AYER Y TAN LEJOS

por elcantodelcuco

La foto de portada despista un poco. Tres mujeres de espaldas, jóvenes, que se adivinan guapas, vestidas con traje regional -falda larga, blusa y delantal blancos, calcetines a juego, zapatos negros y pañuelo floreado en la cabeza- con cestas de mimbre en la mano, situadas en lo alto del monte con el pinar a sus pies. A primera vista no las asocias con Soria. Piensas, qué sé yo, en el Tirol o en Ucrania. Pero, repasando el libro por dentro, compruebas que la colorida foto está tomada en Covaleda el 8 de septiembre de 2012 y el autor la titula “Paseo con las amigas”. Un paseo montaraz, la verdad, y claramente de otra época. Una atrevida y brillante exhibición de lo que va de ayer a hoy. Un guiño al título de la publicación: “Ayer y tan lejos”. Ahora andarían las tres, casi seguro, en vaqueros, con el “esmarfon” en el bolsillo de atrás y con zapatillas de marca. Es más, transformadas en perfectas “urbanitas”, tengo dudas de que se les ocurriera subir a triscar por el monte solas.

El autor del libro, el fotógrafo Jorge Sanz, del que ya me ocupé aquí de pasada en su momento, dice en el prólogo que se ha dedicado durante seis años, de 2008 a 2014, a recoger con su cámara “instantes” que reflejen “los oficios, situaciones y quehaceres de una forma de vida que, tras perdurar durante siglos, se desvanece ahora inexorablemente”. En busca de esos instantes -las fotos se conocen por instantáneas-, ha recorrido con su coche cuarenta y cinco mil kilómetros y cientos de kilómetros a pie por calles, cerros, veredas y páramos. A través de estas magníficas fotografías viajamos por la memoria, que es lo que yo vengo haciendo en estos escritos mios, que tienen como referencia las Tierras Altas de la Alcarama donde nací y donde discurrió mi infancia, que es, como se sabe, la verdadera patria de uno. Así que, entre mis libros y esta obra de Jorge Sanz, que adivino perdurable, hay una evidente conexión, lo que me obliga a expresar mi alborozo y a desear su propagación. Confieso que, repasando hoja por hoja, me han interesado sobremanera los tipos humanos y los viejos oficios desaparecidos o en trance de desaparecer. Impresiona la galería de retratos, tan reales y tan de otro tiempo.

El arriero de Oncala, con su boina, sus gafas, sus zahones y su manta de cuadros al hombro, tirando del ramal de su caballo tordo; el carretero de Langa, con su visera, su camisa de cuadros y la vara en la mano, caminando al paso de su macho que arrastra el carro con altas banastas; el tipo que unce los bueyes al yugo en Covaleda cogiendo al buey por los cuernos; el campanero de Soto del Burgo repicando a misa en el campanar; el pastor trashumante de Los Campos que llega a casa al frente de su piara, bien esquilada, después de ocho meses en las dehesas de Extremadura, equipado con zahones, boina, la manta al hombro, el garrote y el zurrón; el aventador de garbanzos de Almazán, el alfarero de Tajueco, el vecino de Aldealseñor soltando las ovejas de la majada con la cachava en la puerta, el segador de Nepas; el simulacro de trilla en San Pedro Manrique con el abuelo y las nietas en el trillo; la anciana de Vildé, con el pañuelo malva cubriéndole la cabeza y gran parte de la cara, sentada en el campo descansando sin soltar la cachava; la señora feliz de Cirujales del Rio con el corderillo en brazos, seguida de la oveja recién parida; la anciana desdentada haciendo calceta en Villanueva de Gormaz; el herrero de Berlanga, la fragua, la señora lavando los vellones de lana en Oncala, el cabrero de Viana de Duero con una cabra poniendo sus patas cariñosamente sobre su pecho, el burro con las alforjas cargadas de corderos; el tipo barbudo de Monasterio ayudando a parir a una oveja; el hombre de Morón de Almazán que nos muestra el cepo zorrero. La tremenda escena del matarife de Viana de Duero con el cuchillo en la mano disponiéndose a sacrificar el cordero por Navidad; el pastor en el columpio en Cuevas de Ayllón; el hombre refugiado en el chozo en Barcones, el herrero de Borobia, el zapatero de Almazán, el vigilante de acequias, el esquilador de Montejo de Tiermes, el pulido hombre de la hogaza de Fresno de Caracena, el sembrador de Bordejé con sombrero de paja, el resinero, el pregonero de Matamala, el cestero, la pastora de Aldealseñor, el fabricante de cayados con pasamontañas, la noble figura del mulero de Nepas con sombrero de paja y barba blanca, el colmenero, el pastor de Brias o el de Valderromán, cuando el frio aprieta, envueltos en la imprescindible manta de Palencia. Y, en fin, la Romana de Valdenegrillos tirando del ramal del burro para meterlo en la cuadra.

Es apenas una muestra de lo que encierra “Ayer y tan lejos”. Contiene fotografías de una esplendorosa belleza como la del rebaño bajo el castillo de Gormaz, la estampa del hombre de Rebollo de Duero en el invernadero asomado a la puerta o el perfil de la yegua de La Muela en el arrebol del crepúsculo. Echo en falta que Jorge Sanz no haya puesto nombres a esta representativa galería de personajes, que empìezan a ser todos ya de otra época. (Confieso que estoy considerando las múltiples incitaciones que he recibido para sacar un libro con los tipos humanos, debidamente perfilados, que han ido saliendo en mis escritos. Esta obra de Sanz es una incitación más). Lo importante, como digo, es que conservemos la memoria de un tiempo que se fue, del que venimos.

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