El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: noviembre, 2015

YA VIENE LA NIEVE

Dicen que va a nevar. Lo anuncian los del tiempo con anticipación después de estudiar las isobaras y la voluble rosa de los vientos. En el pueblo bastaba con observar las nubes cárdenas acordonadas en la sierra y sentir en los huesos el conocido refrescor del cierzo traicionero. “Revuelve el tiempo”, proclamaba uno. “Va a nevar”, corroboraba otro. “Llegan las moscas blancas”, anunciaba a sus compañeros de años y fatigas un viejo cojitranco en los sentones de la plaza aprovechando el último solecillo del otoño. Todos asentían. No fallaba. Las heladas y el calamoco precedían a la primera nevada. Había señales de sobra en el cielo y, por si faltaba algo, los cuerpos se resentían del reúma, lo que se consideraba la prueba definitiva. Los perros estaban retozones y jugaban al marro en la calle. Los gallos cantaban al rayar el día con voz aguardentosa. Las urracas se acercaban a los corrales de los cortinales en busca de cobijo…Lo mejor era meter la hornija bajo techo e ir sacando ya el banco de la matanza al portal. A estas alturas de noviembre, a nadie le extrañaba en las Tierras Altas que el día amaneciera blanco. A la nieve se la recibía con naturalidad y hasta con cortesía, como a una vieja dama conocida.

Era entonces cuando un silencio especial, distinto de todos los silencios, se apoderaba del pueblo. La primera virtud de la nevada era la de amortiguar los ruidos. El blanco manto cubría los tejados y las calles, se asentaba en el alfeizar de las ventanas, envolvía los bardales, se apoderaba de los campos, embozaba los ribazos, trasfiguraba el monte y desfiguraba los caminos. El humo de todas las chimeneas se perdía en el gris espeso de las nubes bajas. Las ovejas seguían en las majadas. En los zarzos encontrarían gabejones de heno o esparceta. Las recién paridas balaban con un balido largo y dulce en busca de sus caloyos. Los primeros que rompían el silencio sagrado eran las campanas tocando a misa y los niños camino de la escuela. La nieve provocaba en nosotros una alegría salvaje, desbordante, que se manifestaba en el instintivo desahogo de arrojarnos bolas unos a otros en una batalla campal. Hasta el maestro, con su guardapolvos, parecía más comprensivo ese día con la lista de los reyes godos y los ríos de España. En medio de la escuela estaba encendida la estufa de leña y no era extraño que, con el cambio del viento, el humo revocara y envolviera el canturreo de la tabla de multiplicar y las ropillas mojadas. Con la entrada del día, las solitarias calles se animarían algo. Había que llevar a las caballerías al bebedero y no faltaría una mujer enlutada, envuelta en un mantón, que venía de la fuente y cruzaba la esquina con un cántaro en la cabeza, colocado sobre el rodal.

Esas son las imágenes que más se me han grabado de aquellos días blancos de la infancia en Sarnago, sobre los que vuelvo una y otra vez -pido disculpas- sin que pueda remediarlo. Es como contemplar el mar: siempre me parece nuevo. O pasear por el monte nevado observando las huellas de las liebres. O escuchar los mismos cuentos y consejas cada año en torno al fuego de la cocina. Hay cosas que vuelven siempre a la memoria como si vinieran de un país recién nacido. Pasa con el río. Es la misma canción, pero con distinta agua, como se sabe. O con la nieve. Siempre la misma, pero siempre distinta. Ahora bien, el paisaje nevado pierde gracia y sentido si no hay un alma cerca. Quiero decir que la primera nevada, si nadie la contempla, si no hay niños tirándose bolas en la plaza, ni una mujer, pisando con cuidado, que baja por la calle con un cántaro en la cabeza, si no se ve una huella en las calles ni en las eras, ni un balido de oveja recién parida, ni sale humo de ninguna chimenea, ni está encendida la estufa de la escuela…, entonces estamos ante un paisaje muerto y desolado. La nieve no pasa de ser, cuando esto ocurre, un traje de novia sin novia o una mortaja sin difunto.

LAS HUELLAS PERDIDAS

Esto es como lanzar un grito en un bosque solitario y desconocido, y que alguien te conteste. O recibir cincuenta años después la respuesta a una carta que echaste al correo entonces con un sello azul de cincuenta céntimos y nunca más se supo. O encontrarte una mañana de estas en el buzón de casa o en tu cuenta del correo electrónico la contestación al mensaje de amor imposible que metiste en una botella y arrojaste al mar cuando eras joven y soñaste con que a lo mejor un día llegaba a su destino. La recuperación de las huellas perdidas de las gentes que han significado algo en la vida de uno puede convertirse en una necesidad obsesiva o quedarse, con el tiempo, en una vaga frustración que va desdibujándose como las huellas en la nieve. Pero ¿a quién no le ha venido alguna vez a la cabeza el deseo de saber qué fue de aquel compañero de la escuela que emigró a América, o de aquella niña de las trenzas, de aquel maestro, de aquel cura con el que hiciste la primera comunión o de aquel capador francés que te curó portentosamente con masajes, alcohol y esparadrapo el pie maltrecho? Las vidas de los otros se dispersan y se alejan fatalmente de nuestro lado. O nosotros, de las de ellos. Muchas veces, para siempre. Esas ausencias definitivas son como disfraces de la muerte. Hay que admitirlo y resignarse. La vida consiste en recordar, pero también en olvidar. Por eso produce una satisfación especial recuperar de pronto huellas que considerábamos perdidas para siempre. Es, creo, una forma de re-vivir, o sea, de volver a vivir. Al reencontrarnos ahora, por los caprichos del azar, con biografías que dábamos por perdidas, revivimos nosotros y también, de alguna forma misteriosa, tornan a la vida ellos como cuando entonces.

Este blog de “El canto del cuco” y mis libros de la Alcarama me proporcionan de cuando en cuando esos pequeños milagros. Ningún premio mejor. Ayer, sin ir más lejos, ocurrió uno de estos emocionantes reencuentros. Recibí un mensaje, que ha quedado reproducido en la entrada anterior sobre la nieve, del hijo de uno de “Los Patos” de Cornago. Por él he sabido, sesenta años después, de la suerte de su padre y de su tío, que formaban aquel duo inolvidable que alegraba, con el violín y la guitarra, las fiestas de Sarnago, que es tanto como decir que alegraron mi infancia. Parece que los estoy viendo. El más delgado y con menos pelo tocaba el violín, y el otro, más macizo y con más pelo, la guitarra. Armonizaban la procesión y el baile. Todo el mundo los quería. Nunca supe sus nombres. Eran simplemente “Los Patos”. Ahora he sabido que el del violín se llamaba José Luis y el otro, Félix, su hermano. Éste era el padre del que me ha escrito. Me cuenta el hijo que a mediados de los 50 se acabó la música y, como tantos otros, emigraron de Cornago a Bilbao, donde nació él. Félix, su padre, el guitarrista, murió en 1997 y José Luis, su tío, el violinista, unos años antes. Eran admirables. Puede que nadie les haya hecho un homenaje. Hoy, aunque sea tarde, quiero ofrecer desde aquí a “Los Patos” de Cornago el homenaje de admiración y gratitud que se merecen, con el deseo de que más allá de las estrellas suene para ellos un concierto de violines y guitarras.

Otro reencuentro emocionante, propiciado por estos escritos míos, fue con la familia de don Joaquín, mi primer maestro. Un día recibí la llamada de una mujer. “Soy Mary -se presentó- la hija de don Joaquín, el maestro, y de doña Felicitas. Llamo desde Zaragoza”. Entonces me vino a la memoria la figura de aquella preciosa niña rubia, menuda, de cabellos ensortijados, que yo había perdido de vista cuando tenía ocho o nueve años y ella no pasaba de seis. Y me volvieron a la memoria con toda nitidez su padre, el maestro, con su guardapolvo y su gramola, su bendita madre, con sus cestas de manzanas de Maluenda, Carmen, la hermana mayor, y Joaquinito, compañero de clase, de juegos y de aventuras. El reencuentro fue en la Casa de Soria de Zaragoza en la presentación de uno de mis libros. Desde entonces no hemos perdido el contacto. Hace unos meses me dieron la dolorosa noticia de la muerte de Joaquín, el hermano, que andaba mal del corazón, lo que no le impidió, mientras tuvo fuerza, acudir todos los años a Sarnago, el pueblo de su niñez, del que nunca se olvidó. Sólo por eso y por los viejos tiempos, merece desde aquí mi más sentido reconocimiento.

Las sorpresas se repiten con frecuencia y alegran la vida de este viejo cronista. ¡Qué se yo! Lo más insospechado. Un día es la hija del Peña de Cigudosa, el cochinero que venía a casa con su blusa negra a comprar marciles; otro día, la hija del Mario de San Pedro, entrañable personaje popular al que estoy viendo con su caballería vendiendo pescado, fruta o cacharros en la plaza o en un portal; o la hija del Julián del tio Quirino, que siendo mozo, en unión de otro compañero, tan energúmeno como él, volteó tan fuerte la campana en la fiesta que la campana voló, cayó al juego-pelota y se hizo añicos sin causar afortunadamente daños personales… Los recuerdos adquieren así otra vez viveza. La vida vuelve a salir al encuentro. Cada vez que alguien me descubre huellas casi borradas, el corazón se alegra. No siempre ocurre, claro. Mil veces me he preguntado qué habrá sido de don Juan López, mi maestro de Cieza, el que me empezó a enseñar latín y francés, y de su hijo Juanito. Pero, aunque lo he sacado a relucir en mis libros y en este blog, nadie responde. O de aquel misterioso capador francés. También he hecho todo tipo de gestiones por conectar sin éxito con la tribu perdida de los Hernández: los numerosos descendientes de un hermano de mi abuelo, que emigró a México -Segundo Hernández Ostriz se llamaba-, formó una gran familia y después se han borrado todas las huellas. Quiero decir con todo esto que no siempre se cumple lo del poeta Virgilio, y uno no alcanza a conocer las huellas del antiguo fuego. Y es una pena.

CUANDO LLEGA NOVIEMBRE

En casa dicen que por estas fechas me pongo siempre quejumbroso y como melancólico. Como si los biorritmos se vinieran abajo. Pudiera ser. En casa lo atribuyen a la inevitable llegada de mi cumpleaños. No puedo ocultar que, aunque trato de enfrentarme con entereza a esa fatídica fecha de Noviembre marcada en rojo en el calendario desde el día que nací, el paso de los años me abruma un poco más cada año y me desconcierta. Llega un momento en que lo que prevalece por dentro, más que la felicidad que da la plenitud por meter un año más en el zurrón, es el convencimiento de que descuento un año, de que me queda un año menos que cumplir. O dicho de otra forma, que sigue la cuenta atrás. Siento con tremenda lucidez que el camino, de forma inmisericorde, se alarga a la espalda y se acorta por delante. Lo mismo que se alargan las sombras y se acortan las tardes. Y uno tiende, ¡maldita sea!, a mirar más hacia atrás que hacia adelante, como se ve aquí mismo, en “El canto del cuco”. Me consuelo con esos pretextos vanos y socorridos de que “lo bailao no hay quien me lo quite” y de que no hay que confundir la edad cronológica con la biológica y de que algo habré hecho de provecho en la vida. Y, en última instancia, con el argumento astronómico: ¿Qué me importan a mí -me digo- las vueltas que dé la Tierra alrededor del Sol? ¡Allá la Tierra! Pero lo cierto es que cada movimiento de traslación del globo terráqueo alrededor del Sol es un año más que nos cae encima de las costillas y un año menos que nos queda en este valle de lágrimas o en este jardín de las delicias, según se mire. Como dice Virgilio, “el tiempo se va para no volver”, como el agua del río que vemos correr bajo el puente.

Va a llevar razón la familia. No me hagan caso. Tómenlo como un desahogo, un exceso de confianza después del largo trato entre nosotros. Parece que, en efecto, en Noviembre me pongo filosófico y sentimental, aunque vengan aún días luminosos y apacibles, como este veranillo de San Martín. Pero no tengo ningún motivo para quejarme de la vida. Al contrario. Me va bien. No me siento envidiado ni envidioso. Sigo escribiendo y ando con un nuevo libro. Ni siquiera sufro achaques de salud. Según los últimos análisis, todo está perfecto, como si los años no hicieran mella en mí. Ni colesterol, ni ácido úrico, ni glucosa…Nada. Todo, de libro. Amo y me siento amado. Creo en Dios, lo que no es mérito mío, pero tiene cierto mérito en los tiempos que corren. Hasta me he enterado de que viene otra nieta en camino para la primavera. Un buen regalo. Este otoño dorado de la vida tiene hasta ahora más compensaciones que desventajas. Uno está de vuelta de muchas cosas, es verdad, lo que quiere decir que antes ha ido a alguna parte. Uno acumula recuerdos y sensaciones, que son verdaderos tesoros para compartir. Los clásicos llamaban a eso sabiduría. En contra de lo que pueda parecer, no vivo de recuerdos. En realidad, no tengo que hacer ningún esfuerzo para estar asomado de lleno al futuro. Es verdad que me duele España y que me preocupa ahora mismo lo de Cataluña. Me da miedo que se cumpla la previsión de Manuel Azaña de que de cuando en cuando a España le da un viento de locura. Y me duele en el alma, como todos saben, el abandono de los pueblos y del mundo rural. Es una batalla que no pienso dar por perdida hasta que me muera. Por lo pronto seguiré recogiendo pacientemente los despojos de una civilización que se acaba. En fin, me gustaría dejar a mis hijos y a mis nietos un mundo mejor, más habitable y justo.

Sin proponérmelo, veo que me ha salido  una entrada especial. Un relato muy sentido. Lo más parecido a una confesión. Un descubrimiento de mis intimidades, acorde con estos tiempos, en los que no queda apenas lugar para la vida privada, que se ofrece de par en par sin recato y a lo bestia. Yo no tanto. En realidad, lo que quiero decir, en vísperas, ¡ay!, de mi cumpleaños es que estoy de acuerdo con lo que dice Borges, en el “Elogio de la sombra”: “La vejez (tal es el nombre que otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha”. Confieso también con absoluta sinceridad que yo no me siento viejo. Seguramente porque, como dejó dicho Groucho Marx, “el hombre sólo es tan viejo como la mujer que ama”.

LA DESTRUCCIÓN VIENE DE ARRIBA

Me avisó Sara desde Barcelona. No debía perderme la noche del domingo “Salvados” de Jorge Évole, en la “Sexta”. Era la historia de la destrucción de un pueblo. Me enganché a la pantalla. Escuchando los relatos de los vecinos sentí una mezcla de emoción y de rabia. Jánovas, un precioso pueblo del Pirineo oscense, fue desalojado a la fuerza a mediados del siglo pasado para construir un pantano al servicio de las Eléctricas. Un par de vecinos se resistieron un tiempo a abandonar sus casas, pero el acoso fue inmisericorde y, a la larga, irresistible. Pasaron los años. Cambió el régimen. El proyecto se mantuvo, pero, a pesar de las presiones y de los intereses, el pantano no se construyó. El alto funcionario que lo impidió con su informe negativo, basado en el impacto ambiental, tuvo que dejar el puesto después de múltiples requisitorias, pero se salió con la suya. Medio siglo después no hay pantano. Ni pueblo. El pantano que nunca se construyó cambió las vidas de aquellos seres humanos. Ahora hijos de los que se fueron quieren volver, pero se ven obligados a recomprar a las compañías eléctricas las ruinas de su antigua casa para reconstruirla. Y en eso están. Las Eléctricas siempre ganan.

En el espléndido relato de la televisión, de enorme interés humano, quedó de manifiesto la conjunción de intereses económicos y políticos, una urdimbre siniestra, inhumana, inquietante. Uno llega a sospechar con sobrado fundamento que, en gran parte, la destrucción de los pueblos viene de arriba, es consecuencia de un plan establecido en los altos despachos. Había que alentar el éxodo rural porque en la ciudad faltaba mano de obra barata. Eso es todo. Y jóvenes y mayores se vieron empujados a abandonar sus casas, echar la llave a la puerta y rehacer su vida en un mundo desconocido. No estoy seguro de que el gran desierto demográfico de la España interior sea hoy, a estas alturas del siglo, un fenómeno espontáneo, fruto de la casualidad o de la fatalidad. Más bien parece premeditado y pretendido, por influencia de los poderosos grupos de presión. Se trata de agrupar a la población en grandes núcleos urbanos, liquidando municipios y Diputaciones, arrasando pueblos y convirtiendo los campos en espacios naturales y cotos de caza, con las lomas, las sierras y los cerros coronados de molinos metálicos, propiedad, naturalmente, de las compañías eléctricas.

La historia de Jánovas me ha llevado a lo que por entonces pasó en Sarnago y en las Tierras Altas de la Alcarama. Hace justamente medio siglo de esto. El 7 de diciembre de 1965 publicó el Boletín Oficial el fatídico decreto por el que se declaraba de utilidad pública la expropiación y urgente ocupación de estas tierras y estos montes “a efectos de la repoblación forestal”. Algunos vecinos de Sarnago nos negamos a vender la tierra. La mayoría accedió. No hay que reprochárselo. Les parecieron aceptables las condiciones y aceptaron. A la mayoría les vino bien el dinero que recibían por sus tierras y por los montes del común. Más de uno hizo de la necesidad, virtud. A la fuerza ahorcan. Los jóvenes tenían en el pueblo poco porvenir. Había que buscarse la vida. En resumidas cuentas, las gentes del pueblo no tienen la culpa. Hoy me quiero referir aquí al comportamiento de los poderes públicos. Contaré por primera vez, con algún detalle, lo que viví de cerca, mi experiencia personal, por lo que puede tener de revelador. A mí, desde luego, me confirma todas las sospechas.

Aquel verano, cuando volví de vacaciones, me di cuenta de la gravedad de la situación. Comprobé que había comisionados, entre ellos algún conocido secretario de Ayuntamiento, encargados, a cambio de una recompensa económica, de convencer a los vecinos, de empujarles a que vendieran y se fueran del pueblo. Y escribí un artículo en el periódico de Soria, con el que colaboraba habitualmente, exponiendo razonadamente mi oposición al plan de repoblación forestal. Cuando, unos días después, llegué del pueblo a la capital en autobús de línea camino de París donde iba a pasar el verano, me acerqué al periódico para entregar otro original. Noté que el director estaba muy alterado. Se alegró de verme. “Uf, menos mal”, me dijo por todo saludo. Entonces no había móviles ni teléfono a mano. Recuerdo que era un jueves de julio, día de mercado en Soria. El director me explicó que el gobernador había vuelto de unos días de vacaciones y estaba como una pantera con mi artículo sobre la repoblación forestal y que me quería ver enseguida. “Pues vale”-le dije- no tengo inconveniente”. Llamó al Gobierno Civil y le comunicaron que el gobernador suspendía todas las audiencias y quería verme inmediatamente. Entonces el gobernador era una especie de virrey provincial. Me recibió con una tensa amabilidad. Me reprochó educadamente el contenido de mi artículo. Me explicó las ventajas del gran proyecto de repoblación de las Tierras Altas, financiado con tres mil millones de pesetas del Banco Mundial, gracias a las gestiones de don Epifanio Ridruejo. “Esto -me indicó con vehemencia- va a crear un emporio de riqueza”. “Permítame que discrepe -le respondí-, esto va a servir para ahuyentar a la gente y despoblar los pueblos”. Noté que no le gustó mi respuesta. Yo tenía prisa. Le dije que a mi vuelta podría hacerle con sosiego una entrevista en la que él explicara públicamente sus razones. En eso quedamos.

Unas semanas después recibí en París un gran paquete. Me sorprendió. ¿Qué podía ser aquello? Lo abrí con curiosidad. Era una colección de periódicos. La sorpresa aumentó cuando vi su contenido. Se había armado una gran polémica y yo estaba en el centro de la misma sin comerlo ni beberlo. El gobernador y jefe provincial del Movimiento había enviado a sus principales colaboradores en coches oficiales a los pueblos de las Tierras Altas. Acudían a los tajos, en plena siega, e invitaban a los alcaldes “de parte del señor gobernador” a que firmaran un modelo de carta -eran prácticamente idénticas- en las que, en resumen, se ponían expresamente de parte del gobernador y en contra mía en el asunto de la repoblación. Se publicaron en el periódico las seis primeras, entre ellas la del alcalde de Yanguas, que además era amigo mio. Hubo una fuerte reacción del periódico, de mi hermano y de conocidos demócratas sorianos contra semejante manejo, que se consideró un verdadero atropello, y ningún otro alcalde de tierra Yanguas, tierra San Pedro ni tierra Magaña accedió a firmar ninguna otra. Toda esta historia, con pelos y señales, está en la hemeroteca. Y eso que corrían malos tiempos, en que era arriesgado discrepar.

No cuento esto por vanagloria, sino para ofrecer alguna luz al drama de la despoblación de los pueblos y al comportamiento de los poderes públicos. Medio siglo después, ha subido el pinar, y la comarca de la Alcarama es una tierra desolada, poblada de pueblos muertos. Siento que los hechos, en este caso, me hayan dado la razón.