LA DESTRUCCIÓN VIENE DE ARRIBA

por elcantodelcuco

Me avisó Sara desde Barcelona. No debía perderme la noche del domingo “Salvados” de Jorge Évole, en la “Sexta”. Era la historia de la destrucción de un pueblo. Me enganché a la pantalla. Escuchando los relatos de los vecinos sentí una mezcla de emoción y de rabia. Jánovas, un precioso pueblo del Pirineo oscense, fue desalojado a la fuerza a mediados del siglo pasado para construir un pantano al servicio de las Eléctricas. Un par de vecinos se resistieron un tiempo a abandonar sus casas, pero el acoso fue inmisericorde y, a la larga, irresistible. Pasaron los años. Cambió el régimen. El proyecto se mantuvo, pero, a pesar de las presiones y de los intereses, el pantano no se construyó. El alto funcionario que lo impidió con su informe negativo, basado en el impacto ambiental, tuvo que dejar el puesto después de múltiples requisitorias, pero se salió con la suya. Medio siglo después no hay pantano. Ni pueblo. El pantano que nunca se construyó cambió las vidas de aquellos seres humanos. Ahora hijos de los que se fueron quieren volver, pero se ven obligados a recomprar a las compañías eléctricas las ruinas de su antigua casa para reconstruirla. Y en eso están. Las Eléctricas siempre ganan.

En el espléndido relato de la televisión, de enorme interés humano, quedó de manifiesto la conjunción de intereses económicos y políticos, una urdimbre siniestra, inhumana, inquietante. Uno llega a sospechar con sobrado fundamento que, en gran parte, la destrucción de los pueblos viene de arriba, es consecuencia de un plan establecido en los altos despachos. Había que alentar el éxodo rural porque en la ciudad faltaba mano de obra barata. Eso es todo. Y jóvenes y mayores se vieron empujados a abandonar sus casas, echar la llave a la puerta y rehacer su vida en un mundo desconocido. No estoy seguro de que el gran desierto demográfico de la España interior sea hoy, a estas alturas del siglo, un fenómeno espontáneo, fruto de la casualidad o de la fatalidad. Más bien parece premeditado y pretendido, por influencia de los poderosos grupos de presión. Se trata de agrupar a la población en grandes núcleos urbanos, liquidando municipios y Diputaciones, arrasando pueblos y convirtiendo los campos en espacios naturales y cotos de caza, con las lomas, las sierras y los cerros coronados de molinos metálicos, propiedad, naturalmente, de las compañías eléctricas.

La historia de Jánovas me ha llevado a lo que por entonces pasó en Sarnago y en las Tierras Altas de la Alcarama. Hace justamente medio siglo de esto. El 7 de diciembre de 1965 publicó el Boletín Oficial el fatídico decreto por el que se declaraba de utilidad pública la expropiación y urgente ocupación de estas tierras y estos montes “a efectos de la repoblación forestal”. Algunos vecinos de Sarnago nos negamos a vender la tierra. La mayoría accedió. No hay que reprochárselo. Les parecieron aceptables las condiciones y aceptaron. A la mayoría les vino bien el dinero que recibían por sus tierras y por los montes del común. Más de uno hizo de la necesidad, virtud. A la fuerza ahorcan. Los jóvenes tenían en el pueblo poco porvenir. Había que buscarse la vida. En resumidas cuentas, las gentes del pueblo no tienen la culpa. Hoy me quiero referir aquí al comportamiento de los poderes públicos. Contaré por primera vez, con algún detalle, lo que viví de cerca, mi experiencia personal, por lo que puede tener de revelador. A mí, desde luego, me confirma todas las sospechas.

Aquel verano, cuando volví de vacaciones, me di cuenta de la gravedad de la situación. Comprobé que había comisionados, entre ellos algún conocido secretario de Ayuntamiento, encargados, a cambio de una recompensa económica, de convencer a los vecinos, de empujarles a que vendieran y se fueran del pueblo. Y escribí un artículo en el periódico de Soria, con el que colaboraba habitualmente, exponiendo razonadamente mi oposición al plan de repoblación forestal. Cuando, unos días después, llegué del pueblo a la capital en autobús de línea camino de París donde iba a pasar el verano, me acerqué al periódico para entregar otro original. Noté que el director estaba muy alterado. Se alegró de verme. “Uf, menos mal”, me dijo por todo saludo. Entonces no había móviles ni teléfono a mano. Recuerdo que era un jueves de julio, día de mercado en Soria. El director me explicó que el gobernador había vuelto de unos días de vacaciones y estaba como una pantera con mi artículo sobre la repoblación forestal y que me quería ver enseguida. “Pues vale”-le dije- no tengo inconveniente”. Llamó al Gobierno Civil y le comunicaron que el gobernador suspendía todas las audiencias y quería verme inmediatamente. Entonces el gobernador era una especie de virrey provincial. Me recibió con una tensa amabilidad. Me reprochó educadamente el contenido de mi artículo. Me explicó las ventajas del gran proyecto de repoblación de las Tierras Altas, financiado con tres mil millones de pesetas del Banco Mundial, gracias a las gestiones de don Epifanio Ridruejo. “Esto -me indicó con vehemencia- va a crear un emporio de riqueza”. “Permítame que discrepe -le respondí-, esto va a servir para ahuyentar a la gente y despoblar los pueblos”. Noté que no le gustó mi respuesta. Yo tenía prisa. Le dije que a mi vuelta podría hacerle con sosiego una entrevista en la que él explicara públicamente sus razones. En eso quedamos.

Unas semanas después recibí en París un gran paquete. Me sorprendió. ¿Qué podía ser aquello? Lo abrí con curiosidad. Era una colección de periódicos. La sorpresa aumentó cuando vi su contenido. Se había armado una gran polémica y yo estaba en el centro de la misma sin comerlo ni beberlo. El gobernador y jefe provincial del Movimiento había enviado a sus principales colaboradores en coches oficiales a los pueblos de las Tierras Altas. Acudían a los tajos, en plena siega, e invitaban a los alcaldes “de parte del señor gobernador” a que firmaran un modelo de carta -eran prácticamente idénticas- en las que, en resumen, se ponían expresamente de parte del gobernador y en contra mía en el asunto de la repoblación. Se publicaron en el periódico las seis primeras, entre ellas la del alcalde de Yanguas, que además era amigo mio. Hubo una fuerte reacción del periódico, de mi hermano y de conocidos demócratas sorianos contra semejante manejo, que se consideró un verdadero atropello, y ningún otro alcalde de tierra Yanguas, tierra San Pedro ni tierra Magaña accedió a firmar ninguna otra. Toda esta historia, con pelos y señales, está en la hemeroteca. Y eso que corrían malos tiempos, en que era arriesgado discrepar.

No cuento esto por vanagloria, sino para ofrecer alguna luz al drama de la despoblación de los pueblos y al comportamiento de los poderes públicos. Medio siglo después, ha subido el pinar, y la comarca de la Alcarama es una tierra desolada, poblada de pueblos muertos. Siento que los hechos, en este caso, me hayan dado la razón.

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