecen en pie sin segar algunas puntas de tardíos, avena mayormente, además de los yeros y los cucos que hay que arrancar con el rocío para formar los gabejones antes de que el sol, entrada la mañana, caiga a plomo sobre la calcinada rastrojera. Una semana después, por San Bartolomé, si el tiempo no lo impide, la era debería estar limpia. Si acaso, quedarán las granzas en un rincón y puede que una parva sin “ablentar”, cubierta con un mantón por si viene tormenta, esperando que vuelva a lucir el sol y sople el aire para que trabajen las horcas. Sobre la hierba arrasada de las eras empedradas nacerán pronto los espantapastores, precursores tempranos del otoño adelantado. En esta tierra, ya se sabe, el verano es corto y el invierno, largo. Por la Virgen colorearán las primeras moras en los zarzales de las huertas y llegarán las aves de paso: letujas, culirroyos, petirrojos…, a muchas de las cuales, ¡pobres!, les espera el traicionero cepo con la tentadora aluda aleteando. ¡Cuántos manojos de pájaros pesan sobre mi conciencia infantil!

Por la Virgen de Agosto se abre la media veda. (El campo era aún libre, no había cotos y quedaba caza). Salen los cazadores muy de mañana en busca de las escurridizas e inocentes codornices y alguna tórtola huidiza para el condumio de la familia. El perro muestra la pieza, después de una frenética agitación, quedándose inmóvil como una estatua, con el rabo extendido, en medio del alto rastrojo del trigo, segado a hoz, o bien bajo los marallos, en el frescor del orillo o en el cercano ulagar de la lleca. El vuelo de la codorniz es recto y fácil para un cazador medianamente avezado. Si, después de dispararle los dos tiros con perdigón menudo de mostacilla, el pájaro se va, el cazador expresa su frustración con elegancia, mientras vuelve a cargar la escopeta. “¡A criar!”, exclama, ante el desconcierto del perro, que busca aún la presa, acotumbrado como está a cobrarla y traerla en su húmeda boca a la mano del cazador. La caza de la codorniz es placentera y cómoda, nada que ver con la de la perdiz roja. La mañana de la desveda se desarrolla en las rastrojeras cercanas al pueblo a la vista de todos. El humo del disparo, cuando apunta el cazador, precede unos segundos al ruido de la explosión. Hasta la hora de misa -la Asunción es fiesta mayor- suenan en el pueblo los disparos de los cazadores, que, unidos al volteo de las campanas, bien pueden interpretarse como la traca que anuncia el final del verano, la ruidosa liberación tras el largo silencio. En muchos lugares de alrededor la Virgen y San Roque son las fiestas patronales. Suena la música en las calles, sacan los patronos en procesión, hay sermón de campanillas y se pone baile en la plaza. Las caballerías retozan en la dula y las piaras de ovejas se recogen temprano en las majadas.

Por la Virgen de Agosto y San Bartolomé se inicia en las Tierras Altas un cambio de ciclo. Recogida la cosecha y con el tempero de las primeras lluvias, no tardarán a salir las yuntas calle abajo arrastrando el arado hacia las barbecheras. El silencio vuelve a apoderarse del pueblo. El eterno ciclo de las estaciones se repite sin fin, se cumple inexorablemente y marca a fuego la mente y la vida de los campesinos. “¡Esta vida, esta vida!”, murmurará el tio Marcos cuando nadie le oiga.

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