El canto del cuco

Cuaderno gris de Abel Hernández

Mes: diciembre, 2015

Los números de 2015

Al acabar el año se acostumbra a hacer balance. Y se sueña con planes de futuro. En Sarnago se echaban los novios la noche de San Silvestre, en un sorteo apasionante y divertido. “El canto del cuco” es tan mío como de los que lo leen y, sobre todo, de los que publican en él sus comentarios. Así que es justo que todos se enteren de las cuentas al acabar el año. Después ya se verá. No hagamos sueños. Dios dirá.

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 23.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 9 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

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NAVIDAD 2015

Acabo de poner el belén en la pequeña jardinera cubierta de la entrada de la casa, bajo el ficus y rodeado de los geranios en flor. Es mi tarea, año tras año, personal e intransferible. Me pongo a escribir unas horas antes de la Nochebuena. He buscado la vieja radio casi olvidada, una “sony” pequeña y metálica, la misma que oía mi madre los últimos años de su vida cuando ya se había quedado casi ciega. Buscaba yo ambientación. O sea, pretendía escribir con villancicos de fondo, como en aquellas Navidades en el pueblo cuando supongo que aún no habíamos perdido la inocencia. A poder ser, villancicos pastoriles, que eran los únicos que se cantaron en Sarnago durante siglos y que vienen de la Edad Media. A estas alturas de la vida, en una fecha como esta, en la que brillan más las ausencias, no viene mal un poco de nostalgia, que ayuda a recrear paisajes interiores medio olvidados. Confieso que, no sé por qué incompresibles engranajes psicológicos, hacía años que no ponía la radio, en la que trabajé a lomo caliente más de un cuarto de siglo. No soportaba sus voces chillonas, sus tertulias, su cháchara improvisada ni la mayor parte de sus contenidos. Así que plantar hoy la vieja radio encima de la mesa del despacho y encenderla tenía también para mí mucho de reencuentro con el pasado y de reconciliación.

Con un poco de torpeza, por falta de costumbre, he movido el dial a ciegas suavemente, hacia arriba y hacia abajo. Pero todo ha sido inútil. Ninguna emisora ofrecía música de Navidad. Desfilaban canciones modernas, frivolidades, alguna balada, música de baile, mucha politiquería sobre pactos de gobierno y sobre el lío catalán , anuncios de grandes almacenes, chismes en torno a los deportes, rutinarios deseos de felicidad, sugerencias para la cena…todo menos villancicos. Ni siquiera esa charanga de los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber. Aquí lo que se bebe, sobre todo, es cava catalán por lo que se oye. Así que he apagado la “sony” con antena incorporada y escribo en silencio, con un sol radiante que entra por la ventana de la buhardilla y cae de lleno sobre el ordenador y sobre mi cabeza. Ni villancicos, ni nieve, ni zambombas, ni lumbre en la cocina, ni ovejas pariendo en la majada, ni niños llamando a la puerta pidiendo el aguinaldo. Eso lo hacen ahora en el malhadado “halloween”, disfrazados de góticos y con calabazas iluminadas. Ni siquiera es fácil encontrar pastores. Ni bueyes, ni mulas. Ni quedan carpinterías, que abastezcan de serrín. Y está prohibido, por razones ecológicas, alfombrar el belén con musgo y poner unas ramas de muérdago y acebo.

Así que me las arreglo con lo que tengo a mano, y voy sacando las figuras de las cajas de cartón. En el fondo a la izquierda he colocado los troncos de corcho de todos los años, espolvoreados de cal, como si fueran montañas nevadas. Encima he puesto el ángel de la Navidad, que anuncia el acontecimiento, ocurrido hace 2015 años, más o menos, en Belén de Judea. En el centro del pequeño escenario, bajo el ficus, sitúo el antiguo portal del Nacimiento, también de corcho, y dentro las figuras nuevas que me regaló mi hija Ruth hace dos años: la Virgen y San José en primer plano con el niño en medio, recostado en las pajas. A duras penas me caben detrás el buey y la mula. Distribuyo delante, por el campo, los pastores y las ovejas. Esparzo hierba verde para que pasten las ovejas. Y a un lado del portal, entre los geranios y la montaña están las casas, el pozo, el corral con un cerdo, el carro con heno, unas gallinas y unas cabras sueltas. Hay un río de plata que cruza el escenario y sobre él un puente, al que sigue un camino preparado con pequeñas losas, que conduce al portal. En el río, bordeado con ramitas de cedro y de laurel, hay una lavandera y una oca, las únicas figuras de este espacio que sobreviven al trasiego de cada año. Y, naturalmente, acercándose al portal por el puente, asoman los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, por ese riguroso orden. Estos reyes nuevos y rozagantes, con sus capas y sus gorros exóticos , van a pié con las ofrendas en la mano. Los del antiguo belén iban montados en los camellos y han sido reemplazados por estos, mucho más brillantes, dónde va a parar. Reconozco que un belén sin camellos y sin musgo no es lo mismo. Me falta la estrella. Vuelvo a encender la radio. Pero ninguna emisora ofrece villancicos. Todo es confusión política. España anda desorientada y ha perdido la estrella de la Navidad. Aseguro que en este momento -no me lo invento- una paloma ha empezado a cantar en el álamo desnudo del jardín. ¡Feliz Navidad!

EL DÉCIMO DE LOTERÍA

Uno de los recuerdos inolvidables, que retornan siempre a mi pensamiento en vísperas de la Navidad, es el sonsonete en pesetas, que sonaba mejor que en euros, de los niños de San Ildefonso la mañana del 22 en la vieja radio de la cocina mientras mi madre andaba afanada entre los pucheros. Rara vez jugaba ella más que algunas participaciones y un décimo que yo le llevaba de Madrid cuando volvía de vacaciones. Era mi regalo acostumbrado junto con una fastuosa bacalada, procedente de Noruega según aseguraban, que yo compraba en una conocida “casa del bacalao” que había por Moncloa. Mi madre agradecía los dos presentes en los que, pobre de mí, había gastado mis menguados ahorros. Con el bacalao conseguía ella que nos chupáramos los dedos en una cena navideña toda la familia; con el billete de lotería creo que nunca tocó ni la pedrea. Eso no quita para que aquel décimo se convirtiera durante unos días en el talismán o argumento perfecto de una especie de cuento de la lechera, que cada uno se fabricaba por dentro a su manera. Sobre todo desde que un año pasó algo que me dejó perplejo, que consideré extraordinario y de lo que aún no me he repuesto del todo. Me hizo pensar que, en esto del juego, como en otros aspectos de la vida, existían las premoniciones y no sé si los duendes misteriosos. Hay casualidades que nos conmueven y nos desconciertan, como luego contaré.

Puede que lleve razón Léon Bloy para el que el azar no existe, porque el azar es la providencia de los imbéciles y lo justo, según él, es que los imbéciles existan sin providencia; pero a mí me convence más lo que escribió Anatole France y que puse en el frontispicio de “El caballo de cartón”: “El azar es el seudónimo de Dios cuando Dios no quiere firmar”. La verdad es que la misma existencia de cada uno de nosotros y de nuestra descendencia se debe a una interminable cadena de episodios, la mayoría inverosímiles, frutos del azar. Acaso todo en la vida sea una larga cadena de errores y aciertos casuales. Basta repasar nuestra peripecia personal. Dependemos del azar, de lo inesperado, de circunstancias insignificantes en apariencia. Sin ir más lejos, yo no existiría ni estaría ahora escribiendo estas especulaciones delante del ordenador si a mi abuelo Natalio, a finales del siglo XIX, le hubiera salido cruz en vez de cara en el camino de Valdemoro cuando fue a buscar a mi abuela y lanzó una moneda al alto. Por lo demás, es voz común que hay cenizos y tipos con suerte. Existen rachas de buena fortuna y rachas desgraciadas. “Ese es un gafe, tiene mala sombra” -decimos- o “¡vaya suerte la de ese tío!” Claro que no faltan los que, con buen sentido, salen al paso de supersticiones, amuletos, talismanes y fetiches y argumentan que a la larga la buena suerte es de quien la trabaja. No sé, no sé. Topamos aquí con el misterio humano, como digo. Pocas palabras arrastran tantos sinónimos: fortuna, ventura, estrella, sino, azar, casualidad, fatalidad, potra, chamba, buena y mala sombra, chiripa, carambola, etcétera. Por algo será. Como dejó escrito el poeta Pedro Salinas, “de ti, que nunca me hiciste,/de ti, que nunca te hicieron,/ de ti me fío, redondo/ seguro azar”.

El caso es que se acerca el día de la lotería de Navidad y hay colas de gente que sueña con el cuento de la lechera delante de las administraciones famosas, a las que alguna vez les ha sonreído la suerte. Basta pasear por la Puerta del Sol y por el centro de Madrid. (En Soria, desde que tocó el gordo, se juega más dinero por habitante en este sorteo navideño que en la mayor parte de las provincias españolas). Confieso que yo también soy jugador, sin llegar a ludópata porque me contengo. En mi es un instinto básico, como el de cazador, aunque procure reprimir tales instintos. Supongo que porque procedo de una sociedad primitiva. Dice Walter Benjamin que el juego es la escuela del hombre. No se trata de hacerse rico de repente. Nada de eso. No es casi nunca la avaricia lo que mueve al jugador. Es otra cosa. Es algo irracional, irreprimible. De niño me contaban que el vicio del juego llevaba la ruina a muchas casas. “El juego y el vino traen todas las desgracias”, repetía la abuela. Dicho esto, si el día 22 me tocara la lotería, cosa harto inverosímil, arreglaría la casa de Sarnago y contribuiría a levantar la iglesia. Ese es mi sueño.

Cuento, en fin, lo que me pasó aquel 22 de diciembre hace, ay, muchos años y que determinó, que, a partir de entonces, todos los años cuando acudía al pueblo de vacaciones de Navidad le llevara a mi madre un décimo de lotería. La tarde del día 20 de aquel año volvía yo en el autobús 45 (o puede que el 27, no lo recuerdo bien) camino del colegio mayor donde residía. Era ya de noche. Iba ensimismado en mis cosas, dispuesto a preparar la maleta para viajar a Soria al día siguiente. Al llegar a la glorieta de Cuatro Caminos vi de pronto una Administración de Lotería iluminada y con gente haciendo cola en la puerta. En la primera parada me bajé como un resorte, como si un ángel me hubiera tocado el hombro. “Voy a llevarle un décimo a mi madre”, pensé. Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza semejante cosa. Caminé por la acera hacia la Administración. Pero me paré ante una zapatería. La verdad es que necesitaba unos zapatos. Entré y me gasté en los zapatos el dinero que tenía. Resultaron unos zapatos malditos que me destrozaron los pies. Caminé, Reina Victoria abajo, hasta la residencia. Hice la maleta y al día siguiente inicié mis soñadas vacaciones. El día 22 me despertó el sonsonete de los niños de San Ildefenso en la vieja radio de la cocina, donde mi madre preparaba el desayuno. No tardó mucho en salir el gordo. Hubo un gran revuelo. ¡Había caído en la Administración de Cuatro Caminos! Me quedé anonadado. Aún no me he repuesto del todo. ¿Será verdad que la suerte llamó a mi puerta?

Todo esto viene a cuento para deciros que os deseo a todos mucha suerte y feliz Navidad.

RETRATO DE DICIEMBRE

No voy a ser tan pretencioso para hacer, como Jan-Luc Godard, el autorretrato de diciembre. Bastará con intentar componer, desde mi personal punto de vista, con una cámara digital barata, un retrato sencillo de este mes especial, tan cargado de contenidos y matices , en el que se remansan los sentimientos, las ilusiones y los pecados de todo el año. Un retrato con claroscuros bien remarcados para que sea creíble. El encuadre no es complicado. Nos situamos en el mes que abre oficialmente el invierno, que cierra un espacio de nuestra vida y que en el calendario romano era, de ahí su nombre, el décimo mes del año. Por entonces aún no había sucedido la Navidad en Belén de Judea, que transforma toda la historia humana y que, de un tiempo a esta parte, está empezando a perder entre nosotros su sentido original y, si nos descuidamos, a desvanecerse por completo su razón de ser entre la niebla.

Diciembre, para el niño que uno sigue llevando dentro, huele a musgo y a serrín, sabe a turrón de guirlache, a villancico -”Pastores venid, pastores llegad…-, a matanza, a perolo de vino dulce y caliente con manzanas asadas, a sonido de campanas, a mazapán de Soto y a támbara humeante en el hogar de la cocina; a cordero recién nacido en la majada, al juego del zarramoco y de la gallina ciega en el pajar, a baraja sobada sobre el hule de la mesa redonda, a brasero, a huella de conejos en la nieve, a ventisqueros en la calle, a malvices al atardecer esperándolas a traición en los espinos de la dehesa, a úrguras desatadas ululando por la noche en las chimeneas, a cuento de Dickens, a viejas historias contadas por los abuelos junto al fuego y al ronco sonido de la zambomba fabricada en casa con piel de cabrito.

Después, pasados los años, instalado uno en la ciudad, diciembre es lejanía, pueblo sin nadie, con la nieve cubriendo las ruinas de las casas y de los corrales, y la lumbre de la cocina, apagada. Desde aquí, la nieve se adivina en lo alto de la sierra y se espera que un día baje hasta la urbanización y nos visite siquiera unas horas. Diciembre huele a castañas asadas, a aire sucio -cuando llegue la lluvia caerá sucia de las nubes de plomo-, a lotería de Navidad, a carros cargados con la compra del supermercado, en el que los vendedores animan a comprar con el constante reclamo de los villancicos; a emigrantes en el autobús de la Autoperiferia, a trasiego de mochilas y maletas rodantes en el aeropuerto, en la estación del tren, en el metro y en los modernos intercambiadores de viajeros. Hay luces de colores en la calle, que se mezclan con las banderolas de los políticos, y en las largas y frías noches se ven mendigos con barbas acomodados entre cartones en los soportales de los bancos bajo los cajeros automáticos. ¿Llevará razón Miguel Hernández y será verdad que “diciembre ha congelado su aliento” entre nosotros?

Diciembre es, a pesar de todo, el mes en que los carteros hacen horas extra trayendo a casa deseos de felicidad, aunque sea con mensajes rutinarios y convenidos. Las felicitaciones de unos a otros se entrecruzan, se amontonan, desbordan también el correo electrónico y alcanzan a los carteles luminosos de los comercios. ¡Ah!, y es el mes esperado de la paga extra que alegra un poco la vida y el consumo, como el solecito a los viejos o un vaso de vino. Se suceden estos días las comidas de empresa y las “copas de Navidad”. Corre el cava barato. Hay un trasiego de “cestas de Navidad”, que son el consuelo y la compensación para los empleados mal pagados, que tienen el empleo en el aire para el año que viene. Son fechas señaladas para la reagrupación familiar, pero, cada año que pasa, resaltan más las ausencias en la mesa. Diciembre es, pues, tiempo de presencias y de ausencias. ¿Tiempo de amor? Responderé con Luis García Montero: “¿Quién habla del amor? Yo tengo frío y quiero ser diciembre”. Pero sí, a los que no hemos olvidado al niño que llevamos dentro, diciembre significa, aunque no lo queramos o no nos demos cuenta, un retorno a la infancia. Llámenle amor o como quieran.

CUANDO VOTES PIENSA EN SORIA

Me ha llegado el número 10 de la revista “La Numantrina” (no es errata; quiere decir que los descendientes de la antigua Numancia están que trinan, y no les falta razón). Es el órgano de la agrupación independiente “Soria ¡ya!”, que lleva once años predicando en el desierto, como algunos de nosotros, ante el clamoroso abandono y discrimación de la provincia de Soria por parte de los poderes públicos. Aquí mismo “El canto del cuco” advirtió hace meses que Soria se muere. Fue un grito angustioso ante el alarmante descenso demográfico no sólo en los pueblos pequeños sino también en la capital y en las cabeceras comarcales. Con menos de cien mil habitantes censados en toda la provincia, convertida en un desierto demográfico dentro de Europa, Soria está amenazada de desaparecer como entidad administrativa. Hasta ahí hemos llegado. En la Casa de Soria en Madrid hicimos un manifiesto en el mismo sentido. Parece que nadie se ha dado por enterado. Así que no queda más remedio que unir fuerzas y seguir alzando la voz, aunque sea contra toda esperanza. No se trata de un simple problema local. Concierne a todos los españoles, pero sobre todo a los medios de comunicación y a los poderes públicos, uno de cuyos deberes es la justa ordenación del territorio. Más grave que los anacrónicos separatismos es la existencia de las “dos Españas”: la superpoblada de la periferia y Madrid y la despoblada del interior. Pero el caso de Soria es, además, especial, paradigmático, un caso evidente de discriminación, y debería convertirse en el laboratorio inicial de un ambicioso e histórico Plan General, que acabe con la clamorosa desigualdad.

Este número de “La Numantrina” va encabezado, ante la proximidad de las elecciones, por la consigna “Cuando votes, piensa en Soria” y la advertencia: “No nos dejemos engañar más”. El núcleo central del número es un memorial de agravios sobre las promesas incumplidas de los distintos Gobiernos nacionales, fueran del signo que fueren. Ningún partido cumplió sus “dulces mentiras” de las campañas electorales. En relación con Soria, todos fueron iguales. Y a los hechos me remito. Por si faltara algo, uno de los nuevos partidos, el más pinturero, lo que propone, ¡válgame Dios!, es suprimir a matarrasa la Diputación y todos los Ayuntamientos de la provincia menos Soria capital, Almazán y El Burgo de Osma. Impresionan los mapas, que ofrece la publicación, de autovías y trenes de alta velocidad. La provincia soriana aparece orillada, esquivada, ignorada, rodeada, como tierra apestada, como si un funesto designio se hubiera abatido sobre ella. Esta representación gráfica es la mejor demostración del abandono a que ha sido sometida Soria en materia de comunicaciones. Apenas una autovía, trabajosamente construida, de Medinaceli a la capital. El AVE roza la provincia por el sur y, por supuesto, pasa de largo. Ni autovía del Duero, ni tren Valladolid-Zaragoza, ni ferrocarril Santander-Mediterráneo. Nada, nada. El páramo infinito. El aislamiento. El desierto de las Tierras Altas. La soledad. La huída. Y los cementerios rebosantes.

En la portada de esta publicación aparece el contorno del mapa de la provincia entrando en la ranura de la urna electoral y sobrescritos los principales problemas: Despoblación (en letra destacada), aislamiento, falta de comunicaciones, educación, sanidad, olvido industrial y envejecimiento. Son las siete plagas. Y todas llegan a la vez, concatenadas. Lo peor es que los problemas vienen de lejos. ¿Por la mansedumbre y sumisión de los sorianos? ¿Por su voto tradicional y poco reflexivo? ¿Por su escepticismo y resignación? No lo sé. A mí me ha parecido especialmente interesante y significativo un documento que ofrece en este número “La Numantrina”. Se trata de una especie de manifiesto, firmado por la flor y nata de la sociedad soriana de la época y publicado en el periódico independiente “Tierra soriana” el día 1 de agosto de 1908, ¡hace 107 años! Entre los firmantes figuran José Morales Esteras, Sánchez Malo, el abad Gómez Santacruz, Pedro Llorente, Pedro de San Martín, Mariano Íñiguez, Mariano Granados, Manuel Manrique, Luis Aparicio y los tres directores de los periódicos de la época: Felipe de las Heras (El Avisador Numantino), Benito Artigas (Tierra Soriana) y Pascual Pérez Rioja (Noticiero de Soria). La declaración comienza así: “El estado de postergación y letargo en que se halla nuestra amada provincia, preterida constantemente por los poderes públicos…” ¿Qué les parece? Si estos ilustres sorianos, algunos de los cuales tienen calle con su nombre, levantaran ahora la cabeza, comprobarían que seguimos en las mismas en vísperas de unas nuevas elecciones. Si acaso se sorprenderían de que la provincia de Soria tenga ahora menos habitantes que hace un siglo. Se reunirían en el Casino de la calle de El Collado y se dirían unos a otros moviendo la cabeza: “¡No tenemos remedio!”. Y eso que aún no les ha dicho nadie que en docenas de pueblos sorianos no habrá elecciones ni esta vez ni nunca porque allí no queda un alma.