EL DÉCIMO DE LOTERÍA

por elcantodelcuco

Uno de los recuerdos inolvidables, que retornan siempre a mi pensamiento en vísperas de la Navidad, es el sonsonete en pesetas, que sonaba mejor que en euros, de los niños de San Ildefonso la mañana del 22 en la vieja radio de la cocina mientras mi madre andaba afanada entre los pucheros. Rara vez jugaba ella más que algunas participaciones y un décimo que yo le llevaba de Madrid cuando volvía de vacaciones. Era mi regalo acostumbrado junto con una fastuosa bacalada, procedente de Noruega según aseguraban, que yo compraba en una conocida “casa del bacalao” que había por Moncloa. Mi madre agradecía los dos presentes en los que, pobre de mí, había gastado mis menguados ahorros. Con el bacalao conseguía ella que nos chupáramos los dedos en una cena navideña toda la familia; con el billete de lotería creo que nunca tocó ni la pedrea. Eso no quita para que aquel décimo se convirtiera durante unos días en el talismán o argumento perfecto de una especie de cuento de la lechera, que cada uno se fabricaba por dentro a su manera. Sobre todo desde que un año pasó algo que me dejó perplejo, que consideré extraordinario y de lo que aún no me he repuesto del todo. Me hizo pensar que, en esto del juego, como en otros aspectos de la vida, existían las premoniciones y no sé si los duendes misteriosos. Hay casualidades que nos conmueven y nos desconciertan, como luego contaré.

Puede que lleve razón Léon Bloy para el que el azar no existe, porque el azar es la providencia de los imbéciles y lo justo, según él, es que los imbéciles existan sin providencia; pero a mí me convence más lo que escribió Anatole France y que puse en el frontispicio de “El caballo de cartón”: “El azar es el seudónimo de Dios cuando Dios no quiere firmar”. La verdad es que la misma existencia de cada uno de nosotros y de nuestra descendencia se debe a una interminable cadena de episodios, la mayoría inverosímiles, frutos del azar. Acaso todo en la vida sea una larga cadena de errores y aciertos casuales. Basta repasar nuestra peripecia personal. Dependemos del azar, de lo inesperado, de circunstancias insignificantes en apariencia. Sin ir más lejos, yo no existiría ni estaría ahora escribiendo estas especulaciones delante del ordenador si a mi abuelo Natalio, a finales del siglo XIX, le hubiera salido cruz en vez de cara en el camino de Valdemoro cuando fue a buscar a mi abuela y lanzó una moneda al alto. Por lo demás, es voz común que hay cenizos y tipos con suerte. Existen rachas de buena fortuna y rachas desgraciadas. “Ese es un gafe, tiene mala sombra” -decimos- o “¡vaya suerte la de ese tío!” Claro que no faltan los que, con buen sentido, salen al paso de supersticiones, amuletos, talismanes y fetiches y argumentan que a la larga la buena suerte es de quien la trabaja. No sé, no sé. Topamos aquí con el misterio humano, como digo. Pocas palabras arrastran tantos sinónimos: fortuna, ventura, estrella, sino, azar, casualidad, fatalidad, potra, chamba, buena y mala sombra, chiripa, carambola, etcétera. Por algo será. Como dejó escrito el poeta Pedro Salinas, “de ti, que nunca me hiciste,/de ti, que nunca te hicieron,/ de ti me fío, redondo/ seguro azar”.

El caso es que se acerca el día de la lotería de Navidad y hay colas de gente que sueña con el cuento de la lechera delante de las administraciones famosas, a las que alguna vez les ha sonreído la suerte. Basta pasear por la Puerta del Sol y por el centro de Madrid. (En Soria, desde que tocó el gordo, se juega más dinero por habitante en este sorteo navideño que en la mayor parte de las provincias españolas). Confieso que yo también soy jugador, sin llegar a ludópata porque me contengo. En mi es un instinto básico, como el de cazador, aunque procure reprimir tales instintos. Supongo que porque procedo de una sociedad primitiva. Dice Walter Benjamin que el juego es la escuela del hombre. No se trata de hacerse rico de repente. Nada de eso. No es casi nunca la avaricia lo que mueve al jugador. Es otra cosa. Es algo irracional, irreprimible. De niño me contaban que el vicio del juego llevaba la ruina a muchas casas. “El juego y el vino traen todas las desgracias”, repetía la abuela. Dicho esto, si el día 22 me tocara la lotería, cosa harto inverosímil, arreglaría la casa de Sarnago y contribuiría a levantar la iglesia. Ese es mi sueño.

Cuento, en fin, lo que me pasó aquel 22 de diciembre hace, ay, muchos años y que determinó, que, a partir de entonces, todos los años cuando acudía al pueblo de vacaciones de Navidad le llevara a mi madre un décimo de lotería. La tarde del día 20 de aquel año volvía yo en el autobús 45 (o puede que el 27, no lo recuerdo bien) camino del colegio mayor donde residía. Era ya de noche. Iba ensimismado en mis cosas, dispuesto a preparar la maleta para viajar a Soria al día siguiente. Al llegar a la glorieta de Cuatro Caminos vi de pronto una Administración de Lotería iluminada y con gente haciendo cola en la puerta. En la primera parada me bajé como un resorte, como si un ángel me hubiera tocado el hombro. “Voy a llevarle un décimo a mi madre”, pensé. Hasta entonces no se me había pasado por la cabeza semejante cosa. Caminé por la acera hacia la Administración. Pero me paré ante una zapatería. La verdad es que necesitaba unos zapatos. Entré y me gasté en los zapatos el dinero que tenía. Resultaron unos zapatos malditos que me destrozaron los pies. Caminé, Reina Victoria abajo, hasta la residencia. Hice la maleta y al día siguiente inicié mis soñadas vacaciones. El día 22 me despertó el sonsonete de los niños de San Ildefenso en la vieja radio de la cocina, donde mi madre preparaba el desayuno. No tardó mucho en salir el gordo. Hubo un gran revuelo. ¡Había caído en la Administración de Cuatro Caminos! Me quedé anonadado. Aún no me he repuesto del todo. ¿Será verdad que la suerte llamó a mi puerta?

Todo esto viene a cuento para deciros que os deseo a todos mucha suerte y feliz Navidad.

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