JABALÍES EN EL JARDÍN

por elcantodelcuco

No se oyó ladrar por la noche a los perros en la urbanización. Sólo el rumor acostumbrado e intermitente de los coches en la carretera y el ruido monótono de los trenes en la lejanía alteraron la serena noche de otoño. Ni un grito, ni la voz de alerta de un vecino, ni la sirena del coche patrulla de la policía municipal. Nada. Y, sin embargo, cuando amaneció Dios todos comprobamos el destrozo. Amplias zonas del cuidado césped aparecían levantadas. Hasta los arriates de flores recién plantadas por los jardineros junto a la parada del autobús. Todo estaba hozado, labrado. En la tierra humedecida y recién abierta, si se observaba con detenimiento, quedaban inconfundibles huellas de pezuñas. No había duda. Una piara de jabalíes había llegado sigilosamente de madrugada en busca de alimento hasta la misma puerta de los chalés. Era fácil imaginárselos irrumpiendo al trote cochinero desde el cercano bosque de encinas y enseñoreándose, con su cortante colmillo, del territorio que un día fue su hábitat. Es lo mismo que hacen las torcaces, expulsadas a golpe de ladrillo y que han recuperado poco a poco su espacio, se han amansado y se han habituado a compartir su vida con los humanos. En el álamo de mi jardín y en el ciruelo de la entrada de la casa acostumbran, de unos años a esta parte, a hacer el nido. También proliferan las urracas, que anidan en los árboles de la calle, se enseñorean de las antenas de televisión con su raca-raca particular y te las puedes encontrar, luciendo su impecable frac y andando a saltitos, en la misma puerta de la casa.

Está visto que los animales salvajes están perdiendo el miedo al hombre. Y a medida que éste se aleja de la naturaleza, la naturaleza vuelve, amansada, a nuestro encuentro. Alguna vez, hace ya muchos años, fui de jabalíes. La cacería se iniciaba en el punto de la mañana. Los gritos de los ojeadores y los ladridos de los perros recorrían el monte, mientras los de las escopetas esperábamos emboscados, con el pulso acelerado, en los pasos estratégicos. Para nosotros aquellos bichos feos, de piel oscura, cubierta de largas y ásperas cerdas negras, marrones o rojizas, rechonchos, de cabeza grande, ojos diminutos, oído agudo, fino olfato, patas cortas y colmillo afilado eran fieras, capaces de desventrar a los perros que les acosaban, y no merecían ninguna compasión. Ni siquiera la madre jabalina seguida de sus pequeños rayones. Si se ponían a tiro, se disparaba sin misericordia y sin mala conciencia. El disfrute era mayor si el que asomaba el hocico en el claro del bosque era el macho viejo y solitario de diez arrobas, que solía ir escoltado por el macho joven, su escudero. Dentro de poco, en noviembre, entran en celo estos animales, y el verraco se encarga de unas cuantas hembras, que disputa con fiereza después de revolcarse en el barrizal. Ahora he sabido que entre ellos tienen un comportamiento muy sociable y que son capaces de recorrer por la noche, que es cuando salen a comer, diez o doce kilómetros en busca de comida. Tienen buena boca y no le hacen ascos a nada: bellotas, bayas, tubérculos, raíces, caracoles, gusanos, culebras, huevos de los nidos, insectos, hongos, frutas caídas o trozos de pan, lo que sea. Se les considera, ¡pobres!, una de las cien especies exóticas más dañinas del mundo. Por lo pronto, han invadido mi urbanización. Nunca imaginé que un día, cuando yo estuviera ya desarmado, se acercarían a la puerta de mi casa.

También por estos días estará en su apogeo en las Tierras Altas el paso de las palomas. Los cazadores las esperan en los puestos levantados con ramajos en los collados de los montes y de las sierras por donde acostumbran a pasar los bandos mansamente. Las palomas vienen cansadas después del largo vuelo hacia el sur, remontando montañas, desde las frías tierras del norte. También, pecador de mí, confieso que he participado alguna vez en esta infame cacería de palomas. Recuerdo un día muy especial, invitado por cazadores vascos, en el bellísimo escenario de Monte Real, encima de Diustes. Cuando los bandos llegan a la altura de los puestos, se desata, a traición, el tiroteo, como una gran traca, y los mansos pájaros caen a docenas como si fueran aves de trapo. Por lo que observo, muchas de estas palomas torcaces han dejado de ser trashumantes y han perdido bravura y desconfianza hacia el ser humano. A ver qué me dicen los amigos ornitólogos. Prueba de eso es que las veo pasearse con los mirlos, los gorriones y las urracas por mi pequeño jardín, y yo, cuando viene el frío, les dejo allí trozos de pan, que comparten entre todos, más o menos en armonía. (¡Sólo falta el jabalí y San Francisco de Asís!). Cuando se van, llega el petirrojo, que se conforma con las migajas que le dejan. Hoy he oído por primera vez este otoño su chip-chip en los árboles de la calle. Y también hoy he oído el gru-gru de las grullas en el cielo. No todo está perdido.

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