El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: octubre, 2015

LA DESPENSA NATURAL

A Chiqui por su amor a las plantas y su magnífico blog

Ahora que está en auge la alta cocina dispuesta con productos naturales del entorno, de lo más variopintos y curiosos, hasta no hace mucho despreciados, y cuando proliferan las iniciativas comerciales sobre medicina natural -Soria Natural, sin ir más lejos-, voy a hacer un repaso, hasta donde la memoria me alcance, de los frutos del campo que comíamos de niño en Sarnago sin encomendarnos a Dios ni al diablo; o sea, sin conocer sus propiedades o sus peligros. El primer acontecimiento de mi vida de que tengo memoria clara es una fuerte intoxicación o envenenamiento, cuando tenía apenas tres años, que me puso, según me han contado, al borde de la muerte. Quedó por lo visto claro observando lo que arrojé por mi boca que me había hinchado de comer “cuquillos”, los pequeños frutos rojos de una enredadera silvestre. Nunca más se me ocurrió probarlos. Pero, en general, todo el mundo en el pueblo sabía distinguir lo que era comestible de lo que no. En caso de duda, como pasaba con las setas, la gente era precavida y prefería no exponerse a un disgusto serio. Lo que no conocíamos ni sospechábamos eran las virtudes que tenía para nuestra salud esa despensa natural.

En esas Tierras Altas, frías, áridas, pobres y montañosas, los frutos del campo tienen más sabor. Allí prácticamente no había frutales, porque las heladas tempranas acabarían con el fruto en flor. Nos quedaban las sabrosas moras de zarzal, que recogíamos, nada más empezar a madurar, en frescas hojas de berza, y al final del verano, en rezumantes cestas. Pero recuerdo que también nos comíamos, después de pelados, los brotes verdes de la zarzamora Las endrinas había que recolectarlas después de las primeras heladas a comienzos de otoño. Perdían entonces la aspereza y se ofrecían ya blandas y dulces para saborearlas directamente o para meterlas en la botella de aguardiente. Un pariente cercano del endrino era el bizcobo, que, entre otros nombres, se conoce por majuelo o espino albar. En los ribazos de los campos de labranza, cubiertos de flor blanca, los bizcobos han sido siempre la alegría de la primavera. Su fruto pequeño y rojo que envuelve una sola semilla posee, según he sabido ahora, además de una concentración de vitaminas, ciertas propiedades comprobadas para mejorar los problemas circulatorios y del corazón. Sirve también para mermeladas y para dar sabor al vino y al brandy. En Inglaterra es legendario el “espino de Glantosbury”, que florecía, hasta que murió, dos veces al año (me imagino que esa es la raíz del nombre de “bizcobo”). Allí se venera “El viejo espino Hethel”, junto a la iglesia de esta pequeña localidad, que tiene más de setecientos años. ¡Cuántas generaciones habrán visto algunos de los bizcobos de Sarnago! En la tradición gaélica el espino blanco señala la entrada al otro mundo y se relaciona con las hadas y con las rutas místicas.

Vecino de éste es el calambrujo, como se llama a este familiar arbusto en las Tierras Altas, conocido, en general, por escaramujo o tapaculo. Es un rosal silvestre con hermosas flores rosadas elementales, de apenas cuatro hojas, que algún gracioso llamó rosas de perro y con eso se han quedado. Su fruto, de color anaranjado-rojizo, cuando madura, es una bolsa de semillas y un concentrado vitamínico, con una extraordinaria carga de vitamina C. Su alto contenido en taninos convierte al calambrujo en astringente, arma eficaz contra la diarrea; de ahí lo de tapaculo. En algunos sitios como en Inglaterra fabrican con la piel del escaramujo estupendas mermeladas. Y en este apartado de plantas medicinales, no podemos olvidar la gayuba, también llamada uva de oso o uva de zorro. Es una planta rastrera que alfombra de verde los brezales del monte. Todos los intentos de aclimatarla al costero de mi jardín en Las Rozas de Madrid han sido inútiles. Sólo se cría en las tierras pobres y montañosas. Sus propiedades medicinales son asombrosas. Su fruto rojo, bien conocido en botica, da pie a fármacos contra las enfermedades urinarias, cistitis, piedras en el riñón, etcétera, además de ser diurético y servir para curar heridas. Las hojas sirven para curtir pieles. Nosotros nos comíamos las gayubas porque nos gustaban y consumíamos en el monte, como si fueran palomitas de maíz, puñados de “gapas”, como llamábamos a las arracimadas y dulces flores del gayubo, blancas con fino borde rosado.

En esta despensa de la naturaleza no faltaban las maguillas, o pequeñas manzanas silvestres, las magüetas o fresas salvajes, que en otros sitios llaman mayetas, las bellotas, los espárragos silvestres, las pomas, las nueces y avellanas, la grosella y los arándanos. Ni siquiera hacíamos ascos a los virotes de las berzas. Con uno de estos virotes dulzones me obsequió en El Vallejo la tía Romualda, la bizmera, cuando bajé de niño en busca de la gargantilla para curar a la cochina recién parida. Y me quedan tres productos naturales, que consumíamos habitualmente, con no poco deleite, y de los que no he logrado tener referencias ni equivalencias. A veces he pensado que alguno de ellos, a juzgar por ciertas experiencias extrañas de la infancia, podía tener poderes alucinógenos. Son estos: el “perque”, una cebolleta dulce de la que emergía en el robledal una flor morada, que nos daba la pista para dar con ella; el “amugue”, un tubérculo pequeño como una bolita, que descubríamos en la pradera porque correpondía a una hierba con una raya blanca; y, en fin, las “aciablas”, unas pequeñas plantas con hojas anchas que sabían a limón y que brotaban arracimadas en las eras después del verano, lo mismo que los “gallos” o espantapastores.

Todo eso consumíamos. Seguro que me olvido de otros frutos que se ofrecían generosamente a la mano y que no despreciábamos. La sabia naturaleza era nuestra despensa habitual, quién sabe si también la guardiana de nuestra salud. Me ha parecido bueno el recordatorio para que esto no pase al olvido, como tantas cosas.

RECUPERANDO EL PUEBLO

He vuelto a ver los álamos del Duero. Este viaje otoñal a Soria, con parada y fonda en Garray, al pie de Numancia, se ha convertido en una cita familiar obligada y un buen pretexto para contemplar una vez más en estas fechas la colorida y serena belleza del campillo de Buitrago y de El Valle y sumergirse luego en el pinar por el camino que asciende a la Cebollera. De paso es buena ocasión para cargar las alforjas con los sabrosos y ecológicos frutos del huerto de mi hermano. Un día completo, aunque este año nos volviéramos del monte con las cestas vacías. Ni una seta. No quedó siquiera tiempo para visitar a Juliana, la anciana monja anacoreta que vive sola en una cabaña cerca de Molinos de Razón, a la que está a punto de echársele, como a la Romana de Valdenegrillos, el duro invierno encima. Las heladas de madrugada ya han hecho su presentación en estas altas tierras de montaña y esta mujer belga de ojos claros, uno de ellos averiado, que se levanta a las cinco para rezar maitines, no tiene calefacción ni agua caliente. Ella reza, lee, oye música, cultiva su pequeño huerto y así apura su vida.

Sor Juliana se me representa como la mejor metáfora del silencio y la soledad de esta tierra soriana, árida y fría. Cuando llegas del tumultuoso ajetreo de la capital notas que todo sigue igual, las mismas gentes, las mismas conversaciones, el mismo paisaje, los mismos viejos sentados en el poyo de la calle, como si el mundo aquí se hubiera quedado quieto, inmóvil, petrificado, como si todos los relojes se hubieran parado hace mucho tiempo. Da la impresión de que aquí nunca pasa nada, salvo el paso silencioso de las estaciones y el gru-gru de las grullas en el cielo. Ante tí aparecen los mismos rostros desconocidos, como si los conocieras de toda la vida, el mismo rumor del agua del río y del viento en los árboles de la orilla, la misma luz desfalleciente, las mismas torres sin cigüeñas con las campanas calladas, si es que aún quedan campanas, la misma fuente sola, las mismas calles solitarias sin cruzar un alma, los mismos perros callejeros, el mismo cuervo graznando y volando alto hacia la umbría del monte… Ni siquiera el paso de los coches por la carretera rompe la monotonía. La diferencia con la monja Juliana es que esta tierra soriana hace tiempo que renunció a la mística. Los que notan que les hierve la sangre no aguantan más, cogen el hato al hombro y se largan. Eso es lo que pasa.

Por eso sorprende más que en Sarnago, mi pueblo, un pueblo despoblado, menuda paradoja, ocurran cosas, y la prensa soriana por unanimidad se ocupe de ellas de forma destacada. Un pueblo que se daba por muerto da claras señales de vida. ¡Se recupera! Esa es la noticia. La Asociación sigue dale que dale y la gente responde. Ya somos ciento quince socios, si el presidente y activo impulsor, José Mari Carrascosa, no me lo desmiente. La última hacendera, con docenas de participantes en los trabajos comunitarios, ha dado que hablar. Se ha echado el suelo de cerámica en el cuartecillo, debajo del Ayuntamiento, donde, cuando yo era niño, se ponía el baile las tardes de domingo lluviosas y donde, de la mano de mi abuela Bibiana, tan asombrada como yo, vi una noche por primera vez cine: unas imágenes en movimiento, proyectadas en una sábana desde una máquina con una linterna -aún no había luz eléctrica-, un aparato que el operador impulsaba moviendo manualmente una manivela, a la vez que comentaba las imágenes. También se hicieron arreglos en la plaza y en las calles. Pero, sobre todo, lo que más llamó la atención fue que se inició la recuperación de la iglesia derrumbada, apuntalando la pared que da al camino de Valdenegrillos y que amenazaba ruina. Una enorme grieta, como un tremendo rayo, dejaba el muro herido de muerte. La Diputación y el Obispado siguen racaneando y poniendo pataratas. ¿Qué es eso, señor obispo, de una cesión por diez años? ¿Qué inconveniente hay en que de las ruinas del antiguo templo, condenado si no al derrumbe completo en poco tiempo, emerja un espacio cultural multiuso, incluidos, por supuesto, los servicios religiosos? Aún no han valorado el coraje, la generosidad y la buena voluntad de esta gente, que yo considero mi gente. Aún no se han enterado del poder de un pueblo que no está dispuesto a dejarse morir. Harían bien en colaborar activamente en esta recuperación, que se ha convertido en un ejemplo para muchos y en una señal de esperanza para las Tierras Altas.

Cuando dejaba Soria anochecía y empezaba a llover. Me despedí con la mirada de la sierra de Oncala, donde está mi tierra, y después elevé la mirada al Espino, donde reposa mi madre, que estos días finales de octubre cumplía años casi coincidiendo con el aniversario de su muerte. Ella se habría alegrado con la hacendera de Sarnago.

JABALÍES EN EL JARDÍN

No se oyó ladrar por la noche a los perros en la urbanización. Sólo el rumor acostumbrado e intermitente de los coches en la carretera y el ruido monótono de los trenes en la lejanía alteraron la serena noche de otoño. Ni un grito, ni la voz de alerta de un vecino, ni la sirena del coche patrulla de la policía municipal. Nada. Y, sin embargo, cuando amaneció Dios todos comprobamos el destrozo. Amplias zonas del cuidado césped aparecían levantadas. Hasta los arriates de flores recién plantadas por los jardineros junto a la parada del autobús. Todo estaba hozado, labrado. En la tierra humedecida y recién abierta, si se observaba con detenimiento, quedaban inconfundibles huellas de pezuñas. No había duda. Una piara de jabalíes había llegado sigilosamente de madrugada en busca de alimento hasta la misma puerta de los chalés. Era fácil imaginárselos irrumpiendo al trote cochinero desde el cercano bosque de encinas y enseñoreándose, con su cortante colmillo, del territorio que un día fue su hábitat. Es lo mismo que hacen las torcaces, expulsadas a golpe de ladrillo y que han recuperado poco a poco su espacio, se han amansado y se han habituado a compartir su vida con los humanos. En el álamo de mi jardín y en el ciruelo de la entrada de la casa acostumbran, de unos años a esta parte, a hacer el nido. También proliferan las urracas, que anidan en los árboles de la calle, se enseñorean de las antenas de televisión con su raca-raca particular y te las puedes encontrar, luciendo su impecable frac y andando a saltitos, en la misma puerta de la casa.

Está visto que los animales salvajes están perdiendo el miedo al hombre. Y a medida que éste se aleja de la naturaleza, la naturaleza vuelve, amansada, a nuestro encuentro. Alguna vez, hace ya muchos años, fui de jabalíes. La cacería se iniciaba en el punto de la mañana. Los gritos de los ojeadores y los ladridos de los perros recorrían el monte, mientras los de las escopetas esperábamos emboscados, con el pulso acelerado, en los pasos estratégicos. Para nosotros aquellos bichos feos, de piel oscura, cubierta de largas y ásperas cerdas negras, marrones o rojizas, rechonchos, de cabeza grande, ojos diminutos, oído agudo, fino olfato, patas cortas y colmillo afilado eran fieras, capaces de desventrar a los perros que les acosaban, y no merecían ninguna compasión. Ni siquiera la madre jabalina seguida de sus pequeños rayones. Si se ponían a tiro, se disparaba sin misericordia y sin mala conciencia. El disfrute era mayor si el que asomaba el hocico en el claro del bosque era el macho viejo y solitario de diez arrobas, que solía ir escoltado por el macho joven, su escudero. Dentro de poco, en noviembre, entran en celo estos animales, y el verraco se encarga de unas cuantas hembras, que disputa con fiereza después de revolcarse en el barrizal. Ahora he sabido que entre ellos tienen un comportamiento muy sociable y que son capaces de recorrer por la noche, que es cuando salen a comer, diez o doce kilómetros en busca de comida. Tienen buena boca y no le hacen ascos a nada: bellotas, bayas, tubérculos, raíces, caracoles, gusanos, culebras, huevos de los nidos, insectos, hongos, frutas caídas o trozos de pan, lo que sea. Se les considera, ¡pobres!, una de las cien especies exóticas más dañinas del mundo. Por lo pronto, han invadido mi urbanización. Nunca imaginé que un día, cuando yo estuviera ya desarmado, se acercarían a la puerta de mi casa.

También por estos días estará en su apogeo en las Tierras Altas el paso de las palomas. Los cazadores las esperan en los puestos levantados con ramajos en los collados de los montes y de las sierras por donde acostumbran a pasar los bandos mansamente. Las palomas vienen cansadas después del largo vuelo hacia el sur, remontando montañas, desde las frías tierras del norte. También, pecador de mí, confieso que he participado alguna vez en esta infame cacería de palomas. Recuerdo un día muy especial, invitado por cazadores vascos, en el bellísimo escenario de Monte Real, encima de Diustes. Cuando los bandos llegan a la altura de los puestos, se desata, a traición, el tiroteo, como una gran traca, y los mansos pájaros caen a docenas como si fueran aves de trapo. Por lo que observo, muchas de estas palomas torcaces han dejado de ser trashumantes y han perdido bravura y desconfianza hacia el ser humano. A ver qué me dicen los amigos ornitólogos. Prueba de eso es que las veo pasearse con los mirlos, los gorriones y las urracas por mi pequeño jardín, y yo, cuando viene el frío, les dejo allí trozos de pan, que comparten entre todos, más o menos en armonía. (¡Sólo falta el jabalí y San Francisco de Asís!). Cuando se van, llega el petirrojo, que se conforma con las migajas que le dejan. Hoy he oído por primera vez este otoño su chip-chip en los árboles de la calle. Y también hoy he oído el gru-gru de las grullas en el cielo. No todo está perdido.

AYER Y TAN LEJOS

La foto de portada despista un poco. Tres mujeres de espaldas, jóvenes, que se adivinan guapas, vestidas con traje regional -falda larga, blusa y delantal blancos, calcetines a juego, zapatos negros y pañuelo floreado en la cabeza- con cestas de mimbre en la mano, situadas en lo alto del monte con el pinar a sus pies. A primera vista no las asocias con Soria. Piensas, qué sé yo, en el Tirol o en Ucrania. Pero, repasando el libro por dentro, compruebas que la colorida foto está tomada en Covaleda el 8 de septiembre de 2012 y el autor la titula “Paseo con las amigas”. Un paseo montaraz, la verdad, y claramente de otra época. Una atrevida y brillante exhibición de lo que va de ayer a hoy. Un guiño al título de la publicación: “Ayer y tan lejos”. Ahora andarían las tres, casi seguro, en vaqueros, con el “esmarfon” en el bolsillo de atrás y con zapatillas de marca. Es más, transformadas en perfectas “urbanitas”, tengo dudas de que se les ocurriera subir a triscar por el monte solas.

El autor del libro, el fotógrafo Jorge Sanz, del que ya me ocupé aquí de pasada en su momento, dice en el prólogo que se ha dedicado durante seis años, de 2008 a 2014, a recoger con su cámara “instantes” que reflejen “los oficios, situaciones y quehaceres de una forma de vida que, tras perdurar durante siglos, se desvanece ahora inexorablemente”. En busca de esos instantes -las fotos se conocen por instantáneas-, ha recorrido con su coche cuarenta y cinco mil kilómetros y cientos de kilómetros a pie por calles, cerros, veredas y páramos. A través de estas magníficas fotografías viajamos por la memoria, que es lo que yo vengo haciendo en estos escritos mios, que tienen como referencia las Tierras Altas de la Alcarama donde nací y donde discurrió mi infancia, que es, como se sabe, la verdadera patria de uno. Así que, entre mis libros y esta obra de Jorge Sanz, que adivino perdurable, hay una evidente conexión, lo que me obliga a expresar mi alborozo y a desear su propagación. Confieso que, repasando hoja por hoja, me han interesado sobremanera los tipos humanos y los viejos oficios desaparecidos o en trance de desaparecer. Impresiona la galería de retratos, tan reales y tan de otro tiempo.

El arriero de Oncala, con su boina, sus gafas, sus zahones y su manta de cuadros al hombro, tirando del ramal de su caballo tordo; el carretero de Langa, con su visera, su camisa de cuadros y la vara en la mano, caminando al paso de su macho que arrastra el carro con altas banastas; el tipo que unce los bueyes al yugo en Covaleda cogiendo al buey por los cuernos; el campanero de Soto del Burgo repicando a misa en el campanar; el pastor trashumante de Los Campos que llega a casa al frente de su piara, bien esquilada, después de ocho meses en las dehesas de Extremadura, equipado con zahones, boina, la manta al hombro, el garrote y el zurrón; el aventador de garbanzos de Almazán, el alfarero de Tajueco, el vecino de Aldealseñor soltando las ovejas de la majada con la cachava en la puerta, el segador de Nepas; el simulacro de trilla en San Pedro Manrique con el abuelo y las nietas en el trillo; la anciana de Vildé, con el pañuelo malva cubriéndole la cabeza y gran parte de la cara, sentada en el campo descansando sin soltar la cachava; la señora feliz de Cirujales del Rio con el corderillo en brazos, seguida de la oveja recién parida; la anciana desdentada haciendo calceta en Villanueva de Gormaz; el herrero de Berlanga, la fragua, la señora lavando los vellones de lana en Oncala, el cabrero de Viana de Duero con una cabra poniendo sus patas cariñosamente sobre su pecho, el burro con las alforjas cargadas de corderos; el tipo barbudo de Monasterio ayudando a parir a una oveja; el hombre de Morón de Almazán que nos muestra el cepo zorrero. La tremenda escena del matarife de Viana de Duero con el cuchillo en la mano disponiéndose a sacrificar el cordero por Navidad; el pastor en el columpio en Cuevas de Ayllón; el hombre refugiado en el chozo en Barcones, el herrero de Borobia, el zapatero de Almazán, el vigilante de acequias, el esquilador de Montejo de Tiermes, el pulido hombre de la hogaza de Fresno de Caracena, el sembrador de Bordejé con sombrero de paja, el resinero, el pregonero de Matamala, el cestero, la pastora de Aldealseñor, el fabricante de cayados con pasamontañas, la noble figura del mulero de Nepas con sombrero de paja y barba blanca, el colmenero, el pastor de Brias o el de Valderromán, cuando el frio aprieta, envueltos en la imprescindible manta de Palencia. Y, en fin, la Romana de Valdenegrillos tirando del ramal del burro para meterlo en la cuadra.

Es apenas una muestra de lo que encierra “Ayer y tan lejos”. Contiene fotografías de una esplendorosa belleza como la del rebaño bajo el castillo de Gormaz, la estampa del hombre de Rebollo de Duero en el invernadero asomado a la puerta o el perfil de la yegua de La Muela en el arrebol del crepúsculo. Echo en falta que Jorge Sanz no haya puesto nombres a esta representativa galería de personajes, que empìezan a ser todos ya de otra época. (Confieso que estoy considerando las múltiples incitaciones que he recibido para sacar un libro con los tipos humanos, debidamente perfilados, que han ido saliendo en mis escritos. Esta obra de Sanz es una incitación más). Lo importante, como digo, es que conservemos la memoria de un tiempo que se fue, del que venimos.

POR SAN MIGUEL OCURRÍA

Por San Miguel todo volvía a empezar. La vertedera rompía la tierra con el tempero y le daba la vuelta disponiéndola para la siembra. El 29 de septiembre, San Miguel, era el día señalado en que se ajustaban los pastores, los cabreros y los aparceros. Se firmaban los contratos de arrendamiento de tierras. Normalmente bastaba un apretón de manos después de darle algunas vueltas con el inevitable regateo, y el trato culminaba compartiendo un jarro de vino. Partían hacia las dehesas del Sur las merinas trashumantes, y la Sierra se quedaba triste y oscura. En las salas de concejo se establecían las hacenderas para el otoño. Había que ir de caminos tras el trote del verano y los destrozos de las últimas tormentas, labrar los rozos del común, fijar el orden de la dula, había que pensar en la corta de la leña de la dehesa antes de que llegara el primer ramalazo del invierno y había que revisar el catastro, las derramas, las igualas y las normas establecidas de pagos y rastrojeras. En ningún sitio como en el campo, el año empieza en otoño, a partir de San Miguel.

Por San Miguel se sacaban las patatas de la huerta, se recogían las nueces y los seteros salían con sus cestas al monte, sin tener que pagar licencia, en busca de los primeros níscalos y de los sabrosos boletus, que en Soria llaman, por razón del santoral, “migueletes”. No faltaban tampoco cazadores que recorrían laderas y cabezos con antiguas escopetas del 16 de gatillos a la vista, heredadas de padres a hijos, en busca del huidizo bando de perdices o de la liebre encamada en el ulagar, cuando no había cotos y todo el campo era libre. Era también la hora del leñador. Llegaba el tiempo de subir al monte y acarrear estrepas al bardal del corral, donde también se amontonaba el ciemo en un rincón. Había seis meses largos por delante en los que las chimeneas no dejarían de echar humo en los tejados ni de día ni de noche. El bardal y la despensa eran el seguro de vida de los campesinos, hasta que la despensa se cambió por el frigorífico y el bardal, suplantado por el butano. desapareció por completo del paisaje rural, como los niños, el dulero, el cabrero, el herrero, el molinero, el huevero, el cochinero, el maestro, el buhonero, el capador y hasta los perros sueltos en la calle.

Hoy San Miguel, el primero de los siete arcángeles, jefe de los Ejércitos del cielo, representado como un ángel con armadura brillante de general romano, que se enfrenta con una lanza o una espada a Lucifer, el ángel caído con forma de dragón, y que es el encargado de tocar la trompeta el dia del fin del mundo y de pesar en una balanza las almas de los muertos, no pasa de ser una marca de cerveza, un mercado central, una feria de ganado venida a menos y, en no pocos pueblos, una fiesta con fuegos artificiales, misa mayor, mercadillo, verbena y encierro de toros. No deja de ser llamativo que el arcángel San Miguel -su nombre significa, como se sabe, “¿Quién como Dios?”- , que representa la lucha del bien contra el mal, sea venerado por las tres religiones monoteístas -judíos, moros y cristianos- y sea el patrono titular de infinidad de parroquias, colegiatas, ermitas y capillas en todo el mundo. Es un caso singular, que da que pensar. Tratándose de un ser incorpóreo y misterioso, que no ha nacido en la tierra, como pasa con los santos de carne y hueso, esto nos conduce a otra dimensión inaprehensible para la razón. Parece que en la conciencia o memoria colectiva existe el convencimiento maniqueo de que en el mundo asistimos a una guerra sin cuartel entre el mal y el bien, con múltiples manifestaciones cada día en los telediarios, y que cuando llegue el final de la Historia el mal será vencido definitivamente por el bien con ayuda de lo alto, con el arcángel San Miguel al frente. Eso dicen los libros sagrados. Parece que no estamos solos en el Universo.

Por San Miguel llega el veranillo. Los dias acortan, las madrugadas vienen cárdenas, pero un sol tibio y horizontal, que enciende el corazón del dia, nos llega como el último regalo del verano y acaricia los cuerpos de los viejos sentados en los poyos de la plaza o en los bancos del parque mientras contemplan la primera caída de las hojas. Se conoce con toda propiedad como el “veranillo de San Miguel”, el “veranillo de los arcángeles” o el “veranillo del membrillo”. Ya saben: por el veranillo de San Miguel están los frutos como la miel. Y rezuman los últimos racimos de la vendimia. Yo acabo de recoger los primeros membrillos en mi jardín. Están ya dorados. En la antigua Grecia, según he leido, el membrillo estaba consagrado a Afrodita, la diosa del amor. Era el símbolo del amor y de la fecundidad. Los recién casados debían comer uno antes de entrar en la cámara nupcial. Del caballo de cartón que me trajeron los Reyes cuando era niño, lo que más aprecié fue el aparejo de carne de membrillo. Nunca lo he olvidado. Dentro de unos dias, me pondré un delantal y con los membrillos del jardín, dando vueltas y vueltas a la olla con el cucharón de palo y sudando la gota gorda, prepararé en la cocina la mejor carne de membrillo que nunca nadie ha fabricado. Es para mí, compréndanlo, el sabor recuperado de la infancia y la gracia de mi propio veranillo.

Por San Miguel, como digo, ocurría la gran transformación y se reanudaba el ciclo de la vida y de la muerte.