CUANDO LLEGA NOVIEMBRE

por elcantodelcuco

En casa dicen que por estas fechas me pongo siempre quejumbroso y como melancólico. Como si los biorritmos se vinieran abajo. Pudiera ser. En casa lo atribuyen a la inevitable llegada de mi cumpleaños. No puedo ocultar que, aunque trato de enfrentarme con entereza a esa fatídica fecha de Noviembre marcada en rojo en el calendario desde el día que nací, el paso de los años me abruma un poco más cada año y me desconcierta. Llega un momento en que lo que prevalece por dentro, más que la felicidad que da la plenitud por meter un año más en el zurrón, es el convencimiento de que descuento un año, de que me queda un año menos que cumplir. O dicho de otra forma, que sigue la cuenta atrás. Siento con tremenda lucidez que el camino, de forma inmisericorde, se alarga a la espalda y se acorta por delante. Lo mismo que se alargan las sombras y se acortan las tardes. Y uno tiende, ¡maldita sea!, a mirar más hacia atrás que hacia adelante, como se ve aquí mismo, en “El canto del cuco”. Me consuelo con esos pretextos vanos y socorridos de que “lo bailao no hay quien me lo quite” y de que no hay que confundir la edad cronológica con la biológica y de que algo habré hecho de provecho en la vida. Y, en última instancia, con el argumento astronómico: ¿Qué me importan a mí -me digo- las vueltas que dé la Tierra alrededor del Sol? ¡Allá la Tierra! Pero lo cierto es que cada movimiento de traslación del globo terráqueo alrededor del Sol es un año más que nos cae encima de las costillas y un año menos que nos queda en este valle de lágrimas o en este jardín de las delicias, según se mire. Como dice Virgilio, “el tiempo se va para no volver”, como el agua del río que vemos correr bajo el puente.

Va a llevar razón la familia. No me hagan caso. Tómenlo como un desahogo, un exceso de confianza después del largo trato entre nosotros. Parece que, en efecto, en Noviembre me pongo filosófico y sentimental, aunque vengan aún días luminosos y apacibles, como este veranillo de San Martín. Pero no tengo ningún motivo para quejarme de la vida. Al contrario. Me va bien. No me siento envidiado ni envidioso. Sigo escribiendo y ando con un nuevo libro. Ni siquiera sufro achaques de salud. Según los últimos análisis, todo está perfecto, como si los años no hicieran mella en mí. Ni colesterol, ni ácido úrico, ni glucosa…Nada. Todo, de libro. Amo y me siento amado. Creo en Dios, lo que no es mérito mío, pero tiene cierto mérito en los tiempos que corren. Hasta me he enterado de que viene otra nieta en camino para la primavera. Un buen regalo. Este otoño dorado de la vida tiene hasta ahora más compensaciones que desventajas. Uno está de vuelta de muchas cosas, es verdad, lo que quiere decir que antes ha ido a alguna parte. Uno acumula recuerdos y sensaciones, que son verdaderos tesoros para compartir. Los clásicos llamaban a eso sabiduría. En contra de lo que pueda parecer, no vivo de recuerdos. En realidad, no tengo que hacer ningún esfuerzo para estar asomado de lleno al futuro. Es verdad que me duele España y que me preocupa ahora mismo lo de Cataluña. Me da miedo que se cumpla la previsión de Manuel Azaña de que de cuando en cuando a España le da un viento de locura. Y me duele en el alma, como todos saben, el abandono de los pueblos y del mundo rural. Es una batalla que no pienso dar por perdida hasta que me muera. Por lo pronto seguiré recogiendo pacientemente los despojos de una civilización que se acaba. En fin, me gustaría dejar a mis hijos y a mis nietos un mundo mejor, más habitable y justo.

Sin proponérmelo, veo que me ha salido  una entrada especial. Un relato muy sentido. Lo más parecido a una confesión. Un descubrimiento de mis intimidades, acorde con estos tiempos, en los que no queda apenas lugar para la vida privada, que se ofrece de par en par sin recato y a lo bestia. Yo no tanto. En realidad, lo que quiero decir, en vísperas, ¡ay!, de mi cumpleaños es que estoy de acuerdo con lo que dice Borges, en el “Elogio de la sombra”: “La vejez (tal es el nombre que otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha”. Confieso también con absoluta sinceridad que yo no me siento viejo. Seguramente porque, como dejó dicho Groucho Marx, “el hombre sólo es tan viejo como la mujer que ama”.

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