NAVIDAD 2015

por elcantodelcuco

Acabo de poner el belén en la pequeña jardinera cubierta de la entrada de la casa, bajo el ficus y rodeado de los geranios en flor. Es mi tarea, año tras año, personal e intransferible. Me pongo a escribir unas horas antes de la Nochebuena. He buscado la vieja radio casi olvidada, una “sony” pequeña y metálica, la misma que oía mi madre los últimos años de su vida cuando ya se había quedado casi ciega. Buscaba yo ambientación. O sea, pretendía escribir con villancicos de fondo, como en aquellas Navidades en el pueblo cuando supongo que aún no habíamos perdido la inocencia. A poder ser, villancicos pastoriles, que eran los únicos que se cantaron en Sarnago durante siglos y que vienen de la Edad Media. A estas alturas de la vida, en una fecha como esta, en la que brillan más las ausencias, no viene mal un poco de nostalgia, que ayuda a recrear paisajes interiores medio olvidados. Confieso que, no sé por qué incompresibles engranajes psicológicos, hacía años que no ponía la radio, en la que trabajé a lomo caliente más de un cuarto de siglo. No soportaba sus voces chillonas, sus tertulias, su cháchara improvisada ni la mayor parte de sus contenidos. Así que plantar hoy la vieja radio encima de la mesa del despacho y encenderla tenía también para mí mucho de reencuentro con el pasado y de reconciliación.

Con un poco de torpeza, por falta de costumbre, he movido el dial a ciegas suavemente, hacia arriba y hacia abajo. Pero todo ha sido inútil. Ninguna emisora ofrecía música de Navidad. Desfilaban canciones modernas, frivolidades, alguna balada, música de baile, mucha politiquería sobre pactos de gobierno y sobre el lío catalán , anuncios de grandes almacenes, chismes en torno a los deportes, rutinarios deseos de felicidad, sugerencias para la cena…todo menos villancicos. Ni siquiera esa charanga de los peces en el río que beben y beben y vuelven a beber. Aquí lo que se bebe, sobre todo, es cava catalán por lo que se oye. Así que he apagado la “sony” con antena incorporada y escribo en silencio, con un sol radiante que entra por la ventana de la buhardilla y cae de lleno sobre el ordenador y sobre mi cabeza. Ni villancicos, ni nieve, ni zambombas, ni lumbre en la cocina, ni ovejas pariendo en la majada, ni niños llamando a la puerta pidiendo el aguinaldo. Eso lo hacen ahora en el malhadado “halloween”, disfrazados de góticos y con calabazas iluminadas. Ni siquiera es fácil encontrar pastores. Ni bueyes, ni mulas. Ni quedan carpinterías, que abastezcan de serrín. Y está prohibido, por razones ecológicas, alfombrar el belén con musgo y poner unas ramas de muérdago y acebo.

Así que me las arreglo con lo que tengo a mano, y voy sacando las figuras de las cajas de cartón. En el fondo a la izquierda he colocado los troncos de corcho de todos los años, espolvoreados de cal, como si fueran montañas nevadas. Encima he puesto el ángel de la Navidad, que anuncia el acontecimiento, ocurrido hace 2015 años, más o menos, en Belén de Judea. En el centro del pequeño escenario, bajo el ficus, sitúo el antiguo portal del Nacimiento, también de corcho, y dentro las figuras nuevas que me regaló mi hija Ruth hace dos años: la Virgen y San José en primer plano con el niño en medio, recostado en las pajas. A duras penas me caben detrás el buey y la mula. Distribuyo delante, por el campo, los pastores y las ovejas. Esparzo hierba verde para que pasten las ovejas. Y a un lado del portal, entre los geranios y la montaña están las casas, el pozo, el corral con un cerdo, el carro con heno, unas gallinas y unas cabras sueltas. Hay un río de plata que cruza el escenario y sobre él un puente, al que sigue un camino preparado con pequeñas losas, que conduce al portal. En el río, bordeado con ramitas de cedro y de laurel, hay una lavandera y una oca, las únicas figuras de este espacio que sobreviven al trasiego de cada año. Y, naturalmente, acercándose al portal por el puente, asoman los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, por ese riguroso orden. Estos reyes nuevos y rozagantes, con sus capas y sus gorros exóticos , van a pié con las ofrendas en la mano. Los del antiguo belén iban montados en los camellos y han sido reemplazados por estos, mucho más brillantes, dónde va a parar. Reconozco que un belén sin camellos y sin musgo no es lo mismo. Me falta la estrella. Vuelvo a encender la radio. Pero ninguna emisora ofrece villancicos. Todo es confusión política. España anda desorientada y ha perdido la estrella de la Navidad. Aseguro que en este momento -no me lo invento- una paloma ha empezado a cantar en el álamo desnudo del jardín. ¡Feliz Navidad!

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