LAS HUELLAS PERDIDAS

por elcantodelcuco

Esto es como lanzar un grito en un bosque solitario y desconocido, y que alguien te conteste. O recibir cincuenta años después la respuesta a una carta que echaste al correo entonces con un sello azul de cincuenta céntimos y nunca más se supo. O encontrarte una mañana de estas en el buzón de casa o en tu cuenta del correo electrónico la contestación al mensaje de amor imposible que metiste en una botella y arrojaste al mar cuando eras joven y soñaste con que a lo mejor un día llegaba a su destino. La recuperación de las huellas perdidas de las gentes que han significado algo en la vida de uno puede convertirse en una necesidad obsesiva o quedarse, con el tiempo, en una vaga frustración que va desdibujándose como las huellas en la nieve. Pero ¿a quién no le ha venido alguna vez a la cabeza el deseo de saber qué fue de aquel compañero de la escuela que emigró a América, o de aquella niña de las trenzas, de aquel maestro, de aquel cura con el que hiciste la primera comunión o de aquel capador francés que te curó portentosamente con masajes, alcohol y esparadrapo el pie maltrecho? Las vidas de los otros se dispersan y se alejan fatalmente de nuestro lado. O nosotros, de las de ellos. Muchas veces, para siempre. Esas ausencias definitivas son como disfraces de la muerte. Hay que admitirlo y resignarse. La vida consiste en recordar, pero también en olvidar. Por eso produce una satisfación especial recuperar de pronto huellas que considerábamos perdidas para siempre. Es, creo, una forma de re-vivir, o sea, de volver a vivir. Al reencontrarnos ahora, por los caprichos del azar, con biografías que dábamos por perdidas, revivimos nosotros y también, de alguna forma misteriosa, tornan a la vida ellos como cuando entonces.

Este blog de “El canto del cuco” y mis libros de la Alcarama me proporcionan de cuando en cuando esos pequeños milagros. Ningún premio mejor. Ayer, sin ir más lejos, ocurrió uno de estos emocionantes reencuentros. Recibí un mensaje, que ha quedado reproducido en la entrada anterior sobre la nieve, del hijo de uno de “Los Patos” de Cornago. Por él he sabido, sesenta años después, de la suerte de su padre y de su tío, que formaban aquel duo inolvidable que alegraba, con el violín y la guitarra, las fiestas de Sarnago, que es tanto como decir que alegraron mi infancia. Parece que los estoy viendo. El más delgado y con menos pelo tocaba el violín, y el otro, más macizo y con más pelo, la guitarra. Armonizaban la procesión y el baile. Todo el mundo los quería. Nunca supe sus nombres. Eran simplemente “Los Patos”. Ahora he sabido que el del violín se llamaba José Luis y el otro, Félix, su hermano. Éste era el padre del que me ha escrito. Me cuenta el hijo que a mediados de los 50 se acabó la música y, como tantos otros, emigraron de Cornago a Bilbao, donde nació él. Félix, su padre, el guitarrista, murió en 1997 y José Luis, su tío, el violinista, unos años antes. Eran admirables. Puede que nadie les haya hecho un homenaje. Hoy, aunque sea tarde, quiero ofrecer desde aquí a “Los Patos” de Cornago el homenaje de admiración y gratitud que se merecen, con el deseo de que más allá de las estrellas suene para ellos un concierto de violines y guitarras.

Otro reencuentro emocionante, propiciado por estos escritos míos, fue con la familia de don Joaquín, mi primer maestro. Un día recibí la llamada de una mujer. “Soy Mary -se presentó- la hija de don Joaquín, el maestro, y de doña Felicitas. Llamo desde Zaragoza”. Entonces me vino a la memoria la figura de aquella preciosa niña rubia, menuda, de cabellos ensortijados, que yo había perdido de vista cuando tenía ocho o nueve años y ella no pasaba de seis. Y me volvieron a la memoria con toda nitidez su padre, el maestro, con su guardapolvo y su gramola, su bendita madre, con sus cestas de manzanas de Maluenda, Carmen, la hermana mayor, y Joaquinito, compañero de clase, de juegos y de aventuras. El reencuentro fue en la Casa de Soria de Zaragoza en la presentación de uno de mis libros. Desde entonces no hemos perdido el contacto. Hace unos meses me dieron la dolorosa noticia de la muerte de Joaquín, el hermano, que andaba mal del corazón, lo que no le impidió, mientras tuvo fuerza, acudir todos los años a Sarnago, el pueblo de su niñez, del que nunca se olvidó. Sólo por eso y por los viejos tiempos, merece desde aquí mi más sentido reconocimiento.

Las sorpresas se repiten con frecuencia y alegran la vida de este viejo cronista. ¡Qué se yo! Lo más insospechado. Un día es la hija del Peña de Cigudosa, el cochinero que venía a casa con su blusa negra a comprar marciles; otro día, la hija del Mario de San Pedro, entrañable personaje popular al que estoy viendo con su caballería vendiendo pescado, fruta o cacharros en la plaza o en un portal; o la hija del Julián del tio Quirino, que siendo mozo, en unión de otro compañero, tan energúmeno como él, volteó tan fuerte la campana en la fiesta que la campana voló, cayó al juego-pelota y se hizo añicos sin causar afortunadamente daños personales… Los recuerdos adquieren así otra vez viveza. La vida vuelve a salir al encuentro. Cada vez que alguien me descubre huellas casi borradas, el corazón se alegra. No siempre ocurre, claro. Mil veces me he preguntado qué habrá sido de don Juan López, mi maestro de Cieza, el que me empezó a enseñar latín y francés, y de su hijo Juanito. Pero, aunque lo he sacado a relucir en mis libros y en este blog, nadie responde. O de aquel misterioso capador francés. También he hecho todo tipo de gestiones por conectar sin éxito con la tribu perdida de los Hernández: los numerosos descendientes de un hermano de mi abuelo, que emigró a México -Segundo Hernández Ostriz se llamaba-, formó una gran familia y después se han borrado todas las huellas. Quiero decir con todo esto que no siempre se cumple lo del poeta Virgilio, y uno no alcanza a conocer las huellas del antiguo fuego. Y es una pena.

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