POR SAN MIGUEL OCURRÍA

por elcantodelcuco

Por San Miguel todo volvía a empezar. La vertedera rompía la tierra con el tempero y le daba la vuelta disponiéndola para la siembra. El 29 de septiembre, San Miguel, era el día señalado en que se ajustaban los pastores, los cabreros y los aparceros. Se firmaban los contratos de arrendamiento de tierras. Normalmente bastaba un apretón de manos después de darle algunas vueltas con el inevitable regateo, y el trato culminaba compartiendo un jarro de vino. Partían hacia las dehesas del Sur las merinas trashumantes, y la Sierra se quedaba triste y oscura. En las salas de concejo se establecían las hacenderas para el otoño. Había que ir de caminos tras el trote del verano y los destrozos de las últimas tormentas, labrar los rozos del común, fijar el orden de la dula, había que pensar en la corta de la leña de la dehesa antes de que llegara el primer ramalazo del invierno y había que revisar el catastro, las derramas, las igualas y las normas establecidas de pagos y rastrojeras. En ningún sitio como en el campo, el año empieza en otoño, a partir de San Miguel.

Por San Miguel se sacaban las patatas de la huerta, se recogían las nueces y los seteros salían con sus cestas al monte, sin tener que pagar licencia, en busca de los primeros níscalos y de los sabrosos boletus, que en Soria llaman, por razón del santoral, “migueletes”. No faltaban tampoco cazadores que recorrían laderas y cabezos con antiguas escopetas del 16 de gatillos a la vista, heredadas de padres a hijos, en busca del huidizo bando de perdices o de la liebre encamada en el ulagar, cuando no había cotos y todo el campo era libre. Era también la hora del leñador. Llegaba el tiempo de subir al monte y acarrear estrepas al bardal del corral, donde también se amontonaba el ciemo en un rincón. Había seis meses largos por delante en los que las chimeneas no dejarían de echar humo en los tejados ni de día ni de noche. El bardal y la despensa eran el seguro de vida de los campesinos, hasta que la despensa se cambió por el frigorífico y el bardal, suplantado por el butano. desapareció por completo del paisaje rural, como los niños, el dulero, el cabrero, el herrero, el molinero, el huevero, el cochinero, el maestro, el buhonero, el capador y hasta los perros sueltos en la calle.

Hoy San Miguel, el primero de los siete arcángeles, jefe de los Ejércitos del cielo, representado como un ángel con armadura brillante de general romano, que se enfrenta con una lanza o una espada a Lucifer, el ángel caído con forma de dragón, y que es el encargado de tocar la trompeta el dia del fin del mundo y de pesar en una balanza las almas de los muertos, no pasa de ser una marca de cerveza, un mercado central, una feria de ganado venida a menos y, en no pocos pueblos, una fiesta con fuegos artificiales, misa mayor, mercadillo, verbena y encierro de toros. No deja de ser llamativo que el arcángel San Miguel -su nombre significa, como se sabe, “¿Quién como Dios?”- , que representa la lucha del bien contra el mal, sea venerado por las tres religiones monoteístas -judíos, moros y cristianos- y sea el patrono titular de infinidad de parroquias, colegiatas, ermitas y capillas en todo el mundo. Es un caso singular, que da que pensar. Tratándose de un ser incorpóreo y misterioso, que no ha nacido en la tierra, como pasa con los santos de carne y hueso, esto nos conduce a otra dimensión inaprehensible para la razón. Parece que en la conciencia o memoria colectiva existe el convencimiento maniqueo de que en el mundo asistimos a una guerra sin cuartel entre el mal y el bien, con múltiples manifestaciones cada día en los telediarios, y que cuando llegue el final de la Historia el mal será vencido definitivamente por el bien con ayuda de lo alto, con el arcángel San Miguel al frente. Eso dicen los libros sagrados. Parece que no estamos solos en el Universo.

Por San Miguel llega el veranillo. Los dias acortan, las madrugadas vienen cárdenas, pero un sol tibio y horizontal, que enciende el corazón del dia, nos llega como el último regalo del verano y acaricia los cuerpos de los viejos sentados en los poyos de la plaza o en los bancos del parque mientras contemplan la primera caída de las hojas. Se conoce con toda propiedad como el “veranillo de San Miguel”, el “veranillo de los arcángeles” o el “veranillo del membrillo”. Ya saben: por el veranillo de San Miguel están los frutos como la miel. Y rezuman los últimos racimos de la vendimia. Yo acabo de recoger los primeros membrillos en mi jardín. Están ya dorados. En la antigua Grecia, según he leido, el membrillo estaba consagrado a Afrodita, la diosa del amor. Era el símbolo del amor y de la fecundidad. Los recién casados debían comer uno antes de entrar en la cámara nupcial. Del caballo de cartón que me trajeron los Reyes cuando era niño, lo que más aprecié fue el aparejo de carne de membrillo. Nunca lo he olvidado. Dentro de unos dias, me pondré un delantal y con los membrillos del jardín, dando vueltas y vueltas a la olla con el cucharón de palo y sudando la gota gorda, prepararé en la cocina la mejor carne de membrillo que nunca nadie ha fabricado. Es para mí, compréndanlo, el sabor recuperado de la infancia y la gracia de mi propio veranillo.

Por San Miguel, como digo, ocurría la gran transformación y se reanudaba el ciclo de la vida y de la muerte.

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